26 mayo, 2017. Por

Las Confesiones

Toni Servillo y Daniel Auteuil jugando a ser monjes y gangsters
Las Confesiones

¿El primer atractivo de esta película? Sin duda, ver a uno de los grandes del cine italiano frente a uno de los grandes del cine francés. Toni Servillo y Daniel Auteuil, cara a cara, nunca mejor dicho, ya que gran parte del metraje son las conversaciones, o mejor dicho, las confesiones que Auteuil, Daniel Rochè, director del Fondo Monetario Internacional, le hace a Roberto Salus, un monje cartujo italiano que inunda de misterio lo que a priori iba a ser otra rutinaria reunión más del G8. Pero Salus no es el único pez fuera de la pecera, a la reunión, que se celebra en el Grand Hotel Kempinski de Heilingedamm (donde en 2007 tuvo realmente lugar una polémica sesión del G8) también acuden Mark Klein, una estrella de rock, y Claire Seth, una famosa escritora de libros infantiles.

Algunos de los Ministros de Economía más poderosos del mundo, tras una cena de etiqueta, se sientan alrededor de la rockstar que, acompañada por su guitarra, canta Walk on the Wild Side de Lou Reed. Todos tararean y bailan mientras los riffs de guitarra de Klein les recuerdan que durante al menos un par de minutos dejaron de ser los tiburones de Wall Street a los que están acostumbrados. Salus no está en la fiesta, es un cartujo: la contemplación, la oración y la austeridad rigen su vida, el lujo, el exceso y la frivolidad reinante nada tienen que ver con él, y éste se limita a deambular por los pasillos y estancias del hotel.

Gran parte del interés, del humor, de la ironía y de la atmósfera del film se concentran en esta secuencia. Pero todo cambia cuando, de repente, tras las confesiones, Rochè aparece muerto, y que conste que esto no es un spoiler, de ser así, todas las sinopsis lo serían. Roberto Andò, guionista y director, opta por introducir un poquito de Hitchcock en la trama, todos o casi todos nos acordamos de Yo confieso, con la que guarda ciertas similitudes. Pero Hitch no es el único cineasta que Andò tiene en mente, el universo de Polanski también está presente. Un grupo de personas, un hotel, un cadáver… sé que es un cliché, pero la sombra de Agatha Christie planea sobre sus cabezas.

Todos quieren saber qué es lo último que dijo Rochè antes de morir, es crucial para la economía mundial, y por lo tanto, para los obesos bolsillos de los presentes, y el único que lo sabe es el monje. La película se convierte en un thriller indoor en el que los ministros en realidad son gángsters con máscaras. Siniestros, ambiciosos e implacables seres con una única misión, y hasta aquí puedo leer. La música de Nicola Piovani, la fotografía Maurizio Calvesi, la factura de la cinta, pese a sus momentos de impostada sofisticación, es excelente.

El problema es que se ponen demasiadas cosas sobre la mesa: la economía, la fe, lo tangible, lo intangible, la crisis, la decadencia de occidente, el poder, la muerte… en fin. La película es en demasiadas ocasiones, un lento, pretencioso, disperso, ambiguo e innecesario sermón de 100 minutos.

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