31 octubre, 2017. Por

La Zona

Un cruce entre ‘Seven’ y ‘Distrito 9’ con la profundidad del cine realista español
La Zona

No hay mejor manera de alterar nuestro cerebro que mirar al frente y encontrarnos con un sinfín de preguntas que no podemos contestar, pero que sabemos que, activando los cables desconectados en nuestro córtex, podremos dar con una respuesta. El mundo es eso: un montón de preguntas existenciales cuya respuesta puede ser ambigua o no, pero que nos movilizan, nos alteran, nos plantean una casuística que confirma lo más importante: estamos vivos.

La Zona confirma que estamos vivos. Y es que la serie no deja de hacer preguntas, de abrir puertas con incógnitas, de generar esa tensión de los buenos thrillers con ese poso de profundidad que dan unos personajes tan sobrios y sombríos como repletos de esas arrugas en el alma que parecen mantener en pie sobre un hilo muy fino.

CREMATORIO: CONTIGO EMPEZÓ TODO

Quienes tuvimos la suerte de ver Crematorio hace algo más de un lustro, la tuvimos no sólo por ver cómo a un actor de la talla de José Sancho se le daba la oportunidad de reconciliarse con la profesión tras años de papeles flojos y más espacio en la prensa rosa que en las revistas de cine; sino porque aquella serie supuso un cambio de paradigma en la televisión española.

¿La pena? La que da la televisión de pago: la limitación del germen de algo que podría haber sido mucho más popular y se quedó en el estatus de “serie de culto”, considerada por muchos como la mejor serie de ficción de la historia de España. De aquel germen irían apareciendo este último lustro desde la expansión de los thrillers mafiosos (El príncipe, etc.) hasta las producciones técnicamente impolutas (todas las de Bambú Producciones) o con una vuelta de tuerca en su guion (El ministerio del tiempo, Vis a vis o La casa de papel) y hasta el aprovechamiento de sinergia entre la filosofía del video on demand y el gran público (Flooxer, Netflix y, ahora, Movistar Series).

Aquella serie certificaba no sólo la categoría de la obra homónima de Rafael Chirbes y el buen hacer de Jorge Sánchez-Cabezudo como director, sino las buenas migas que Jorge y su hermano Alberto hacían como guionistas. En aquella ocasión era junto a Laura Sarmiento que los hermanos adaptaban el libro de Chirbes; pero para La Zona los hermanos se reparten el trabajo tanto al guion como a la dirección en un examen que superan juntos casi como un tándem, a día de hoy, imbatible en todos sus frentes.

«Una corte de personajes que tienen que convivir con el horror y el miedo de la muerte soplando en su nuca, pero también con la gestión de sus emociones, la pérdida (o búsqueda) del amor, los tejemanejes del poder político, la oportunidad que las catástrofes dan a los que trapichean con ellas o el aporte místico e indescifrable que los giros perversos dan a las historias tanto en el aspecto ficticio como en el humano»

 

APOCALIPSIS, AMOR, TENSIÓN, POLÍTICA Y VICEVERSA

Un accidente nuclear en una central en un pueblo asturiano convirtió a la localidad norteña en una especie de Silent Hill patrio. Tres años han pasado desde aquel accidente, y las heridas siguen abiertas: no sólo en la convivencia de los lugareños en un hábitat más parecido al de una villa miseria repleta de barracones que al de un hogar; sino también el de los supervivientes de aquello, rebosando humanidad, pero también secretos que habrá que ir descubriendo con el paso de los capítulos. No es raro que se pueda llegar a hablar de ella como una suerte de cruce entre Seven y Distrito 9 con la profundidad del cine realista español.

Sólo un ‘pero’: la idea, anclada en lo postapocalíptico y catastrófico, no es tan original y revolucionaria como la de El ministerio del tiempo: los melones que consigue abrir La Zona son más en la manera de tratar la narrativa de una serie y de poner a funcionar todos los engranajes del equipo; y no tanto en el valor de una idea que no existía antes.

Por lo pronto, Héctor Uría (interpretado por Eduard Fernández), un policía que perdería a su hijo menor y que entraría en una depresión que derivaría también en el final de su matrimonio (con Emma Suárez) será la pieza fundamental para ir deshojando la margarita de un caso que lleva a una nueva dimensión a aquella zona de conflicto, esa especie de ciudad sitia invadida por un apocalipsis prematuro: su reincorporación tras tres años de baja por depresión será para investigar el caso de un muerto en una fábrica que revendía residuos tóxicos.

En esa investigación, un papel fundamental: el de Zoe (interpretada por una Alba Galocha en un papel tan místico e incorruptible como también el Santo Grial para ir desentrañando la trama a través de los capítulos), la joven y activista sobrina del hombre fallecido en unas circunstancias terroríficas.

“Una suerte de cruce entre Seven y Distrito 9 con la profundidad del cine realista español”

 

Junto a estos, unos personajes repletos de humanidad y conflictos relacionados con la catástrofe nuclear: desde un joven policía (Álvaro Cervantes) que convive con una superviviente que está viendo los efectos del accidente hasta una doctora (Alexandra Jiménez) a la vez amante del inspector Uría e investigadora de la propagación o no de los residuos nucleares en la zona afectada, entre otros.

Una corte de personajes que tienen que convivir con el horror y el miedo de la muerte soplando en su nuca, pero también con la gestión de sus emociones, la pérdida (o búsqueda) del amor, los tejemanejes del poder político, la oportunidad que las catástrofes dan a los que trapichean con ellas o el aporte místico e indescifrable que los giros perversos dan a las historias tanto en el aspecto ficticio como en el humano.

EQUILIBRIO EN EL REPARTO

Uno de los mayores triunfos de la serie es, además de imponer un ritmo pausado pero repleto de microtensiones gracias a la atmósfera estética (tanto las inmediaciones de Asturias, sitio perfecto para ello; como la música, por momentos casi molesta, de una tensión inclaudicable, que impone Olivier Arson, artífice de TERRITOIRE, con quien flipamos en su trabajo para la música para Que Dios nos perdone de Rodrigo Sorogoyen), tirar de un reparto que alterna nombres incontestables del cine español con promesas en ciernes que pueden encontrar en La Zona el escapulario al que agarrarse para construir una identidad interpretativa a seguir bien de cerca.

De ahí que los Eduard Fernández, Emma Suárez o los papeles que irán teniendo a lo largo de la serie Sergio Peris-Mencheta, Manolo Solo, Luis Zahera o Juan Echanove; sepan convivir a la perfección con algunos nombres hasta ahora escudriñados en películas o series con menos calado de culto.

Nombres como los de Álvaro Cervantes, que tras haberse fogueado en películas y series para adolescentes (Tres metros sobre el cielo, El juego del ahorcado, El sexo de los ángeles, Punta Escarlata…) está consiguiendo papeles de peso, como el de esta serie o el protagónico de Los últimos de Filipinas; el de Inma Cuevas, cara conocida del circuito de teatro alternativo estatal que redimensionó su proyección en Vis a vis y, ahora, encuentra una nueva oportunidad; o una Alba Galocha que, empezando a priorizar su carrera como actriz (¿y como cantante?) y abandonando la de modelo, consigue su primer gran examen tras su prácticamente intrascendente papel en El hombre de las mil caras, la descartable No culpes al karma de lo que te pasa por gilipollas o la olvidable Plan de fuga: La Zona es su primer gran examen, y por lo visto, lo supera con nota.

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