En la tela de araña en la que Joseph Conrad (1857-1924) tejió su biografía, es habitual la mezcla entre realidad y ficción. Él mismo, polaco nacionalizado británico, incansable aventurero durante su juventud, se encargó de forjar en entrevistas y memorias un recorrido vital repleto de leyendas e improbables viajes. Sí fueron reales las hazañas marineras que vivió siendo joven, las mismas que inspiran las cuatro novelas cortas que componen este ‘Entre mareas’ y que el autor de Lord Jim o El Corazón de las tinieblas recopiló en 1915. Se trata de El hacendado de Malata (1914), Por culpa de los dólares, (1914), El Socio (1911) y La Posada de las dos brujas (1913), con desarrollo en España.
Las dos primeras, inéditas en castellano desde 1931. En ellas un hacendado de una remota isla ayuda a una joven mujer de la que está enamorado a encontrar a su prometido; un barco se hunde misteriosamente en el puerto de Londres; un soldado inglés se enfrenta a fuerzas sobrenaturales en una posada regentada por dos brujas en el norte de España y un capitán se complica la vida socorriendo a una pobre mujer. Cuatro recreaciones con el omnipresente mar de fondo, en las que Conrad destila su mejor literatura, aquella en la que traza un quirúrgico análisis del comportamiento humano en circunstancias extremas. Si el mar siempre es el mismo, pero es por definición nuevo, Conrad cree con firmeza que el carácter humano es en esencia, además de melancólico, predecible bajo sus diferentes máscaras. De eso escribe. Por eso en sus historias los hombres pretenden hacer el bien. A veces lo logran, pero casi siempre son ellos mismos o, mejor, su inevitable naturaleza, la que dicta los actos. Y la rectitud de sus instintos es su condena. En el viaje de un lugar a otro, el lector asiste a otro desplazamiento, menos evidente, más profundo. Siempre hay un personaje que se parece a él, y siempre otro al que teme parecerse. Cuando se aleja de tierra firme, Conrad es aún más imprescindible que nunca.
