17 diciembre, 2018. Por

Lester Bangs

El crítico musical que dinamitó todo lo que se enseña en las facultades de periodismo
Lester Bangs

“Iggy Pop es el artista más intenso que he visto en mi vida y esa intensidad proviene de una compulsión homicida que en el pasado lo ha convertido también en el intérprete más peligroso del mundo: se zambulló en la tercera fila, se cortó con vidrios rotos en el escenario y luego saltó por encima, entablando peleas verbales y a veces físicas con su público. […] Lo que tenemos ante nosotros es una persona que se siente profundamente sin vida o, por el contrario, vive de una manera tan cruda, y de la que está tan prisionera, que siente todos los sentimientos en forma de dolor”

Cuando Lester Bangs (1948-1982) escribía, temblaba la tierra. En Estados Unidos hay quien lo considera el gran escritor americano, ya de música o de cualquier otro ámbito. En España, dada la imposibilidad de leer sus críticas en las publicaciones originales de Rolling Stone o Creem, su figura se ceñía a la de una figura apenas conocida por referencias indirectas, como las canciones de REM y los Ramones, o la película Casi famosos, que rodó Cameron Crowe en 2000. Tampoco la elogiada biografía que sobre él escribió Jim DeRogatis, Let it blurt, estaba traducida al castellano. Hasta que la recién nacida Libros del Kultrum anunció la publicación de esta monumental Reacciones psicóticas y mierda de carburador, inmediatamente uno de los libros del año y una puesta de largo asombrosa para una editorial que hace toda una declaración de grandes intenciones.

Bangs debería ocupar un puesto de honor en el panteón de las leyendas de la historia del rock. Hizo bueno el “it’s better to burn out than to fade away” de Neil Young, como si su inmolación fuera un tributo obligado, un don para el altar de la música. Vivió pegado a bandas y solistas, asistió a centenares de conciertos, de grupos anónimos y de artistas consagrados. Fue un crítico tan brutal, tan libre, que no cuesta creer que muchos dueños y consejos editoriales de las revistas para las que trabajó le temieran tanto como adoraban a las legiones de seguidores que, una y otra vez, regresaban al quiosco en busca de más. Su prosa era febril, rebosante de efectos, de onomatopeyas, de términos de dificilísima traducción pero que eran capaces de concretar lo que su cerebro y su corazón trataban de transmitir.

“Sus crónicas dinamitaron, y lo siguen haciendo 30 años después, todo lo que se enseña en las facultades de periodismo; sus juicios son subjetivos, pasionales, extremos cuando hace falta. Bangs fue un precursor de los periodistas que se empotran en los batallones de infantería solo armados con una cámara de fotos con el fin de retratar el horror a escasos centímetros, aún arriesgando su vida”

Las crónicas de Lester Bangs dinamitaron, y lo siguen haciendo 30 años después, todo lo que se enseña en las facultades de periodismo; sus juicios son subjetivos, pasionales, extremos cuando hace falta. Bangs fue un precursor de los periodistas que se empotran en los batallones de infantería solo armados con una cámara de fotos con el fin de retratar el horror a escasos centímetros, aún arriesgando su vida. ¿Gonzo? Los que solo citan a Hunter S. Thompson cuando se refieren a esta fiera forma de escribir y describir deberían poner a la misma altura el nombre de Lester Bangs, más que un apóstol de esa filosofía, uno de sus padres fundadores.

Portada del libro

Bangs era una fuerza de la naturaleza frente a la máquina de escribir. Uno se lo imagina pulsando teclas con rudeza al mismo tiempo que fuma con compulsión, bebe whisky como si fuera agua y bufa con cada nueva frase que le viene a la cabeza y a las manos. Escribía como una metralleta, como si llegara el fin del mundo, y siempre lo hacía desde dentro, estuviera donde estuviera ese lugar. Porque esa es otra de las virtudes de su obra, recopilada con tanto gusto por Libros del Kultrum. ¿Puede que Lester Bangs viviera en el momento adecuado y estuviera siempre en el lugar correcto? Sí a ambas cosas, a tenor de la nómina de intérpretes a los que vio en directo y de los que habla con todo detalle. Leer Reacciones psicóticas y mierda de carburador es también una buena forma de repasar 15 años únicos e irrepetibles en la historia de la música, de volver a contemplar, congelado en ámbar, un momento cultural cumbre, por el que desfilan de Slade a The Clash, de Lou Reed a John Lennon.

“Leer este libro es también una buena forma de repasar 15 años únicos e irrepetibles en la historia de la música, de volver a contemplar, congelado en ámbar, un momento cultural cumbre, por el que desfilan de Slade a The Clash, de Lou Reed a John Lennon

Hablando de nombres propios, otro de los rasgos por los que siempre se definió a Bangs, y que incluso se vio reforzado en la película en la que Philip Seymour Hoffman le dio vida, fue una ausencia total de complacencia con ídolos y estrellas de todo pelaje. Consideraba a Jim Morrison un pretencioso con aires de poeta, pero también fue capaz de echar por tierra su amistad con Patti Smith cuando la neoyorkina publicó Radio Ethiopia (1976), del que años después renegaría hasta ella misma. Apasionado sí, siempre, pero ciego forofo no. Todo ello está también aquí, en este libro palpitante y generoso, hermoso de principio por lo que tiene de singularidad y por lo mucho de que de justicia poética tiene su publicación en España.

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