Ha sido una de las noticias del año, sobre todo para los insobornables adictos a los semanales “Comunicados de la tortuga celeste”: hay nuevo libro de Andrés Ibáñez. Y la suerte la tiene Impedimenta, que nos lo presenta en una edición impecable, exquisita y sólo privada de la matrícula a causa de alguna inoportuna errata. El perfume del cardamomo lleva por subtítulo Cuentos chinos, pues a través de las historias que componen el volumen, Ibáñez, como reconoce en las notas finales, pretende homenajear a una cultura que considera de una inusual capacidad imagista.
Este presupuesto cognitivo resulta la clave de la grandeza del libro, pues su autor, trasladándose a un sistema de pensamiento capaz de mirar a su alrededor con los ojos y no sólo con la mente, homenajea fundamentalmente a la imaginación. Y no porque sus historias sean más o menos divertidas –que lo son-, o más o menos asombrosas –que también-, sino porque vuelve a hacer suya una apuesta que sólo los mejores logran: tratar la imaginación como una forma de conocimiento, como una vía privilegiada a la hora de indagar en las cuestiones fundamentales de la experiencia humana, el yo y la conciencia. Mezclando memoria y deseo, sueño y realidad, Ibáñez dibuja con delicadeza paisajes habitados por animales, doncellas y piratas. Nos señala nuevas y mejores formas de interpretar la realidad, nos distancia de nuestro mundo cotidiano y cegato, se aleja de la ironía. La mayoría de estas historias son breves como pequeñas fábulas. Hay cinco de mayor extensión, como la última, intitulada La Montaña del Alma, que resume toda una poética de la ficción. Y hacia la mitad encontramos cuatro asombrosos microrrelatos o poemas en prosa, según se mire. El resultado final es de una belleza azul, flotante, misteriosa.
