14 diciembre, 2018. Por

Lector Voraz

Una enorme puerta abierta de entrada a todo lo que está en los libros y nunca se cuenta
Lector Voraz

Asegura Robert Gottlieb en este libro de memorias que, cuando era pequeño, en su casa era una escena habitual que tantos sus padres como él pasaran largas horas leyendo, en silencio. Y que después intercambiaran impresiones. Seis décadas de abnegada dedicación a la edición después, leído este extraordinario libro, parece que la vida de Gottlieb no hubiera sido sino una prolongación de esa pasión lectora, de esa devoción por los libros.

Michael Crichton, Toni Morrison, John Le Carré, Bruno Bettelheim, Doris Lessing, Robert Caro o Nora Ephron son solo una breve selección de autores a los que Gottlieb publicó durante años. Por sus manos pasaron también textos propios y biograficos de celebridades como Lauren Bacall, Katherine Hepburn, Bob Dylan o Bill Clinton. En 2015 recibió el reconocimiento de la Academia Americana de Artes y Ciencias a toda una trayectoria dedicada a la cultura, y en Estados Unidos su nombre está grabado en letras de oro en la historia del libro.

En 1955, como explica en detalle, casi se tropezó con la oportunidad de trabajar en Simon and Schuster, en concreto al lado de Jack Goodman, el vicepresidente y director ejecutivo de la editorial. Éste le atendió con un sencillo “háblame de ti”, y una hora después estaba prácticamente a los mandos, con un margen de maniobra impropio para un novato como él, de una de las principales referencias del sector. El resto es historia. E historia muy bien contada. Entre otras cosas, porque la memoria de Gottlieb parece un geiser durante las más de 400 páginas que se prolonga este libro. Un geiser rebosante de nombres, anécdotas, dramas (los menos) y confesiones laborales y personales capaces de conducir hasta profundos hallazgos.

«‘Lector voraz’ es mucho más que una lectura recomendada para bibliófilos, editores, escritores, periodistas culturales y, por supuesto, lectores. Es una enorme puerta abierta de entrada a todo lo que está en los libros y nunca se cuenta. Uno de los mejores libros sobre libros que se han publicado en los últimos años»

Diez años más tarde su entrada en Simon and Schuster, convertida su perspicacia en un secreto a voces en Nueva York, Gottlieb se incorpora a la legendaria Alfred A. Knopf, lugar en el que disfrutaría de su mayor estancia profesional en una sola empresa. Dos décadas en las que perfeccionó el oficio que le haría famoso junto a su inseparable Nina Bourne, otro nombre indispensable en la historia de la edición y junto a la que efectuó infinidad de galeradas y campañas promocionales de novelas como Trampa 22, de Joseph Heller, Eloise de Kay Thompson, o The Power Broker, de Robert Moses. En 1987 aceptó la responsabilidad de encargarse del New Yorker, el histórico faro liberal estadounidense, y pasa cinco años reflotando una nave de futuro impreciso, en la que cuidar a los escritores a la vieja usanza pero al mismo tiempo modernizar su enfoque y puesta en escena se convierte en un reto monumental. Gottlieb, aún en activo, descubre ya en esta última etapa que es también capaz de escribir de forma ocasional sobre danza y también sobre algunos aspectos del mundo al que ha entregado su vida.

Asistimos a una vasta exploración de esa relación singular que se produce entre el escritor y el editor. Comprobamos, en Lector voraz, cómo el entendimiento entre ambos es imprescindible para que la empresa llegue a buen puerto y cómo el ego es el mayor enemigo de la creación. No salen bien parados algunos autores, como Salman Rushdie, al que Gottlieb dibuja como un hombre presuntuoso, embebido de su propia celebridad. De Michael Crichton tampoco tiene problemas en señalar sus dificultades para escribir buenos personajes protagonistas, a pesar de sus meritorias y trabajadas tramas. Para él, John Le Carré perdió el pulso cuando la terminó la Guerra Fría y sus tramas exploraron nuevos territorios.

Portada de ‘Lector Voraz’, editado por Navona

Pero que nadie piense que Lector voraz es un ajuste de cuentas con la profesión o con antiguos colegas; ni por asomo. Gottlieb disfrutó al máximo durante lo sustancial de su vida profesional y abundan los retratos elogiosos de los centenares de escritores con los que trabajó. El fin de semana lo pasaba deseando que llegara el lunes para retomar el trabajo. Su joven irrupción en un mundo en el que aún primaba la forma de hacer las cosas de un mundo antiguo causó evidentes recelos en su día, quizá por eso siempre llevó por bandera la humildad. Es común que hable de directivos, agentes y escritores como amigos íntimos, compañeros de viaje con cuyas familias la de Gottlieb compartía vivencias y vacaciones.

“Gottlieb es el primero que deja el ego en la puerta en estas memorias, pero es imposible no entender cómo su personal forma de hacer las cosas trasmutó toda una industria, manteniendo siempre el olfato para lo exitoso y ese equilibrio indispensable que lleva a apostar por un autor aún sabiendo que su mejor literatura no reside en el libro más inminente, sino en el que escribirá dentro de 3 años”

Por supuesto, no faltan reflexiones sobre su profesión. Un ejemplo: “Comprendí que el hecho en sí de publicar consiste, esencialmente, en hacerle llegar al público tu propio entusiasmo. Cada vez que en los siguientes cincuenta años me desvié de este principio y publiqué sin entusiasmo, las cosas no fueron bien”. O su consejo a los escritores que se decían bloqueados: “No escribas, teclea”. Están presentes, también, las revelaciones sobre su método de trabajo: “leo los manuscritos muy rápido, en cuanto me llegan. No suelo usar lápiz en la primera lectura porque se trata de sacar impresiones. Cuando lo termino, llamo al escritor y le digo lo que está bien y qué problemas veo. Luego vuelvo a leer el manuscrito, con más cuidado, y señalo aquellos aspectos que vi problemáticos para tratar de averiguar qué está mal. La segunda vez busco soluciones”.

Gottlieb es el primero que deja el ego en la puerta en estas memorias, pero es imposible no entender cómo su personal forma de hacer las cosas trasmutó toda una industria, manteniendo siempre el olfato para lo exitoso y ese equilibrio indispensable que lleva a apostar por un autor aún sabiendo que su mejor literatura no reside en el libro más inminente, sino en el que escribirá dentro de 3 años. Deja por el camino un reguero de sabrosa información para cualquier aficionado a la literatura, los literatos y eso que nadie sabe muy bien definir pero que es lo que convierte una gran novela en mucho más que una gran novela. Contagia el resplandor que le produjo, por ejemplo, la lectura de los complejos diarios de John Cheever, para los que contó con el total respaldo de la familia del escritor tras su fallecimiento.

“La memoria de Gottlieb parece un geiser durante las más de 400 páginas que se prolonga este libro. Un geiser rebosante de nombres, anécdotas, dramas (los menos) y confesiones laborales y personales capaces de conducir hasta profundos hallazgos”

Lector voraz es mucho más que una lectura recomendada para bibliófilos, editores, escritores, periodistas culturales y, por supuesto, lectores. Es una enorme puerta abierta de entrada a todo lo que está en los libros y nunca se cuenta. Su trastienda, su vida cuando aún no han nacido. Uno de los mejores libros sobre libros que se han publicado en los últimos años.

Lector Voraz