2 febrero, 2018. Por

La tumba de María Zambrano

Un acercamiento onírico y de tonos naïf a la figura de la filósofa
La tumba de María Zambrano

«Levántate, amiga mía, y ven». Ésas son las palabras que se pueden leer en el epitafio de la tumba de María Zambrano. Una tumba alrededor de la cual giran las imágenes del estreno que nos ocupa, con ese mismo título (La tumba de María Zambrano), aludiendo al lugar y a la par a la obra dramática (La tumba de Antígona) de la una de las figuras más importantes (y fascinantes) de nuestra filosofía.

«La obra es un acercamiento onírico y de tonos naïf a la figura de la filósofa, más que una biografía al uso o una narración convencional»

La función, escrita por Nieves Rodríguez Rodríguez y dirigida por Jana Pacheco, es un breve poema escénico. Un acercamiento onírico y de tonos naïf a la figura de la filósofa, más que una biografía al uso o una narración convencional. Un Niño Hambriento (con ropas modernas aunque carácter universal) se acerca a la tumba de la filósofa, por la cual revolotean también la Zambrano niña (una espléndida y pizpireta Irene Serrano que protagoniza tiernas escenas con el padre), su hermana Araceli (convertida en un espectro vestido de luto y perseguido por un oficial de las SS) o la propia Zambrano ya mayor (una reposada Aurora Herrero).

La función se sirve de variados lenguajes, pero en pequeñas píldoras. Con momentos coreográficos (algunos más interesantes y sugerentes que otros, un hallazgo por ejemplo el de las cucharas) o audiovisuales, como los de esos múltiples gatos (delicadas estas proyecciones) que acompañaban a la filósofa en su búsqueda de la palabra. Una palabra con la que acaba una función, entre las tumbas y bajo los limones. Y que, en cierto modo, es lo que transmite este sencillo montaje. Paz.

La tumba de María Zambrano