21 diciembre, 2018. Por

La Strada

La versión que Mario Gas hace de la icónica obra de Fellini supera las inevitables comparaciones
La Strada

Tres payasos de bombín y nariz roja reciben a los espectadores en el patio de butacas. Tres espectrales figuras que repiten “mirad, mirad, mirad” después de lanzarse en plancha contra el suelo y de ver sus rostros proyectados en el escenario cual fantasmas del pasado. Tres soportes móviles recrean una estructura circense en la que los tres tristes payasos de esta función realizan su número. Un número mítico en la gran pantalla gracias al maestro Fellini y que ahora Mario Gas pone sobre las tablas en versión de Gerard Vázquez. Nos referimos, nada más y nada menos que a La Strada.

La historia de Gelsomina (sin duda uno de los personajes más icónicos y entrañables de la historia del cine) y el forzudo Zampano recorriendo en carromato los caminos de una Italia deprimida, su atormentada historia (¿de amor?) y su encuentro con ese loco soñador, rayo de luz entre las tinieblas que no se deja brillar a sí mismo viaja ahora a las tablas de Teatro de la Abadía en un ejercicio de traslación que, siendo fiel al espíritu y letra de su referente, sustituye el neorrealismo original por una poesía escénica de tonos oníricos.

«Esta atormentada historia (¿de amor?) y el encuentro con ese loco soñador, rayo de luz entre las tinieblas que no se deja brillar a sí mismo viaja ahora a las tablas de Teatro de la Abadía en un ejercicio de traslación que, siendo fiel al espíritu y letra de su referente, sustituye el neorrealismo original por una poesía escénica de tonos oníricos»

A ver, La Strada realmente es una historia horrible y profundamente desesperanzadora, seamos sinceros. La inocencia de Gelsomina se ve maltratada una y otra vez por un zampano violento y desagradable que lo primero que hace en cuanto tiene ocasión es violarla, constituyendo a posteriori un perfecto reflejo del maltratador al que la víctima no puede abandonar. La historia de amor es bastante turbia, vamos. La vía de escape de la pobre Gelsomina, en la figura de ese otro artista ambulante siempre alegre (sólo en el exterior, porque contiene una pena inmensa) del que parece también se enamora, le sale también rana al decidir abrazar éste un destino infeliz y fatídico al que se dirige él mismo sin que nadie le obligue a ello. Vamos, que la base de la poesía es, directamente, una relación de dependencia enfermiza y la tristeza más absoluta. Ya lo dicen los personajes: “Un día contaremos una historia de amor”. Ahora, no.

Gas imprime un rimo pausado a un montaje al que, por momentos, le cuesta tirar del carromato. Consigue revestirse de ese aura poética impregándose de las notas de la melancólica e inolvidable melodía de Nino Rota y consiguiendo bellos momentos, sobre todo cuando aparece ese personaje soñador que es El loco. La hábil escenografía de Juan Sanz (con esas estructuras móviles que sirven de estructura circense, vallas en el camino o de pantallas según se necesite) y la iluminación de Felipe Ramos, ayudados en gran medida por un muy apropiado diseño de audiovisuales Álvaro Luna y la atmósfera sonora de Orestes Gas, conforman un delicado envoltorio estético, apropiado para los fines del director.

«Los tres intérpretes se enfrentan una labor que no era nada fácil, teniendo en cuenta los referentes a los que se enfrentaban. Porque las comparaciones son odiosas pero en algunos casos son inevitables»

Los tres intérpretes se enfrentan una labor que no era nada fácil, teniendo en cuenta los referentes a los que se enfrentaban. Porque las comparaciones son odiosas pero en algunos casos son inevitables. Alfonso Lara aporta una huraña presencia ese forzudo en la gran pantalla fue interpretado por Anthony Quinn. Verónica Echegui sale airosa del colosal reto que era esa Gelsomina (inolvidable Giulietta Masina) con una creación tierna y delicada para esa inocente loquita. Y Alberto Iglesias vuelve a demostrar (después de la reciente El concierto de San Ovidio) su espectacular talento. Y se come el escenario, todo hay que decirlo, con un personaje con el que conquista al público al igual que lo hace con Gelsomina. Magnífico.

La aparición de una maravillosa Gloria Muñoz a través de la pantalla en la última escena (un regalo inesperado lleno de magia) pone un broche de oro a una propuesta con sus luces y sus sombras, como sus personajes. Tras la cual, todo hay que decirlo, a uno le cuesta sacudirse de encima la melancolía y su hermosa e imperfecta melodía de trompeta.

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