No tenía pensado auto-inmolarme, pero Jack Green (si es que existe ese hombre) lo quiso así. No sólo porque desde el anonimato y el misticismo más supino haya logrado ejemplificar, a través de un arrebato de rabia y bilis anti-críticos por el defenestro a una de obra de su gusto y placer como Los reconocimientos, de William Gaddis, la plasticidad de la crítica literaria (como esta misma, quizá), la poca coherencia, el poco trabajo de análisis y de campo y la facilidad que tienen (¿o tenemos?) los críticos a la hora de echar a la hoguera, haciéndose eco el uno del otro, ahorrándose el trabajo de realizar su propia crítica y aplicando una suerte de efecto dominó, materiales que bien podrían haberse transformado en best-sellers o en clásicos del ámbito artístico que sea y que, en su lugar, se transforman en auténticos truños populares. O al revés. No sólo por eso. Si no porque, al fin y al cabo, lo que hace Green en ¡Despidan a esos desgraciados! no es solamente golpear en la mandíbula con puñetazos metafóricos (aunque bien le habría molado darle algún batazo a alguno) a los malos críticos, sino también anticiparse, cincuenta años antes, a la crisis del periodismo, a la baja calidad de dichas críticas, a la falta de análisis, al simplismo popular, al seguimiento masivo y misivo que se hace ante determinados críticos-pop de las diversas disciplinas (Carlos Boyero, teléfono) y, en definitiva, a desmitificar el valor del periodista crítico como sabio todopoderoso y poseedor del Santo Grial. No somos nada.
No, no lo somos. Y no porque Jack Green, aquel fanzinero de los sesenta que desapareció en combate un buen día pero que dejó como legado un buen puñado de números de su fanzine newspaper y, en ellos, un análisis forzoso y realmente crítico a la mala crítica que se hizo a mediados de la década de los ’50 del libro Los reconocimientos, de William Gaddis (que, precisamente, publicará Sexto Piso dentro de unos meses), lo haya decidido. Si no porque ¡Despidan a esos desgraciados! es un tratado de crítica al crítico, de ataque frontal y desestabilización de todo. Cuestionar a quien, a priori, es incuestionable. Romper moldes, analizar, desarmar la crítica, investigar, des-corromper el asunto. Matar al cartero. Con nombres, pelos, señales, marcas de agua y citas. Con exhaustivo mimo y cuidado. Quemar al crítico pop con sus propias herramientas. Mostrar el simplismo al que asistimos a diario desde hace, como mínimo, medio siglo y convertir al periodismo en lo que, finalmente, es: un grupo de opinadores decidiendo por el vulgo y el populacho, marcando las diatribas y pasos a seguir y, al fin y al cabo, haciendo una suerte de trabajo sucio muchas veces azaroso que acaba decidiendo vida y milagros de las grandes o pequeñas obras. Según ellos que quieran. Pero a Jack Green no se la meterán doblada. Si es que sigue vivo. O si es que ha existido alguna vez.
