28 abril, 2017. Por

Lady Macbeth

¿Y si Hitchcock hubiera dirigido ‘Cumbres borrascosas’?
Lady Macbeth

Lady Macbeth de Mtsensk es una novela corta del escritor ruso Nikolai Leskov publicada en 1865. Pero poco tiene que ver este libro con Shakespeare, quien aquí únicamente sirve como inspiración para el título. Un libro en el que Dmitri Shostakóvich se basó para componer una ópera y Andrzej Wajda para dirigir una película. Quien haya leído la novela de Leskov ya conoce la historia de Katerina Lvovna y los hechos que tuvieron lugar en esa ciudad de provincias de la Rusia decimonónica. Quien no haya leído la novela, escuchado la ópera o visto su predecesora cinematográfica, no se ha expuesto todavía al posible spoiler, y por supuesto no seré yo el que os amargue el dulce.

Leskov, quien no alcanzó el éxito de sus coetáneos: Dostoievski, Tolstói, Gogol o Chéjov, escribió esta historia de amor, sexo, inocencia, deseo, egoísmo, mentira, culpabilidad, dominación y violencia en la que todo es muy intenso, muy al límite. La película intenta captar cuanto puede y lo traslada a la Inglaterra del Siglo XIX. Allí, la joven y bella Katherine Lester, por culpa de los protocolos sociales, éticos y morales de la época, se ve obligada a ser la esposa y nuera de dos hombres que odia y que la tienen completamente anulada.

A esto hay que sumarle la aparición de un tercer hombre, el actor, compositor, realizador y guaperas de la película, Cosmo Jarvis, que desencadenará todo lo que se oculta en el spoiler que antes mencionaba. Hay que destacar el trabajo de la protagonista, Florence Pugh, actriz de veinte años, cuya sublime e hipnótica actuación, devora por momentos el resto del metraje. Un personaje complejo, caleidoscópico, contenido, salvaje. El cincuenta por ciento del metraje es ella.

El otro cincuenta por ciento es William Oldroyd, su director. Tan inglés como Lady Macbeth, su debut en el largometraje. Oldroyd estudió dirección en la Royal Academy of Dramatic Art de Londres y es autor de diversas obras teatrales y óperas antes de atreverse con una serie de cortometrajes que lo llevaron a competir en festivales como Hamburgo y Sundance. Esa capacidad de entender y dominar, tanto el teatro como el cine, ha influido de manera poderosa a la hora de poner en pie un film como este. El excelente dominio del espacio y el cuidado de los detalles que componen cada una de las localizaciones son fruto de todo esto. Por no hablar de la impresionante dirección de fotografía de la joven australiana Ari Wegner, que impulsa la calidad visual de la cinta a la estratosfera. El rigor estético, el estudiado sentido del ritmo, la sobriedad de los diálogos, todo o casi todo funciona con una precisión y elegancia apabullantes. No apta para los fans de ese cine de época tan romántico, nostálgico, preciosista y cliché al que estamos acostumbrados.

Lady Macbeth