La idiosincrasia argenta, por muy evidente y repleta de clichés que esté, no es fácil de retratar. No podemos decir ni que Borges ni Cortázar sean auténticos fotógrafos de la sociedad argentina (su bohemia y europeísmo es hasta cuestionado en su país: como Messi) ni que Ricardo Piglia o Ernesto Sábato se hayan dedicado a cierto menester, por mucho que hayan coqueteado con ciertas alas de política tendenciosa de los gobiernos democráticos y movimientos proto-políticos en Argentina. Martín Caparrós, en realidad, no inventa nada, pero conecta con esa vena del porteño medio que no se olvida de su raíz nunca y que la ama y la odia por momentos; que se siente identificado más con Europa que con sus países vecinos y milita en una facción realista pero racista de su entorno, impulsando una circular de autoviolencia que sólo permite impostar aún más esos clichés de rechazo espiral; que utiliza la tercera persona; que se vende como el no-va-más; que lo mismo puede pasar por el bohemio francés más creído que por el italiano más canceroso o el español más cañí y asiduo a la barra de bar. Una amalgama de hojalata con la que Caparrós sabe conectar, ya sea por sus fricciones con la filosofía metódica, por sus análisis ensayísticos, por su correlación con la política argentina de las últimas décadas, por su escritura para revistas y diarios que analizan casi sociológicamente su país, por codearse tanto con periodistas del verbo y la rabia como Jorge Lanata como con músicos de la independencia y la bohemia como el Indio Solari, pero en Los Living, la novela con la que Caparrós recibió hace escasos meses el Premio Herralde de literatura, el escritor argentino vuelve a poner en boga la idiosincrasia argentina y, de paso, se saca de la manga un relato tan gráfico como antropológico sobre la muerte, las soledades y las confusiones y fricciones de raíz. Bastante.
Nito es su propia canción para la muerte. Nace en julio de 1974, el mismo día que muere (el General) Juan Domingo Perón, símbolo político más importante de la historia argentina. Su crisis existencial parte del segundo cero de su propio amanecer y se acerca al olvido perpetuo, al cuestionamiento sobre la importancia del ser humano (y él como ejemplo extremo), la pérdida de seres queridos a temprana edad (su padre y su abuelo de una forma bastante confusa y peculiar: cuasi trascendental) y ese carácter tan etéreo como conector entre una suerte de tránsito o transición entre la vida y la muerte, qué es lo que pasa en medio, por qué hay que deshacerse del muerto, cómo se rehacen las vidas pasadas, hasta qué punto entran a formar parte cuestiones tan inspiradas como la rencarnación. Todo ello en medio de un entramado dialógico de acento porteño que se acerca a cierta suciedad pirorealista en un tono bukowskiano (sus escenas como consumidor de putas, sus conversaciones breves con su amigo Beto, discusiones reales en las que Caparrós no da más de lo que se necesita a un discurrimiento breve), a cierta fotografía de un entorno dialogante con el contexto espacio-temporal de la época (los afiches de Menem Conducción, las esquinas de Cabral y Parera, los timbres a modo de ladrido perruno por las calles de Morón…) y, sobre todo, un cuestionamiento que, desde la racionalidad, el escepticismo y descreimiento hacia todo y la no-frivolización acerca de cuestiones de espiritualidad religiosa (aún a pesar de que uno de los ejes de ese existencialismo transitorio sea el personaje del Pastor Tráfalgar) convierten a Los Living en una oda proto-mortuoria que es tan atmosférica como películas recientes como Uncle Boonmee recuerda sus vidas pasadas, El extraño caso de Angélica o Aita y tan sucia, verdadera y profunda como un relato de Burroughs pasado por el filtro de la ubicuidad idiosincrática del argento soberbio, pedante, denso pero analista de interior. Gran foto. Pocos agotamientos.
