25 junio, 2018. Por

Las Guardianas

La enésima demostración de que el costumbrismo y una fotografía inspirada no garantizan una buena película
Las Guardianas

Ensalzar la labor que realizaron las mujeres que se echaron sus respectivos países a la espalda mientras sus padres, hermanos, maridos e hijos se dejaron la vida en las trincheras de la I Guerra Mundial suele ser un objetivo loable. Las Guardianas (Xavier Beauvois, 2017) repasa la bucólica existencia en la granja Paridier entre 1915 y 1919. Adapta, con un lirismo técnico envidiable y un lenguaje sosegado y alejado de las bombas y el gas mostaza, una novela de Ernest Perochon. Una pena que entre la poesía del campo y el costumbrismo tamizado por la feminidad, Beauvois construya una película interminable, previsible y tan desprovista de objetivos como de interés.

Con sus hijos y su yerno destinados en el frente, Hortense (Nathalie Baye) necesita un par de manos extra para ayudarla a sacar adelante la granja familiar, que trabaja junto a su hija, Solange (Laura Smet). Contrata a la joven huérfana Francie (Iris Bry), quien se adapta rápidamente a las rutinas del campo. La Gran Guerra sigue su curso pero las cosechas, el carro de la lechera, las estaciones y el trasiego de soldados por la Francia rural tampoco cesa. Durante los permisos de sus hombres, las mujeres comprobarán de primera mano la terrible huella que los años de guerra van dejando en sus seres queridos. También en estos permisos Georges (Cyril Descours), uno de los hijos de Hortense, se encariña de Francine y ambos comienzan una sencilla relación epistolar.

Una vez se supera el Ecuador de la película, uno de pregunta si no le estarán contando la Guerra de los Cien Años en lugar de la I Guerra Mundial

Uno diría que en la sencillez está la principal virtud de Las Guardianas. Se trata de un drama de guerra convencional, contado sin grandes giros ni sobresaltos. Al apoyarse en una fotografía que, sin ser espectacular, sí es tremendamente evocadora, para retratar el campo, sus gentes y sus labores, se convierte en un espectáculo bello y disfrutable. Esto es cierto, al menos, durante los primeros 45 minutos de Las Guardianas. Pero es que nos enfrentamos ante 138 minutos de cotilleos de pueblo, paisajes bucólicos, cosechas bajo el sol, neblinas entre los árboles y reposadas labores del hogar. Sin importar la belleza del retrato o de lo retratado, una vez se supera el Ecuador de la película, uno de pregunta si no le estarán contando la Guerra de los Cien Años en lugar de la I Guerra Mundial.

Supongo que Beauvois con el atemperado devenir de su relato detenerse en lo lento que era el tráfico de información hace tan sólo cien años. En lo dilatados que eran los tiempos y las esperas para quienes no estaban en el frente. Si el objetivo es empatizar con los detalles más nimios que las mujeres utilizaban para ocupar sus horas, tal vez se consiga. Pero no parece que haya ningún fin en todo esto. El drama entre Francine y Georges se ve venir desde muy lejos y, lo que es peor, está contado desde el absoluto desapego. Beauvois nos cuenta una historia de amor exactamente de la misma manera que nos relata cómo se hacen el queso o el orujo. Puedo entender el experimento, pero no me pidan que me emocione con el resultado.

Beauvois nos cuenta una historia de amor exactamente de la misma manera que nos relata cómo se hacen el queso o el orujo.

Por otro lado, es desquiciante ver, una vez más, una historia sobre mujeres, sí, pero escrita desde el desconocimiento o el desprecio a éstas (Marie-Julie Maille co-escribe el guión, pero no se nota demasiada influencia femenina). La aséptica frialdad que se respira entre las tres protagonistas, la falta constante de empatía con la que se tratan las unas a las otras y la incapacidad de construir entre ellas vínculos con los que el espectador vibre mínimamente son, no me cabe duda, consecuencia de no tener demasiada idea de qué sucede en grupos de mujeres que trabajan, viven y sufren juntas. De hecho, se expone con más claridad (porque es más fácil) el trauma de los soldados que el estado emocional de las que se supone que son las protagonistas.

Ninguno de los vínculos entre las mujeres protagonistas parece creíble o realista

Los personajes femeninos están construidos a base de estereotipos caducos, así que no aportan al espectador nada que no haya visto ya cien veces. Ni siquiera la “excusa” que podría tener el personaje de Hortense a la hora de poner los intereses de sus hijos por encima de los de cualquier otra persona, está del todo bien construida. Y si el objetivo es que Francine inspire algún tipo de ternura o pena, no lo logra. Hemos visto tantas historias de mujeres sumisas, resignadas a su papel de nota al pie de los varones que las rodean, que tener que aguantar una más ya, sencillamente, molesta.

Los personajes femeninos están construidos a base de estereotipos caducos, así que no aportan al espectador nada que no haya visto ya cien veces

Al final, el tedio puede con la belleza. No hacen falta dos horas largas para contar esta historia. Y, al emplearlas, Xavier Beauvois demuestra que no tiene demasiada idea de qué quiere contar. Así, nos trae costumbrismo por costumbrismo, que supongo que será del interés de algunos, pero no es el mío. Estoy segura de que hay historias mucho más inspiradoras y originales sobre las mujeres francesas de la I Guerra Mundial que se podrían contar con igual lirismo pero sin el tufillo rancio y paternalista que desprende Las Guardianas. A ver si algún día alguien las cuenta.

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