¿Quién fue el loco que inventó el amor y quién fue el sabio que inventó a las putas? Eso podría ser, además del título de algún disco de Mamá Ladilla, Juampa y la Raja o los Mojinos Escozíos, la frase de cabecera que a Chester Brown le molaría que escribiesen en su lápida, probablemente. Y, por si por alguna razón casual o causal eso no sucede, el bueno de Brown ha decidido vomitar todos los grumos de sus experiencias con prostitutas en un retrato la par de autobiográfico y realista, de cómico y sociológico, de psicológico y fetichista, de triste y preguntón. Pagando por ello es, además de las memorias de un putero tardío y oxidado, demasiado bonachón (o al menos lo que nos cuenta en las viñetas: a saber si luego es de esos que da cachetes) como para entrar en el perfil prototípico del putero medio pero intensamente confesor, puro, real e identificable con tu tío, tu colega de la E.S.O. que te has encontrado la semana pasada en el Luxory o...a ¿tú?
Brown no es un Chinaski de la vida. Ni nació en un tugurio neoyorquino ni se pasa toda la tarde bebiéndose botellas de Jack Daniel’s ni es un asiduo a las tragaperras y los chistes verdes. Brown, tanto el ilustrador como el protagonista de Pagando por ello es, simplemente, un escritor e ilustrador de cómics que convive dentro de una personalidad intromisiva pero con un perfil bastante cercano al que se puede observar en los títulos de Woody Allen en los que decide protagonizarla él mismo y que, una vez superada su sequía romántica y tras haber convivido en una situación un tanto difícil y atormentada (aunque él mantenga el temple como un bellaco) con su última ex novia, dos años sin mojar el churumbel acaba por ser mucho. La solución a dicho problema físico y emocional es, debido a su problema para relacionarse con mujeres, a su timidez y su falta de práctica, acudir a los anuncios clasificados. Allí acaba conectando con los primeros burdeles o prostitutas freelance (nunca creí que escribiría este término) y satisfaciendo sus necesidades básicas más gozosas: las del sexo. Brown, confesor pleno de dicho ejercicio, en Pagando por ello no sólo describe su etapa de putero (desarrollada entre 1999 y 2003) sino que procura no frivolizar con una cuestión tan peliaguda como el silencio atroz de la sala de estar, el cuestionamiento social a dicha decisión, el contacto cercano con la prostituta, las preguntas alrededor acerca de por qués perpetuos (¿por qué una mujer decide dedicarse a esto?, ¿por qué un hombre decide pagar por esto?, ¿por qué la ilegalidad del acto si es algo natural?) y otros tantos enigmas previos (¿habrá un matón en el burdel que me dé una paliza, me viole y me robe las zapatillas y el smartphone? ¿y si la prostitua es un policía? ¿y si alguien de mi familia se entera?), la adicción en la que acaba entrando el mismo Brown como si de una rutina obligada se tratase y desglosa en primera persona, claro está, todo el proceso no sólo real (lo que sucede) sino también analítico y memorial de lo que piensa su entorno más inmediato y todo aquello que dijo su cerebro pero no su boca. Algo así como si nosotros fuéramos sus confesores y su penitencia fuera, simplemente, crear uno de los mejores, más realistas, bizarros, sociológicos y psicopáticos relatos gráficos autobiográficos de los últimos años.
Padre, tengo que confesarle una cosa: me voy de putas. (Yo no. Él. ¿Él?).
