13 octubre, 2017. Por

La suerte de los Logan

Cómo hacer de la ‘white trash’ americana el mejor-peor equipo de robos
La suerte de los Logan

Cuando, a finales de los ochenta y principios de los noventa, se produjo la gran explosión del llamado “cine independiente norteamericano”, hubo dos hitos que anunciaron la llegada de una nueva generación de cineastas, y fueron la Palma de Oro del Festival de Cannes que ganaron tanto Sexo, mentiras y cintas de vídeo de Steven Soderbergh en 1989, como la que se llevó Quentin Tarantino por Pulp Fiction en 1994.

La mayoría de esos nuevos directores estaban vinculados a una productora, la Miramax, de los hermanos Weinstein, y su suerte ha sido dispar: algunos han seguido trayectorias irregulares y de decreciente interés –Tom DiCillo, Kevin Smith-, algunos han continuado su camino, fieles a sí mismos, y cada vez más apreciados por el público y la crítica –los hermanos Coen o Jim Jarmush-, mientras que los dos abanderados del movimiento, plenamente integrados en Holllywood, han seguido una línea paralela y, al mismo tiempo, completamente distinta.

El filósofo Isaiah Berlin divide los artistas en dos tipos: los zorros, que se mueven constantemente entre una inmensa variedad de ideas y experiencias; y los erizos, que permanecen siempre fieles a sí mismos. Tarantino haciendo una película tras otra en las que toca distintos géneros, pero mezclándolos siempre con su particular sensibilidad y estética, es un director-erizo. Soderbergh en perpetua metamorfosis e inclasificable, es, sin duda, un zorro.

«La nueva película de Soderbergh es una de sus películas más optimistas, casi con un toque de cuento de hadas para adultos. No es, desde luego, la obra maestra de Soderbergh, pero sí una muestra de que este perpetuo prestidigitador del cine siempre tiene un nuevo truco para asombrarnos»

 

Si observamos su obra, encontramos una biografía de Kafka pasada por el filtro del expresionismo alemán –Kafka, la verdad oculta (1991)-, thrillers indies –El halcón inglés (1999) o Bajos Fondos (1995)-, películas agradables y comerciales realizadas a la mayor gloria de las estrellas que la protagonizan –Un romance muy peligroso (1998), Erin Brockovich (2000), la trilogía de Oceans– con proyectos personales, donde da rienda suelta a su capacidad para experimentar. Ha tenido éxitos tremendos como Traffic (2000), un retrato nada complaciente del tráfico de estupefacientes o su brillante biografía en dos partes de un personaje histórico que atraído tanto admiración como rechazo del calibre de Ernesto Ché Guevara El argentino y Guerrilla (2008)- a honorables fracasos como su fallido remake de Solaris (2002) o la tediosa El buen alemán (2006).

Pero si de algo estamos seguros es que siempre conservará su capacidad de sorprender, ya sea con una eficaz cinta de acción de bajo presupuesto –Indomable (2011)-, convenciéndonos de que una estrella del porno puede ser una actriz estupenda –The Girlfriend Experience– o relatándonos una historia de strippers masculinos –Magic Mike-. Ahora, tras una serie truculenta, visceral y magnífica, The Knick, regresa a la gran pantalla con algo de nuevo imprevisible: una comedia, y muy divertida, y no exenta de una buena dosis de crítica social y de mala uva.

La suerte de los Logan es el regreso de Soderbergh a su tierra natal, el sur de Estados Unidos (es nativo de Atlanta, Georgia), lo que tal vez explique el cariño y la empatía que muestra por sus protagonistas, enclavados en la clase social que en Estados Unidos suelen llamar white trash, la basura blanca, los blancos pobres.

Jimmy Logan (Channing Tatum) acaba de ser despedido, ya que tiene un pequeño problema de salud y la empresa que le contrata no quiere asegurarle. Por si esto fuera poco, su ex, Bobbie Jo (Katie Holmes) pretende marcharse con su hija a otro estado. Tiene dos hermanos: Clyde (Adam Driver), que perdió un brazo luchando en Irak, malvive en un bar, como una especie de versión joven del John Goodman de El gran Lebowski, y Mellie (Riley Keough en la piel de una choni usamericana) es peluquera. Jimmy no está dispuesto a perder a su hija, lo más importante en una existencia sin suerte, así que decide robar la recaudación de una carrera del circuito de NASCAR. Para llevar a cabo su plan, reclutará, además de sus hermanos, al indescriptible experto en explosivos Joe Bang (Daniel Craig pasándoselo en grande).

El director ya había mostrado su habilidad para las películas basadas en un plan de “gran robo” en la trilogía de Oceans, y aquí de nuevo todo funciona con precisión, pero diría que aún mejor, gracias al innegable encanto de sus protagonistas. Soderbergh caricaturiza a sus personajes, pero en modo alguno los despoja de su dignidad: son personas que lo han pasado mal, tal vez no muy inteligentes, pero orgullosas, con un firme y muy norteamericano deseo de ser dueñas de sus propias vidas y dispuestas a arriesgarlo todo en un golpe quijotesco.

En ese sentido, La suerte de los Logan es una de sus películas más optimistas, casi con un toque de cuento de hadas para adultos. No es, desde luego, la obra maestra de Soderbergh, pero sí una muestra de que este perpetuo prestidigitador del cine siempre tiene un nuevo truco para asombrarnos.

La suerte de los Logan