18 mayo, 2017. Por

Las Chicas del Cable

Feminismo de baja intensidad para la falsa secuela de ‘Velvet’
Las Chicas del Cable

Bombo, platillo, aires reivindicativos, la mejor campaña de marketing de una serie española en los últimos años y algunas de las caras más codiciadas de la pequeña pantalla en los últimos años. A priori, no es una mala fórmula para la primera serie de factura española para la factoría Netflix: una producción comandada además por Bambú, la productora de series de ficción de más éxito y más gusto estético de los últimos años, abajo firmantes de otras series-fenómeno como Velvet, Gran Hotel, Seis hermanas o La Embajada, entre otras.

Pero no es oro todo lo que reluce: detrás de ese aire icónico y de relato de interés histórico y reivindicativo-feminista se esconde uno de los grandes chascos de la temporada: una serie repleta de inverosimilitudes, conexiones que huelen a copiar con su predecesora Velvet y la sensación de que se está desaprovechando una oportunidad de oro para demostrar que en la ficción española no solo se quieren hacer cosas importantes, sino que se puede.

FEMINISMO DE BAJA INTENSIDAD

O “la leyenda de las mujeres falsamente empoderadas”. Es que es complicado querer dársela de serie con ínfulas reivindicativas, de búsqueda de sufragismo exacerbado y joven-feminismo en los albores de 1928 en una megalómana empresa liderada por hombres llamada (sic) Telefónica. Tan complicado es, que es mentira: uno de los supuestos atractivos de Las Chicas del Cable es que sirve como retrato panorámico de la vida de las mujeres en los años previos a la Guerra civil en una España en pleno crecimiento tecnológico pero también anquilosada en unos derechos que limitaban aún más que ahora (y ya es decir) la igualdad entre hombres y mujeres.

En la serie desfilan, principalmente, caracteres como: la joven chica de pueblo que se ha hecho fuerte con los vaivenes que da la calle y la soledad (AlbaLidia, el personaje de Blanca Suárez); la aún más joven chica de pueblo, inocente y recién salida del cascarón (Marga, el personaje de Nadia de Santiago); la rebelde hija de militar que va descubriendo su sexualidad mientras lucha por la igualdad de género (Carlota, el personaje de Ana Fernández); y la sumisa esposa y madre cuyo marido la maltrata física y psicológicamente (Ángeles, el personaje de Maggie Civantos).

Todas ellas comparten espacio de trabajo e incluso (casi todas) pensión. Una galería de caracteres femeninos que, a excepción de uno de los casos, se encuentran con hombres entregados, enamorados, comprensivos: el perfume de mujer consigue ablandar a prácticamente todos ellos. Las Chicas del Cable no solo no muestra (excepto en un caso) la dureza de su lucha, sino que acaba prácticamente frivolizando en algunos de los casos la dureza de algunos sucesos; y desaprovecha también la oportunidad de fotografiar la verdadera ambición progresista (política y tecnológicamente) de algunos de los protagonistas.

La libertad prácticamente total que comunica la serie en plena “dictadura con rey” (con Alfonso XIII) del general Miguel Primo de Rivera (al que ni se menciona, por cierto) es una de las tantas inverosimilitudes que restan credibilidad y crudeza, pero, sobre todo, consigue reducir a prácticamente meras anécdotas, al telenovelesco posicionamiento de “buenos” o “malos”, una lucha entre silenciosa, sometida y kamikaze que muchas mujeres sí emprendieron en aquellos años de oscuridad que se vivieron en España. Una oportunidad no solo desperdiciada, sino plastificada y reducida en un momento completamente crucial para visibilizar la lucha feminista desde una plataforma de masas como lo es una de las series con mayor presencia mediática de los últimos años.

VELVET II: EL REGRESO

Cierto, el reparto y el contexto histórico es otro; pero el trasfondo sentimental (que al final es la temática de cada una de las historias: los pequeños o grandes romances que cada protagonista tiene) es el mismo. En ocasiones, llega a rozar prácticamente la copia, incluso.

