Probablemente pensarás que sobre Andy Warhol se ha dicho, se ha escrito, se ha filmado, se ha expuesto, se ha leído, se ha copiado, se ha criticado y se ha visto todo. No es cierto, te lo aseguro. Bueno, los que realmente te lo garantizan son Dave Hickey y Phaidon; yo en realidad sólo me he leído el libro y he disfrutado -sin que el artista ocupe primeros puestos en mi altar devoto- de su profuso contenido, casi obsceno en términos de lo consumible (cosa de la que seguramente el autor de Flesh también gustaría), pero puedo suscribir el epíteto elegido y puntualmente entrecomillado. Es enorme, gigante. Y es gigante por varias razones que exceden la volumetría y los kilogramos del tomo, sus más de 2.000 imágenes y documentos (muchos de ellos inéditos) y sus 624 páginas. Lo es también pues supone un sanctasantórum vibratorio para el fetichista, el coleccionista de epigramas (cualquier cosa que salía de su boquita era arte o lo emulaba y, lo mejor, los seriaba), el ojeador, el curioso y el feligrés más acérrimo del de Pittsburgh que entiende bien cómo el arte podía convertirse en un estilo de vida. Hechizo que Warhol supo calibrar sin que en su esencia se perdiese el aura (a pesar de la reproducción seriada de la que habla Benjamin) y que fue parejo a la creación con extremada certeza inspirada de su propia factoría al tiempo que gestionaba hábilmente su imagen justo durante el nacimiento, instalación y mayor efervescencia de los medios de comunicación de masas. Nacía con él un hito en la historia del arte (contemporáneo) y uno de los más significativos puntos de inflexión en su recorrido en tanto que alteraba el propio concepto de lo artístico, su inspiración, su producción y su forma de exhibirlo. Un moderno (como los que se entendían en el siglo XVI), un autor polifacético e interdisciplinar, gestor y promotor de su imagen y de toda la iconografía que elevada a la categoría del arte (y de icono y símbolo consumible) y un productor y director de orquesta de una nueva mitología urbana, bohemia, trash y underground (conceptos que le deben mucho al de pelo oxigenado) que, en términos de mercadotecnia y comunicación publicitaria, fue capaz de generar, como pocos antes y como muchos que vendrían después (no a imagen, pero sí a semejanza), su propia imagen de marca.
El que devino en sí mismo objeto sacro -pues su insignia, aunque manoseada, siempre mantuvo el aura- hizo de su estancia por el mundo una auténtica obra de arte. Cotidianamente, día a día, desde la primera respiración consciente hasta el último de sus sueños antes de despertar, aquello en lo que vivía se contagiaba y cargaba de un halo que nimbaba su núcleo y le confería una especialidad. La que hoy hace, en parte, en tanto que sobre ella llama la atención, vivamos rodeados de obras de arte. Y es que ésa fue su gran obra, que no es poca, como gurú de la modernidad e, intuitivamente, como filósofo posmoderno, como sociólogo de los mass media, y como precursor del pop art. Como figura revolucionaria quizás sea uno de los artistas más famosos o, mejor, populares, que se recuerden del siglo XX (incluso al lado de Salvador Dalí o Picasso, por citar un par de nombres que gocen de más o menos del mismo alcance o signo reconocible) y es sobre esto en lo que “Giant” Size se centra: una retrospectiva de los mejores momentos de su vida (sucesos, circunstancias, personas, personajes), de su carrera artística (como ilustrador – y sus primeras ilustraciones en libros, zapatos, publicidad, revistas y prensa-, pintor, cineasta, escritor y artista plástico en su sentido más amplio) y su legado tangible y más aural: del Dance Diagram a los trabajos integrales con The Velvet Underground.
Por el camino, el extenso recorrido biográfico comentado y experto del profesor, crítico y comisario Dave Hickey, revisa su vida personal y su producción artística atendiendo a un diálogo excepcional entre ambas partes de su vida. Atesora, en sus páginas el volumen, desde su partida de nacimiento hasta las portadas de los periódicos que recogieron, bajo el efecto viral que ya predijo, su muerte en 1987 y a los 58 años. Y una serie de secciones cronológicas diferenciadas que abordan los aspectos más diferenciales y característicos de la obra del autor siguiendo una linealidad cronológica y a cargo de galeristas, profesores de arte contemporáneo, críticos, artistas y comisarios tales como Nenneth Goldsmith, Ivan Kart, David Dalton, Peggy Phelan, Ronnie Cutrone y Bruno Bischofberger. Y que revisan distintas orillas del océano creativo de la Warhola: publicidad, galanes de cine, autorretratos, la bonita América, The Factory, Muerte y desastres, películas, polaroids y retratos pop, The Velvet Underground, amigos famosos, Interview Magazine y Warhol y Basquiat; y su trabajo de copia y fotocopia, sus serigrafías cromáticas, sus mosaicos seriados más emblemáticos y también los más desconocidos, su obra fotográfica, su obnubilación por la plata, su amor profesado a la ciudad de Nueva York (otra obra de arte captada); Troy Donahue, Marilyn, Elvis, Liz Taylor, su cine, y su, en últimas, su sola presencia. Para lo que se han servido de materiales del Museo y la Fundación Warhol, otras fuentes privadas y una selección fascinante de fotografías escogidas por Steven Bluttal (archivista y comisario independiente, comisario del legado de Andy Warhol en el MoMA) que nos muestran al genio en algunos de los momentos más importantes de su trayectoria (sus primeras inauguraciones, rodando, proyecciones en La Factory, la serie Lady Warhol de Christopher Makos, fotogramas de su aparición en Vacaciones en el mar – todo un acontecimiento para él-, pero también junto a Waters, Dylan, Minnelli, Capote, Jagger, Dalí, Basquiat, Burroughs, Beuys, Lennon, Fassbinder, Nancy Reagan, la Princesa Carolina o el Papa) y algunos de los más privados (páginas de su diario personal, imágenes después del intento de asesinato por Valerie Solanas –hay hueco también para ti, morboso- o comiendo cereales con su madre como si ahí no pasara nada). Todos arte pop. Queridos, todo arte. [La plata] lo hace desaparecer todo. A mí también.
