Una de las sorpresas más agradables del final del año ha sido toparme con este volumen. "Pero ¿quién es Luc Sante?", me dije el día que alguien me propuso que debía leer Mata a tus ídolos. El título, eso sí, me sugería algún tipo de oscuro ensayo histórico sobre el punk o la contracultura, que se parecen mucho. No era el caso, pero por otro lado sí lo era.
Si el señor Sante es o no más o menos importante o influyente en su país (belga hijo de emigrantes a los Estados Unidos, vive sin pasaporte, como reza su nota biográfica, desde hace 50 años), ahora mismo lo podemos dejar de lado. Suceden los últimos días del 2011 y este libro, compuesto de un conjunto de artículos variados sobre las ciudades en las que ha vivido, las personas que ha conocido, los eventos multitudinarios, las marcas de la cultura más características de la segunda mitad del siglo XX, algunas de las figuras del folk, el blues o el rock de estas décadas (de Bob Dylan a The Mekons), algunos personajes de la literatura o la fotografía (Walker Evans, Mapplethorpe), lugares de la “movida” neoyorquina y fenómenos sociales de todo tipo, puede ser una de las mejores experiencias -o “viajes”- que uno pueda permitirse en estos tiempos de vacas esqueléticas y luchas intestinas en nuestras sociedades, en este primer mundo venido a menos.
Merece la pena, mucho, dejarse llevar en este tren de largo recorrido por la cultura reciente: cada cual puede encontrar sus motivos. Revisa el nacimiento del blues en un artículo tan desarmante como ese otro en el que perfila una ciudad perdida, la Nueva York en la que fue joven, estudiante, crápula, escritorcillo y aspirante a cosas. Disecciona mitos, como es el caso del Woodstock original y sus resucitaciones semi artificiales. Rebusca en figuras anquilosadas -desde el hoy y los Estados Unidos- como por ejemplo Víctor Hugo, para generar un retrato de una vivacidad y un calor que parece que lo tengamos sentado al lado. Se fija en minucias, en detalles, en observaciones de la vida que hace que sus artículos respiren y te echen el aliento en el cogote. Y, como estas 400 páginas dejan un sabor de boca parecido a unos peta-zetas marca "Occupy Wall Street", casi podemos acabar diciendo que los mejores momentos de los textos son aquellos en los que Sante lo echa todo en el terreno autobiográfico (digamos, por ejemplo, el que dedica a Rimbaud), sin olvidar nunca su perspectiva crítica y esa dentellada lúcida a una cultura que es suya tanto como no lo es.
