21 agosto, 2017. Por

La Seducción

Sofia Coppola pone rumbo al Oscar en su mejor película
La Seducción

Desde que fue galardonada con el León de Oro en el Festival de Venecia de 2011 por Somewhere, muchos parecían convencidos de que la carrera de Sofia Coppola ha visto tiempos mejores. Especialmente cuando aún hoy nadie parece saber ponerse de acuerdo acerca de si María Antonieta (2006) era un vacuo delirio infantil o una obra maestra adelantada a su tiempo (quien escribe estas líneas se sitúa en el segundo grupo de opinión). Pero tras llevarse el premio a la mejor dirección en la última edición del festival de Cannes con La Seducción (ha sido la segunda mujer en la historia del festival en hacerlo), su nombre vuelve a estar en boca de todos.

Tal vez el desarrollo de dos cintas “menores” como The Bling Ring (2013) o A Very Murray Christmas (2015) hayan alejado al público del recuerdo de algunas de las características generales de su cine. Con The Beguiled (La Seducción, como se ha traducido en España) la neoyorkina ha desempolvado todos los elementos que hacen de su cine y de su narrativa algo memorable e, incluso, ha añadido algunos detalles nuevos que hacen de ésta la cinta más redonda de su carrera.

Remakes, adaptaciones y la Guerra Civil estadounidense

La Seducción se desarrolla en 1864 (en plena Guerra de Secesión) en el estado de Virginia, que se posicionó en el bando secesionista durante dicho conflicto. Retiradas en una vetusta mansión sureña, un pequeño grupo de mujeres (dos adultas y cinco jóvenes), mantienen en funcionamiento un colegio para señoritas. La directora Martha Farnsworth (interpretada por Nicole Kidman) y la maestra Edina Morrow (Kirsten Dunst) llevan tres años capeando habilidosa y serenamente los devenires del conflicto bélico, imprimiendo una especie de rectitud monacal en lo que queda del alumnado.

La tensa calma de la escuela se rompe en pedazos cuando una de las alumnas más jóvenes encuentra y rescata al cabo John McBurney (Colin Farrell), un mercenario que lucha por los unionistas pero que presenta una herida grave en la pierna. Tras profundas deliberaciones, Ms. Farnsworth decide atender a las heridas del cabo y esperar a que éste se recupere para mandarlo de vuelta al frente, en lugar de entregarlo a las tropas confederadas, como se esperaría de ellas.

La presencia del (aparentemente) indefenso joven aniquila el delicado equilibrio existente entre las habitantes de la escuela, al establecerse una clara competición por los afectos de McBurney. El cabo, encantado, aprende a distribuir sus atenciones entre las mujeres, tratando de satisfacer a cada una de ellas. A medida que la pierna de McBurney sana, lo incierto de su porvenir va envenenando las relaciones entre las habitantes de la escuela; hasta que las arriesgadas acciones del soldado acaban por romper el equilibrio de la casa, poniéndole a él en una situación muy complicada.

La película adapta la novela A Painted Devil, de Thomas P. Cullinan; que ya contó con una adaptación cinematográfica del mismo nombre en 1971 (aunque en España se tradujo como El Seductor), y que protagonizaba Clint Eastwood. Sofia Coppola ha afirmado en no pocas ocasiones que su objetivo con La Seducción no ha sido hacer un remake de la película de Don Siegel, sino crear una adaptación nueva a partir de la novela. Ya se ha apuntado profusamente que la película de 1971 relataba la historia desde el punto de vist del cabo McBurney; mientras que la de Coppola desarrolla su relato desde el punto de vista de las mujeres.

«Muchos pueden ver esta unión fraterna entre mujeres, que no es sino el único medio para salir del paso en una situación violenta en inferioridad de fuerzas, como una especie de alegato hembrista, y nada más lejos de la realidad: la película representa como pocas una dinámica tan vieja como conocida por la mayoría de las mujeres, la de aprender desde niñas a sortear o superar los arrebatos violentos de los varones con las que se comparten espacios, vidas o, incluso, afectos»

Silencio, luz y claustrofobia

Son varios los factores que hacen de un melodrama gótico sureño como La Seducción se convierta en una cinta a destacar. El más destacado de ellos es la acusada sensación de encierro claustrofóbico que desprende todo el metraje: Coppola ha cuidado hasta el último detalle para conseguirla. Desde rodar la cinta en formato 5/3 hasta enclaustrar muchas de las escenas clave de la película en la sala de música en la que McBurney se recupera de sus heridas, reduciendo paulatinamente, mediante cortinajes y persianas, la cantidad de luz que entra por las ventanas para ir ahondando en dicha sensación de encierro.

Una iluminación cuidadísima y el uso de interiores y exteriores en detrimento del rodaje en estudio ya son marcas características del cine de Sofía Coppola, siendo María Antonieta el ejemplo más claro de ello. Dicha seña de identidad se ha llevado al extremo en La Seducción, en la que el realismo de la iluminación le hace a uno preguntarse en no pocos momentos si algunas escenas no han sido rodadas exclusivamente bajo luz natural (no es el caso, pero el “engaño” es perfecto). La asfixiante y neblinosa atmósfera de la Virginia rural o las cenas y conversaciones que se desarrollan a la luz de las velas convierten el visionado de La Seducción en una de las experiencias más parecidas a ver una película de Stanley Kubrick (el espíritu de la inmortal Barry Lyndon asoma en no pocos momentos de la película) desde que el genio murió en 1999 (chúpate esa, Christopher Nolan).