Los recursos narrativos que articula Las Chicas del Cable son prácticamente los mismos que aplicaban en Velvet: no solo en aquella serie se compartía trasfondo de un episodio histórico simbólico (el franquismo y la limitación de libertades) y ubicación en un icónico espacio cerrado (en aquella, las Galerías Velvet, casi homólogo de las Galerías Preciados; aquí, el Edificio Telefónica), lo cual es comprensible y hasta atractivo; sino que acaba tirando de sota, caballo, rey y viceversa.

Que si el dueño de la empresa es un heredero casado con una millonaria pero enamorado de su amor de juventud; que si ese amor de juventud es una chica sin recursos que se ha tenido que buscar la vida desde pequeña; que si ambos, además de amores de juventud, compartían confidencias desde adolescentes; que si el núcleo duro de la serie es un grupo de cuatro amigas; que si una de las historias más encantadoras es la de una pareja de chico y chica inocentones y sin maldad; que si la estructura de ambas series es casi calcada (dos personajes masculinos protagonistas y amigos; cuatro amigas; la facción viejuna y autoritaria)… Es más difícil encontrar personalidad y singularidades en Las Chicas del Cable que momentos-réplicas de las dinámicas narrativas de Velvet.

LA INVEROSIMILITUD DE LAS COSAS

Si has visto la serie, aunque solo hayas visto algunos minutos del primer capítulo, habrás flipado con, posiblemente, el tan sofiacoppoliano “momento María Antonieta” de la serie: esa música, que cambia el swing o el jazz de la época, por el de canciones de Sweet California o Lemaitre, como si Rihanna y Beyoncé hubieran tenido la oportunidad de ir a cantar para una fiesta de Telefónica en los felices años ’20. Un problema, el de la música, que mantiene la soga atada en corta con un universo de irrealidad que acaba orbitando en varios momentos de la serie.

No sólo la velocidad a la que van las historias nos invitan a no conectar en profundidad con la sensibilidad y la personalidad de los caracteres, sino que algunos pilares fundamentales del guion se caen por su propio peso, algo que se puede ver en el primer capítulo: la chica a la que encuentran al lado del cadáver de su amiga es chantajeada (nadie sabe por qué) por un policía.

Ese es el nexo central a través del que se articula el discurso posterior: conoceremos la velocidad con la que un chico de pueblo puede llegar a ser heredero del imperio de Telefónica (de llegar con 15 años del pueblo a ser mandamás, ingeniero y experto en menos de una década); veremos cómo los personajes siempre están en el momento y hora precisa para adivinar los secretos más difíciles de descubrir; veremos cómo las subtramas se van quemando en cuestión de minutos, como si de un metal ardiendo se tratase.

Quizá la velocidad por condensar el ritmo frenético de la serie (si la comparamos con Velvet, al menos), hace que la profundidad de las historias se difumine en el aire, y la capacidad de empatizar con las historias se reduzca a cenizas, cuando las historias ya están resueltas.

EL REPARTO, LO MÁS SALVABLE

Afortunadamente para la serie, hay algunas historias entrañables y algunas interpretaciones de diez. Posiblemente, como sucedía en Velvet con la historia entre Adrián Lastra y Cecilia Freire, la historia del amor inocente y casi rural entre los dos chicos de pueblo que acaban de caer en la gran ciudad sea la que más empatice emocionalmente con el público: no sólo por la historia en sí, al margen de giros narrativos megalómanos, sino porque Nadia de Santiago y Nico Romero tienen un feeling y una energía que, por mucho que recuerde entrañables historias similares, guarda juegos de química solo suyos.

Algo similar sucede con las interpretaciones de Ana Fernández, Ana Polvorosa y Borja Luna: un trío amoroso que, por muy rebuscado, guardan cada uno de ellos unas subtramas narrativas especialmente atractivas: no solo sus personajes son los que más arquitectura narrativa guardan, sino que tienen el poder de no depender única y exclusivamente (como sí les sucede al resto de personajes) de su relación sentimental, sino de devaneos que juegan con la política, la tecnología, el sexo, las relaciones sentimentales, el espionaje y el futuro.

Si toda la serie hubiera articulado subtramas o trabajado más la química entre el reparto, como sí sucede tanto en uno como en otro caso, estaríamos hablando de Las Chicas del Cable como de una serie tan icónica y necesaria como poseedora de una valía histórica, documental y reivindicativa… que se supone que es de lo que iba esto.

Las Chicas del Cable