6 septiembre, 2018. Por

La Ternura

El espacio en el que Shakespeare y Sanzol conviven y convergen
La Ternura

“Quiero que La Ternura sea una comedia romántica con islas desiertas, naufragios monumentales, reyes frágiles y reinas soñadoras, leñadores miedosos y pastoras tempestuosas, seres mágicos, cambios de identidad, pasiones desatadas, odios irracionales, deseos incendiarios, giros sorprendentes, fantasmas borrachos, apariciones, desapariciones, encuentros, desencuentros… y un deseo que une a todos: el de encontrar la Ternura como sea, donde sea, con quien sea”, dice Alfredo Sanzol sobre su último espectáculo con el Teatro de la Ciudad que, después de su investigación sobre la tragedia, se pasó a la comedia en un primer aterrizaje al Teatro de la Abadía, motivo por el cual nos reunimos con él y con Andrés Lima el año pasado; y ahora se instala nuevamente en la capital, pero cambiando la ubicación: en el Teatro Infanta Isabel hasta el 30 de diciembre, para el que ya puedes pillar tu entrada.

Pues es todo eso y más. La Ternura, que un año después regresa a las tablas del Teatro de la Abadía (con funciones programadas hasta el próximo 8 de julio) resulta una especie de hija bastarda nacida (quinientos años después) de una orgía entre La tempestad, Noche de reyes, Mucho ruido y pocas nueces y El sueño de una noche de verano, por ejemplo. Sanzol ha conseguido una auténtica heredera de aquellas con esta historia sobre dos princesas (la Princesa Rubí y la Princesa Salmón) y su madre, la Reina Esmeralda, que, después del hechizo de esta última para hacer naufragar a toda una Armada (Invencible para más señas) con el objetivo de salvar a sus hijas de unos matrimonios de conveniencia apañados por Felipe II, acaban en una isla que creían desierta.

“La obra resulta una especie de hija bastarda nacida (quinientos años después) de una orgía entre ‘La tempestad’, ‘Noche de reyes’, ‘Mucho ruido y pocas nueces’ y ‘El sueño de una noche de verano’, por ejemplo”

Pero sus deseos de escapar del sexo masculino se verán truncados, puesto que de hecho la ínsula en cuestión está poblada por un padre y sus dos hijos, que llegaron allá veinte años antes huyendo a su vez de las mujeres. Personajes, versos y situaciones que podrían haber salido de la pluma del bardo de Avon (gafapastil que queda siempre decir eso, por cierto) inundan la escena y transmiten una sensación de gozo mágica y jubilosa, que arrastra al espectador en un ligero y riquísimo juego de equívocos, luchas de sexos, amores varios, hechizos y risas.

La sencilla puesta en escena se enfoca en la portentosa palabra recreada por Sanzol y unas interpretaciones que son auténtica gozada. Y gracias a las ellas el público se enternece y acaba en un irrefrenable torrente de carcajadas (el tramo final es, sencillamente, apoteósico). Los habitantes de la isla, empezando por el espléndido Leñador Verdemar de Paco Déniz (con un cambio de registro llegado un momento de la historia que es delirante y arranca algunas de las mayores risas de la función) pasando por la infinita ternura que transmite Javier Lara con su Leñador Azulcielo (lo de los nombres de los personajes es grandísimo, como podéis ver) que es la cosa más encantadora del mundo y te lo quieres llevar a casa (ternura elevada al cubo la suya), pasando por un Juan Antonio Lumbreras que no puede estar más en su salsa (la vis cómica de este intérprete es inconmensurable) son geniales sin tacha. Pero, por supuesto, las féminas en esta historia no les van a la zaga, faltaría más.

“Sanzol nos habla, entre carcajadas, de la vida, de esos progenitores que no pueden proteger por siempre jamás (muy a su pesar) a sus retoños, del amor y la valentía para entregarse a él (sea hacia quien sea)”

La Reina madre sobreprotectora interpretada por Elena Gónzalez tiene tremendas fuerza y presencia (e intensos y preciosos momentos de emoción), Eva Trancón aporta a su Princesa Rubí una gracia impagable (sus caras son poemas equiparables a los versos que recita) y hace un dúo magnífico con la Princesa Salmón, interpretada por una divertida hasta decir basta (como siempre, otra que tiene una vis cómica espectacular) Natalia Hernández, absolutamente genial. La energía que fluye entre todos los intérpretes es ejemplar, provocando una tempestad de risas. Y, sí, también de ternura.

Sanzol nos habla, entre carcajadas, de la vida, de esos progenitores que no pueden proteger por siempre jamás (muy a su pesar) a sus retoños, del amor y la valentía para entregarse a él (sea hacia quien sea). Y de muchas otras cosas que mejor descubrir viéndola. Un espectáculo con un corazón de oro, como todos los de este autor (vaya cabeza y sensibilidad que tiene, tándem inusual), del que se sale con una sensación de alegría que no se siente muy a menudo en el teatro. Una obra con potencial para llegar a un gran público (y ojalá lo haga) como las propias obras de Shakespeare. Y es que ver La Ternura es como asistir a la representación de una obra perdida de este último, pero con unos pequeños toques personales dados por el autor de En la luna.

La Ternura es como asistir a la representación de una obra perdida de este último, pero con unos pequeños toques personales dados por el autor de En la luna

Genialada la de Sanzol y estos artistas que han conseguido su objetivo: este montaje, uno de los mejores de la temporada, tiene todo lo enumerado al comienzo y mucho más. Y, como guinda para el pastel, nos despide con una de las frases más hermosas con las que se podría terminar una historia. Qué más se puede pedir. “Que vuestros días tengan siempre la compañía de la Ternura…”.

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