22 febrero, 2018. Por

Lady Bird

El gorrión que se zampa a los halcones más salvajes
Lady Bird

“- ¿Lady Bird es su nombre de pila?
– Sí, es un nombre que elegí yo para mí misma”

No existe historia universal que la que trata sobre cosas aparentemente pequeñas, la que consigue, a través del relato cotidiano, dar unos toquecitos al alma, como haciendo pequeñas llamadas a los estímulos que nos hicieron quienes somos. Ese momento en donde la relación con nuestros padres, la búsqueda de nuestra sexualidad, el elixir de los primeros romances o la forja de la amistad se escudriñan para forjar nuestra identidad. No es fácil que las películas de apariencia sencilla consigan hablar de todo esto con una honestidad brutal, una factura impecable, unas interpretaciones libres y una transversalidad que va más allá del relato emocional.

Greta Gerwig es la indudable y omnipresente musa del cine indie americano de la última década; la misma que servía como imagen y médium para las historias de algunos de los, hasta ahora, referentes creativos de aquel movimiento llamado mumblecore: los Joe Swanberg, Noah Baumbach o los hermanos Mark y Jay Duplass que dejaron algunos de los títulos fundamentales para entender la fractura del cine de autor convencional con aquel que se podía producir con 100 dólares en el bolsillo y un grupo de amigos grabándose con una cámara.

Ahora, su estatus de ‘musa indie’ trasciende aquel papel de “mediadora” o de ayudante de lujo que tenía en algunos de los títulos fundamentales de aquellos relatos sencillos sobre cuestiones universales, y no solo mejora lo presente, sino que se alza como una narradora y una fotógrafa necesaria de las historias que nacen del alma. Porque Gerwig, como en su extensión Lady Bird, ha elegido su propia voz para sí misma; pero a la vez para que nos represente a todos (y, sobre todo, a todas).

Los más díscolos y puntillosos intentan rebajar la proyección y la capacidad de llegada que tiene Lady Bird, que se estrena mañana viernes 23 de febrero en cines españoles, cuestionando los premios que está recogiendo y sus sonoras nominaciones para los Oscars, aludiendo a que se trata de “una película dirigida, escrita y protagonizada por una mujer joven, una ópera prima sobrevalorada que apareció en el momento preciso para servir como símbolo del #MeToo y visibilizar un cambio de paradigma”; del mismo modo que el año pasado sucedió con Moonlight para los que reivindicaban las pocas nominaciones y premios para realizadores e intérpretes negros bajo el lema de #OscarsSoWhite.

“La voz como cineasta de Greta Gerwig no solo es importante desde una perspectiva de género o de reivindicación feminista (una voz elegida por ella para ella; pero para todos, al fin y al cabo); sino que es importante como una narradora fundamental para unir la espontaneidad que tenía el cine de Woody Allen en los años ’70, con una frescura y una marca propia que consigue proyectar un relato de una transversalidad y a la vez una representatividad generacional que colocará a Lady Bird dentro de esas películas que ver antes de rendirte”

No solo sería injusto pensar que los vítores de Lady Bird llegan por una simple cuestión de búsqueda igualitaria en una industria que, por mucho que premie a esta película, no lo es; sino que, además, es mentira. El debut en solitario de Greta Gerwig como directora (ya había coescrito muchos guiones en los últimos diez años; y codigirido el drama romántico neoindie Noches y fines de semana junto a Joe Swanberg) va mucho más allá: consigue convertir el clásico retrato de una adolescente en su último curso de instituto -el último previo a la universidad- en un autorretrato emocional de un calado mucho más transversal que cualquier ejercicio de cine sesudo y pretencioso, intercalando tragicomedia, comedia negra y drama millennial; pero también retratar la viciada decadencia del estilo de vida americano (está ambientada entre 2002 y 2003) y anticipando la crisis del sistema capitalista y la diferencia de clases.

Y es que Gerwig sigue imprimiendo las trazas que ella misma ha mostrado en films como Frances Ha, Mistress America, Hannah Takes the Stairs, Maggie’s Plan o Lola Versus, el de esa perpetua adolescente, de aires naif y de una inocencia inenarrable; pero a su vez de una verdad apabullante. Y esa suerte de médium que ha encontrado en Saoirse Ronan para representar esa extensión de su propia alma libre que es Lady Bird, trasciende prácticamente todas las expresiones del alma: la relación de distancia y empatía con la madre; el primer amor; las amistades infinitas; el sitio de donde uno viene y hacia donde uno va; la primera relación sexual; el primer desamor; la empatía que puede generar el rechazo; y el más importante, la búsqueda del propio ‘yo’, las alas propias, los errores cometidos, los tropiezos bonitos.

“Consigue convertir el clásico retrato de una adolescente en su último curso de instituto en un autorretrato emocional de un calado mucho más transversal que cualquier ejercicio de cine sesudo y pretencioso, intercalando tragicomedia, comedia negra y drama millennial”

La voz como cineasta de Greta Gerwig no solo es importante desde una perspectiva de género o de reivindicación feminista (una voz elegida por ella para ella; pero para todos, al fin y al cabo); sino que es importante como una narradora fundamental para unir la espontaneidad que tenía el cine de Woody Allen en los años ’70, con una frescura y una marca propia que consigue proyectar un relato de una transversalidad y a la vez una representatividad generacional que colocará a Lady Bird dentro de esas películas que ver antes de rendirte.

Los más altos vuelos los dan los pájaros más pequeños. Y Greta Gerwig es un gorrión a punto de zamparse a los halcones más salvajes.

Lady Bird