28 junio, 2018. Por

La Señora Fletcher

El autor de ‘The Leftovers’ nos ofrece una ácida sátira de nuestra cínica e interconectada realidad
La Señora Fletcher

Traducida y publicada recientemente en España por Libros del Asteroide, La Señora Fletcher de Tom Perrotta aprovecha el tirón del escritor estadounidense en calidad de autor de The Leftovers, la novela en la que se basó la prestigiosa serie homónima y en cuya adaptación él mismo participó. Aunque la comedia que hoy nos ocupa tiene poco que ver con aquélla pieza de ficción especulativa. En La Señora Fletcher Perrotta vuelve la mirada hacia esta sociedad en la que el feminismo, los afectos, la orientación sexual y la construcción del género están forman cada día más parte del debate público. La mirada de Tom Perrotta es la de un varón blanco de más de 50 años, cargado de privilegios. Y, aún así, a pesar de sus numerosos errores, acierta más veces de las que falla en sus reflexiones.

Temiendo el síndrome del nido vacío, Eve Fletcher está decidida a convertir la partida de Brendan, su único hijo, a la universidad en una oportunidad para ampliar sus horizontes vitales. Eve es una mujer divorciada de algo más de 40 años, atractiva, con un trabajo estable como directora de un centro para la tercera edad y una existencia que, en cuanto falta su hijo, parece completamente vacía. Para remediarlo, Eve busca nuevas amistades, intenta salir de casa y hasta se apunta a un curso sobre teoría feminista en la universidad que, para su sorpresa, está impartido por una mujer trans. Y, mientras su madre descubre sentimientos, intereses y deseos que no sabía que tenía, Brendan quema sus primeros meses de universidad yéndose de fiesta, no estudiando ni una página y persiguiendo a Amber, una fornida activista feminista.

El principal atractivo de La Señora Fletcher es el tono desenfadado y ameno con el que Tom Perrotta va planteando conflictos francamente interesantes y cotidianos para muchos lectores

El principal atractivo de La Señora Fletcher es el tono desenfadado y ameno con el que Tom Perrotta va planteando conflictos francamente interesantes y cotidianos para muchos lectores. Es muy interesante el cómo cuestiones como la pornografía, la percepción que tenemos de las personas transgénero, la soledad o el deseo homosexual se presentan al lector filtrados a través del punto de vista de una mujer de mediana edad como Eve. Porque el personaje no es tonto, ni mucho menos, pero sí que es ingenuo y carece de muchas experiencias vitales que muchos consideramos dadas. De modo que gran parte de la novela se centra, en realidad, en mostrarnos a una mujer de mediana edad lidiando con lo que llamaríamos “la vida moderna”.

Mediante una sucesión constante (puede que, incluso, hasta recargada) de situaciones divertidas, Perrotta hace que el lector vaya empatizando con los deseos, torpezas, intentos y obsesiones con los que Eve va llenando su nido vacío. Lo mejor es que la concatenación de chismorreos sobre la vida de Eve se vuelve deliciosamente adictiva. Los capítulos protagonizados por ella o por las personas que la rodean se leen sin apenas esfuerzo, porque están plagados de personajes realistas y que, si bien no son apasionantes, enriquecen el relato porque enriquecen la vida de Eve. Ellos contribuyen a que los intereses y las reacciones de la protagonista parezcan tan cercanos y comprensibles para lector.

La concatenación de chismorreos sobre la vida de Eve se vuelve deliciosamente adictiva. Los capítulos protagonizados por ella o por las personas que la rodean se leen sin apenas esfuerzo

De manera paralela también seguimos las andanzas de Brendan. Su parte de la narración no es tan amena porque cuenta, en realidad, problemas bastante más serios. Brendan es un varón blanco que desde el día de su nacimiento ha vivido en un pedestal de privilegios y facilidades que, en cuanto entra en contacto con un entorno adulto como el de la universidad, salen a relucir. A pesar de que Eve está (¿auto?) convencida de que ha educado a su único hijo con sabiduría, pronto aprendemos que Brendan trata muy mal a todas las mujeres que le rodean, sin que nadie sea capaz de explicarle claramente el problema, en parte porque él elude cualquier conversación seria.

Las de las aventuras de Brendan por la universidad deberían ser una entretenida sucesión de desenfrenos, pero Perrotta expone con una claridad escalofriante los comportamientos que muchos varones, incluso los jóvenes criados, teóricamente, en una sociedad igualitaria, desarrollan hacia todas las mujeres, a las que no parecen capaces de ver como algo más que felaciones en potencia o fregonas andantes. Tampoco pierde ocasión para ironizar sobre contradicciones clásicas del activismo feminista aunque, si bien lo hace con gracia, parece que Perrotta exige a todas las mujeres que se consideren feministas una coherencia absoluta entre sus ideas y sus actos bastante reprobable.

Perrotta explora a través de Brendan la falta de educación emocional a la que se enfrentan muchos varones

Perrotta explora a través de Brendan, además, la falta de educación emocional a la que se enfrentan muchos varones, y de las negativas consecuencias que tiene para las relaciones que quieran establecer éstos. Asuntos espinosos como el autismo o el acoso escolar también afloran en torno a su historia de manera sutil pero inteligente. El lector se hace una idea bastante clara de cómo funcionan muchos mecanismo de abuso, de la naturalidad con la que éstos se asumen en las dinámicas de grupo y las consecuencias y ramificaciones que tiene no abordar estos problemas, por muy elusivas que sean estas conversaciones.

Donde más claramente falla Perrotta a la hora de dar un cierre digno a ambos personajes. Parece incapaz de “castigar” a Brendan de una forma realista o de apuntar a alguna solución plausible que ayude a encarrilar su tóxica personalidad. Estoy segura de que muchos jóvenes podrían aprovecharse de cualquier idea, por pequeña que fuera. Por otro lado, después de la vorágine de emociones y cambios a la que somete a su protagonista, Perrotta parece atenazado por el miedo a que alguna de estas experiencias verdaderamente la marque o cambie.

A La Señora Fletcher le falta un poco de valentía a la hora de buscar finales que estén a la altura del desarrollo de sus protagonistas

A La Señora Fletcher le falta un poco de valentía a la hora de buscar finales que estén a la altura del desarrollo de sus protagonistas. También cuesta tener claro hasta qué punto los prejuicios de Eve hacia Margo, su profesora trans, “parodian” a los que tienen muchas personas desde el puro desconocimiento o si son, en realidad, la forma en la que el autor ve al personaje. Cuando habla de Brendan todo parece mucho menos difuso. En cualquier caso, al final Tom Perrotta arma una novela adictiva y verdaderamente divertida. La Señora Fletcher no plantea cuestiones intrascendentes. No viene a resolver casi ninguna de ellas, pero al menos le hace sonreír a uno mientras les da vueltas o, incluso, las comenta con otros. Una obra amena y recomendable que se lee con bien poco esfuerzo.

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