David Foster Wallace

El rey pálido

Todos los que admirábamos a David Foster Wallace esperábamos con cierta ansiedad, pero también con temor a la decepción, la publicación del manuscrito en el que trabajaba cuando se produjo su resonante, inesperada, muerte. Existía la posibilidad de que fuera una novela burdamente reconstruida –como pasa con la mayoría de las obras póstumas de Hemingway, por ejemplo- para dar coherencia a un texto que carece de ella o el último lamento de una persona hundida en la depresión, cuando los cuentos, novelas y reportajes de su autor merecen ser considerados una de las obras más luminosas e inspiradoras –a pesar de que en ocasiones trate de psicópatas, festivales de porno, ferias agrarias llenas de paletos, adictos a diversas sustancias o ancianos que bailan la conga en un crucero por el Caribe- de esta época entre dos milenios. También, por supuesto, podía ser una obra maestra al 99%, como el 2666 de Bolaño. Ninguna de esas previsiones se ha cumplido.

Hay que dejar algo claro: El rey pálido no es el mejor libro para acercarse a a la obra de David Foster Wallace. El escritor había anunciado años atrás que se había embarcado en “algo grande”. Después de leerla, uno tiene la impresión de que ha contemplado los cimientos de algo efectivamente “grande”, enorme, pero que nunca se llegará a terminar, que de hecho estaba aún muy lejos de ser completado. Y una segunda idea: aún en estado fragmentario, terminará siendo una de las mejores novelas inacabadas de la literatura universal, como América de Kafka o El último magnate de Scott Fitzgerald; y todos aquellos que han disfrutado de sus obras anteriores, no se sentirán defraudados, aunque si, con toda seguridad, entristecidos por la ausencia de un “continuará”.

El rey pálido nos cuenta la historia de varios agentes de la Agencia Tributaria norteamericanas destinados a un centro regional, en una pequeña ciudad del Medio Oeste; entre ellos, un joven que acaba de abandonar su universidad llamado David F. Wallace. La mayor parte de las quinientas páginas que su viuda y su editor han conseguido reunir y ordenar después de una minuciosa exploración de sus borradores se sitúan, aparentemente, en dos líneas temporales: por un lado, la llegada al centro y la rutina diaria de los agentes y, sobre todo, cómo se enfrentan a un trabajo monumentalmente burocrático, repetitivo y aburrido hasta límites abisales. Wallace, que en La broma infinita, ya se las había arreglado para “narrarnos” la psique de una adicción con una maestría difícil de concebir, triunfa aquí ante un reto aún más complicado: mostrarnos a gente que pasa hora tras hora repasando impresos de hacienda sin mitigar su absoluta y devastadora aridez, y volverlo literariamente interesante.

Con estas páginas bastaría para demostrar que DFW era un escritor magnífico, dotado de una habilidad técnica digna de sus maestros –John Barth, Pynchon, DeLillo- pero es el segundo grupo de capítulos donde da la medida exacta de su genio: cuando nos lleva a la infancia y juventud de los que iban a ser, presumiblemente, los protagonistas del relato, ese grupito de hombres y mujeres que por algún motivo enquistado en su pasado han elegido una de las profesiones más tediosas imaginables y peor consideradas por el público. Capítulos tan impresionantes como el 8, sobre una redneck que se cría y educa en un parque de caravanas en un paisaje humano y social atroz que corresponde a nuestro mundo, pero que, por momentos, parece casi ciencia-ficción postapocalíptica o el 22, centrado en la relación entre el personaje David F. Wallace y su padre, representan cumbres de su propia obra, pero también de la literatura de nuestro tiempo y, probablemente, de todos los tiempos.

David Foster Wallace se convirtió, con su suicidio, en mártir e icono de la narrativa contemporánea. Esto es un hecho contra el que no se puede luchar, aunque sus lectores tratemos de poner el foco en sus libros y sus ideas sobre literatura que espiga en sus ensayos (y que son ignoradas por sus supuestos seguidores). Para adentrarse en sus libros, les aconsejo que empiecen con Animalitos inexpresivos, el primer relato de La niña del pelo raro. Si lo leen y no lo consideran uno de los mejores cuentos que han leído jamás, pasen de largo, otros escritores les esperan. En caso afirmativo, continúen adelante con sus siguientes libros. Tras unos cuantos miles de páginas, se encontrará ante El rey pálido: una bellísima ruina.

Y más allá, no hay nada.

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David Foster Wallace
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Autor: David Foster Wallace

Título: El rey pálido

Género: Novela postmoderna

Editorial: Mondadori

Año: 2011

Páginas: 560

Precio: 23,90 €