Daniel Clowes es el padre de las criaturas. En su día lo fraguó, lo confesó, lo dibujo y lo explotó a más no poder. Y es que Ghost World no es solamente la voz de una generación (la grunge) que elevaba el grado de depresión a una obligación supina y la norma número uno si querías recibir el título de adolescente moderno con ganas de escuchar los discos de Kurt Cobain, Eddie Vedder o Billy Corgan y compañía en los el walkman de entonces, sino también uno de los esbozos más accesibles para cierta ramificación de la industria gráfica, entonces más preocupada por sacar tajada de Oliver y Benji que de crear nuevos (anti)héroes para jóvenes con la soga al cuello. Una de las primeras veces que las cosas se contaban tal como eran: con las mismas palabras, actitudes, filias y fobias de aquella generación; algo que en los ’60 no se pudo representar y que en los ’90 encontraban en Clowes un interlocutor de lo más fidedigno. Luego llegarían Beavis & Butt-Head o Daria a través de la MTV, The Simpsons y su egomanía globalizada, la mitificación masiva de Robert Crumb y su tropel de libros y viñetas histórico, el impulso de la generación x (literaria: la vieja y la nueva; Bukowski y Palahniuk, para que nos entendamos), smiley y todo un nuevo entorno para el desarrollo de una novela gráfica que, a través de retratos sociales de análisis de problemáticas sociopolíticas (Persépolis o Maus, básicamente) cedería espacio a los conflictos adolescentes paridos por personajes como Clowes o películas como Clerks.
Y en ese mismo frikismo en donde se cimentó Ghost World se creó el mito del grafismo alternativo americano. ¿La culpa? Dos personajes (o personajas): Enid Coleslaw y Rebecca Doppelmeyer, dos marginadas sociales insatisfechas con sus vidas pero con un sentido de dependencia extremo que no sólo las aislaba del mundo, sino que detenía el tiempo sin dejarlas avanzar. Lo mismo que sucede ahora con estas generaciones perdidas. Sexo, mentiras y cintas de vídeo. Quizá por eso La Cúpula se ha decidido recuperar la obra más celebrada de Clowes (¿o lo es Wilson, acaso?) y su primera materialización cinematográfica a través de la dirección de Terry Zwigoff en una versión extendida, especial y única en la que no sólo se reproduce íntegro el cómic que el ilustrador fue publicando, primero, dentro de la serie de cómic Eightball entre 1993 y 1997, y luego recopilados en un único libro publicado por Fantagraphics, sino que más de la mitad de esta nueva edición la ocupa el material adicional.
Y con adicional nos referimos a (apunten, fuego) un buen tonel de material desconocido. Probablemente lo que se antoje más jugoso sea la copia íntegra del guión para la adaptación cinematográfica que se cocinaron a pachas el mismo Clowes y Zwigoff, pero a nosotros nos mola bastante más otras de las reliquias que Clowes desenfunda. Sobre todo, los dos folios de anécdotas en donde conocemos el origen de personajes como Los Satanistas, Melora, Norman (todos ellos muy dignos candidatos de tener una historia propia), la tienda de fanzines o fotografías originales del entorno donde el dibujante decide ambientar la historia. Además, bocetos originales del proceso de creación tanto de los cómics primigenios como las portadas para diversas ediciones mundiales, parte del storyboard para la película, diseño de diverso mmerchandising con el que Clowes seguía exprimiendo a la gallina de los huevos de oro (camisetas, muñecos...) y hasta la amenaza de convertir un personaje como el de Enid (la verdadera protagonista de la tira) en una especie de Lobezno: el origen en Little Enid, en donde pretendía trasladarnos a la tierna infancia (antes de esa post-punkera neo-grungie que nos muestra en Ghost World) de la prota de su cómic más mainstream (sin quererlo). Una bonita antología apta para fans del cómic, de la película o, simple y llanamente, del primer sonido de la voz de una generación.
