José Antonio Marina
Pequeño tratado de los grandes vicios
Ni valiente ni inconsciente
es la marca en nuestra frente.
Amantes en el precipicio.
No me vengas con que es vicio.
Extracto de la letra de
Toro, canción de
El Columpio Asesino
El debate moral que impone la palabra vicio antes de que terminemos de nombrarla transforma toda atmósfera germinal en un mausoleo de males que, una vez se sometan a defensa, pasarán a engrosar la lista de delitos verbales, de políticas incorrectas, de excesos gratuitos. Bueno, eso o que identifiquemos el vicio como una herramienta casi puramente sexual y como un razonamiento incunable y aplicable tanto al caca-pedo-culo-pis como al mete-saca de toda la vida de Dios (o, bueno, de Dios quizá no tanto).
José Antonio Marina, crítico ensayístico que analiza lo sociológico desde perspectivas históricas de una actualidad comparable a las diversas variables antropológicas que ha sufrido el género humano a través de los siglos, inicia un debate moral de corte público en torno al vicio, a los intereses propios y ajenos, al simbolismo asociativo de la palabra y, sí, también al devenir que los vicios han tenido con el correr de los años.
Pequeño tratado de los grandes vicios es una especie de ejercicio detectivesco en el que
José Antonio Marina vuelve a hervir la sangre de la re-concepción moralista y psicológica y, de la misma manera que ya lo ha hecho con cuestiones sobre la moral cristiana (
Por qué soy cristiano), el miedo (
Anatomía del miedo), el lenguaje (
La selva del lenguaje) o la creatividad (
Teoría de la inteligencia creadora), por mentar algunos de los campos que el pensador se dispuso a intervenir, analizar y refundar, ahora se pasa al lado oscuro del mal: los vicios. Y no lo hace desde una perspectiva frívola (incluso lo avisa en el prefacio que antecede el inicio del libro) ni decide intervenir en un desglose de los vicios que, probablemente, sean los que tú, yo y ellos piensan (el caca-culo-pedo-pis y mete-saca al que me refería antes), sino que incide desde una perspectiva histórica y analítica desde un punto de vista muy
sartriano (
La náusea se menciona en muchas ocasiones cuando necesita referencias para justificar sus postulados), figurativo y mimoso con cuestiones de moralinas antropológicas, como ya hiciera en
Las arquitecturas del deseo de hace unos años. Para ello,
Marina reparte y parte el bacalao en dos zonas: la primera, algo más teórica y generalista, una genealogía de la conciencia, centrando el ejercicio en, según el mismo escritor
“cómo los humanos –seres volcados a la acción- se volvieron asustados hacia sí mismos en busca de una mejor comprensión y control de sus actos”; la segunda, una suerte de desglose de los vicios capitales (que son, en realidad, los pecados capitales desde un ojo diferente al de
David Fincher) como si de un recorrido por la debilidad y perversidad humana se tratase, pero sin entrar a formar parte de la frívola apariencia que esos mismos actos explicables practican al reproducirse, sino deformando desde un punto de vista tan sinóptico como semántico el mal humano desde la inevitable (que no insoportable) levedad del ser. No es la patada al diccionario ni el sinfín de imágenes simuladoras de un kama sutra generalista. Esto es la verdad del vicio desde el análisis purista de la sociología antropomórfica del ser humano. Casi nada.