Una prosa lacónica sometida a la voluntad de quien narra en primera persona cada una de las siete historias que componen el volumen es la responsable de conducir nuestra lectura a través de las desdichas personales de sus protagonistas, todos ellos culpables de alguna manera en el último libro de Juan Villoro (Ciudad de México, 1956). Se trata de personajes masculinos, mexicanos y desventurados. No se debe hablar aquí de fracasados ejemplares, ni tampoco se piense en importunos borrachines de bar y máquina tragaperras relatando viejas historias para no dormir. Más bien consiste en afrontar las adversidades que, sin tener que ser decisivas o constitutivas del principio activo de nuestra biografía final, han de ser resueltas de un modo u otro. La ruptura amorosa de un guionista, el exceso de éxito de un mariachi, la jubilación anticipada de un futbolista… Nadie se libra en estos relatos del engaño y de la traición, implícita en cada gesto, en cada palabra. Se advierte en la cita inicial que abre el libro, de Karl Kraus: Quien calla una palabra es su dueño; quien la pronuncia es su esclavo. El autor reparte magistralmente por sus historias unas existencias irrelevantes, grises, inclinadas a la aventura patética. Sin embargo, algo nos dice que los personajes, sea cual sea el resultado final -la decisión tomada frente al problema-, lo han hecho lo mejor que lo han sabido hacer.
El final de cada historia se alcanza con un regusto de insipidez, de solución en absoluto definitiva y que tan solo ha vuelto a posponerse. El autor parece querer salvar a sus personajes. Pero sólo por el momento, sólo hasta que termine el cuento.
