En nuestra vida cotidiana a menudo nos descubrimos pensando tonterías, tenemos dudas y miedos ridículos y nos suceden situaciones absurdas. Los dibujantes de cómics no son distintos. Y algunos, además, se ríen de sí mismos y se desnudan ante sus lectores, como Lewis Trodheim. En el segundo volumen de sus Pequeñeces, Trondheim nos desvela su faceta más gamberra e intrascendente: reconoce que discute con sus amigos sobre los litros de saliva que generamos al día (o aún peor, la que produciría una vaca con la rabia) y que disfruta en un hotel sólo porque sirven el desayuno hasta las 14:30, algo que todos hemos deseado en alguna ocasión. Trondheim nos cuenta en pequeños gags de una página, como si se tratara de una tira diaria, confidencias sobre sus vacaciones, sus experiencias en los salones de cómics, su trabajo diario o su vida en familia. Nos las cuenta como se las contaría a un colega. Sin pudor. No teme quedar en ridículo. Naderías que convierte en las más excitantes aventuras. Páginas que, en su conjunto, conforman su microcosmo. Una suerte de diario que en ocasiones recuerda al que nos regaló Liniers con su Conejo de viaje.
Y es que el francés protagoniza muchas de sus obras. El cómic le sirve para compartir con sus lectores su filosofía de la vida. Fresca y desenfadada, como en esta serie, o profunda, como en Mis circunstancias o más recientemente en Desocupado, donde trata el delicado tema de la falta de inspiración para un autor y reflexiona con otros autores sobre cómo aborda cada uno el proceso creativo. Trondheim, autor prolífico donde los haya, se ha convertido, por derecho propio, en una pieza clave del cómic europeo actual y afortunadamente su capacidad de trabajo nos permite disfrutar a menudo de sus trabajos.
