12 julio, 2018. Por

La vida a palos

Imanol Arias hace de cantaor sin ápice de canallismo, pasión ni duende
La vida a palos

“La vida nos arrastra de muchas maneras que no podemos controlar. Y casi nada permanece con nosotros…”

La muy reconocible voz de Imanol Arias comienza la narración de esta La vida a palos (Testamento). Un montaje que cuenta la historia de El Alcayata, alter ego del escritor Pedro Atienza (figura clave dentro del flamenco), cuyos propios textos cobran vida ahora en los escenarios de los Teatros del Canal, ayudados por José Manuel Mora (dramaturgia) y Carlota Ferrer a la dirección. Además de los intérpretes Aitor Luna y Guadalupe Lancho (que también canta), el cantaor Raúl Jiménez y el chelista Batio.

Todo para narrar la historia del reencuentro de un hombre y su hijo y arropar el homenaje a Atienza y el retorno a las tablas de Imanol Arias después de 24 años sin pisarlas. El asunto tiene tirón y no dudamos de que éxito va a tener. Pero la dirección tomada por Ferrer y Mora acaba por quedarse atrapada en un extraño híbrido entre los intereses comerciales y los contemporáneos, sin dar con una salida adecuada.

Estéticamente la propuesta resulta, como es habitual en sus montajes, impecable. Pero para una historia de estas características hay que decir que acaba por resultar artificial y en exceso fría. Falta lo canalla. Falta la pasión. Falta la emoción. Falta el duende. Es lo más alejado del flamenco que te puedes echar a la cara, vamos.

“Estéticamente la propuesta resulta impecable. Pero acaba por resultar artificial y en exceso fría. Falta lo canalla. Falta la pasión. Falta la emoción. Falta el duende. Es lo más alejado del flamenco que te puedes echar a la cara, vamos”

Eso unido a la conjunción de unos textos que por momentos (y con su sinfín de referencias intelectuales) pueden resultar pretenciosos, con esa solemnidad de la que se les reviste (aunque si fuesen tratados de otra manera otro gallo cantaría) y una historia que por sí dramáticamente no llega a enganchar (además ese hijo cineasta con sus viajes a Berlín tienen un regustillo más de postureo que de otra cosa y echa ligeramente para atrás) acaba por dar un resultado que no llega a atrapar a un espectador que al final lo único que ve es una serie de bellas postales. Como las de los viajes del Alcayata.

Imanol Arias por su parte resulta correcto y hace lo que le piden (incluso vestirse con bata de cola), pero le falta el puntito canalla, gitano, indispensable para que los textos cobren vida y peso en escena. Si uno echa un vistazo a los propios vídeos de Pedro Atienza recitando sus textos (incluso leídos con titubeos y en el salón de su casa con la cámara de un móvil) la diferencia es abismal. Pero, como decimos, todo viene dado por una propuesta que parece más centrada en el cómo que en el qué.

“El montaje se queda en en algo hermoso, pero gélido y artificioso, que no llega a emocionar. Que no arrastra ni permanece”

La vida a palos sin duda atraerá a los fans de Imanol Arias. Aunque tal vez no se esperen lo que van a encontrar. Y es que la idea de sus hacedores no era mala (aprovechar la oportunidad para integrar un teatro diferente en un espectáculo que era un caramelito comercial ya de partida). Y estéticamente es indudablemente atractivo (mención especial para el diseño de luces y para los audiovisuales de Jaime Dezcallar) y cuenta con momentos musicales hermosísimos (a cargo de los ya nombrados Batio, Raúl Jiménez y Guadalupe Lancho). Pero se queda en eso: en algo hermoso, pero gélido y artificioso, que no llega a emocionar. Que no arrastra ni permanece.

La vida a palos