Carl Spitteler (1843-1924), premio Nobel en 1919 y, sin duda, uno de los clásicos en lengua alemana más desconocidos en nuestro país, consiguió que el título de esta curiosa novela, Imago, fuera adoptado por el psicoanálisis, que precisamente se estaba desarrollando como ciencia en la época de su publicación, para designar a las representaciones de seres amados que se fijan en el inconsciente de los individuos y llegan a gobernar sus conductas, debido a la fascinación que despertó esta obra en el famoso discípulo de Freud, Jung. Spitteler escribió, además, numerosas tragedias de corte clásico y una larga epopeya en verso, Prometeo y Epimeteo, pero, sin duda, esta novela es lo que ha resultado más relevante de cara al público actual.
Nos encontramos a Víktor, un joven poeta, que regresa a una pequeña ciudad suiza tras varios años de ausencia, en busca de Theuda, una mujer con la que mantuvo un apasionado idilio. Al mismo tiempo que descubre que ha sido olvidado por la que creía la mujer de su vida, su exacerbado individualismo y sus ambiciones artísticas chocan con la mentalidad provinciana y mezquina que predomina entre sus conciudadanos. El tema no podría ser, pues, más clásico: desde Dante y Beatriz, la literatura mundial está poblada por cientos de imágenes femeninas en las que escritores y artistas más o menos atormentados buscan algún tipo de redención personal. Lo más interesante, sin embargo, es la visión que ofrece Spitteler de la psique de Víktor y cómo en ella la figura de Theuda se descompone en su mente, convirtiéndose en su imaginación en Pseuda, que se ha casado con un preboste local y hasta niega su pasada relación, la Rigurosa Señora, empeñada en guiar sus actos y, por último, en la celestial Imago, la musa donde se unen todos sus ideales. Destaquemos también el excelente epílogo-estudio final de la traductora Isabel Hernández.