También en La Seducción retoma Sofia Coppola una característica que ya había destacado en María Antonieta: la del mimo sin límites del vestuario, que en esta cinta se convierte prácticamente en un lenguaje más, alcanzando unos niveles de plasticidad y realismo hipnóticos. Es la cuarta colaboración entre Coppola y Stacey Battat.

El póster promocional de la película recoge a la perfección muchos de los elementos clave de ésta: la luz natural, el detalle extremo del vestuario y la sensación de sobrecargado agobio.

Por si todo esto fuera poco, Sofia Coppola renuncia a otra de las señas de identidad más características de su cine: la música. No podemos negar que parte de la intensidad dramática de muchas escenas Las Vírgenes Suicidas (1999), Lost In Translation (2003) y María Antonieta (2006) tiene mucho que ver con el extraordinario buen gusto de Sofia Coppola a la hora de elegir los temas que las acompañaban. Son bien conocidas sus dilatadas colaboraciones con bandas como Phoenix o Air (que, de hecho, saltaron a la fama internacional tras componer la banda sonora de Las Vírgenes Suicidas); y el himno generacional Just Like Honey de The Jesus and Mary Chain ya ha quedado indisolublemente unido a los poéticos planos del skyline de Tokio de Lost In Translation.

Y en La Seducción Coppola renuncia, por primera vez, a todo esto. El vibrante punk, el power y el electro pop son sustituidos por el sonido de las aves, el viento entre la vegetación y el (no tan) distante sonido de las explosiones y disparos del frente. Solamente una tensa composición instrumental de Phoenix basada en una partitura de Monteverdi añade angustia a tres o cuatro momentos clave de la historia. El resto del tiempo el silencio contribuye a la sensación de encierro, añade tensión a los tirantes vínculos que hay entre todas las habitantes de la escuela y profundiza en sus anhelos y en su soledad.

Drama de género

La Seducción se está convirtiendo en una película criticada por la descarnada visión del conflicto entre hombres y mujeres que ofrece. Para unos, las protagonistas pueden ser unas harpías manipuladoras, amargadas y vengativas que la toman con un pobre hombre indefenso. Para otros, un reflejo terrorífico de un patrón que ha marcado y marca las relaciones entre hombres y mujeres desde hace siglos.

En primer lugar, ellas muestran una mezcla de buena voluntad, predisposición para el entendimiento e intereses emocionales o físicos para con el hombre. Acto seguido, éste empieza a aprovecharse de dicha predisposición, cada vez con un poco más de descaro, hasta que tira excesivamente de la cuerda y, en su falta de tacto, sensibilidad o sensatez, sale mal parado. Su situación de indefensión se acentúa cuando las mujeres, tras la primera ensoñación seductora, le reconocen como un depredador que no dudará en tomar por  la fuerza el buen trato que se le había concedido inicialmente. Y, cuando efectivamente el varón recurre a la violencia para amedrentarlas, ellas no tienen más remedio que buscar, de manera conjunta, una manera de salvar la situación.

Muchos pueden ver esta unión fraterna entre mujeres, que no es sino el único medio para salir del paso en una situación violenta en inferioridad de fuerzas, como una especie de alegato hembrista, y nada más lejos de la realidad. Lo cierto es que la película de Coppola representa como pocas una dinámica tan vieja como conocida por la mayoría de las mujeres: la de aprender desde niñas a sortear o superar los arrebatos violentos de los varones con las que se comparten espacios, vidas o, incluso, afectos.

Ante la gravedad de este discurso, es normal que la directora haya decidido no distorsionar su mensaje tratando de añadir reflexiones sobre la realidad esclavista del Sur de los Estados Unidos. Ello explica la supresión del único personaje negro que aparecía en la novela: una esclava que convive con las protagonistas en la escuela para señoritas y que, según Coppola, simplificaría de manera irremediable la presentación del conflicto racial en ese momento y lugar.

Por supuesto, nada de esto funcionaría con un cuerpo interpretativo mediocre. Creo que no exagero cuando digo que mucho me sorprendería que Nicole Kidman no apareciera, por lo menos, entre las nominadas al Oscar por su papel en La Seducción. Su interpretación, fría y comedida pone a flor de piel la fiera determinación y las frustraciones de la Martha Farnsworth a la que interpreta. Kirsten Dunst, como en todas sus colaboraciones con Sofia Coppola, mezcla ingenuidad y seducción con una habilidad embriagadora.

Todo el reparto tomó varias semanas de clases sobre el comportamiento de las mujeres sureñas durante la Guerra de Secesión así como sobre los procedimientos médicos de la época, etiqueta, costura, uso de corsés y cocina.

En resumen, en 90 minutos Sofía Coppola arma un entramado de tensiones, silencios y claroscuros que no solo le tiene a uno al borde del asiento sino que causa, además, un deleite estético innegable. Estamos, probablemente, ante una de las películas del año y ante la cinta que podría concederle, de una vez, un Oscar a la mejor dirección. Veremos dentro de unos meses. Por ahora, podemos verla en España, por fin, «solamente» con dos meses de retraso.

La Seducción