19 septiembre, 2017. Por

La Pilarcita

Hay un trozo de la España profunda en un teatro subterráneo
La Pilarcita

Hay un pueblo de Extremadura en un sótano sin ventanas de Malasaña. Y, sin embargo, pocas veces te podrás sentir en un patio tan abierto desde la apretada butaca de un teatro (en este caso, el de la subterránea Sala Lola Membrives del malasañero Teatro Lara), metido de lleno en una escena en la que parece la invitación a la intimidad de un patio de una casa de la España profunda en la que cuentan las horas para el inicio de una fiesta popular, el culto a una santita.

La Pilarcita es una obra pequeña que habla de cosas enormes. Con una economía de medios bestial (el simulacro de un patio trasero de una humilde casa de un pueblo extremeño, convertida en una especie de Airbnb rural) consigue tocar la fibra de la sensibilidad de la inocencia de tres de los protagonistas y una invitada de lujo, una señorona de cuarenta años que llega con su enigmática pareja al pueblo con el fin de pedirle a la santita (La Pilarcita, claro está) para ver si obra un aún más enigmático milagro.

El milagro que persiguen los cuatro protagonistas es, en realidad, intentar ser feliz. El texto de María Marull que dirige Chema Tena transita con unos diálogos tan cercanos y naturales como repletos de una comicidad que se debate entre el sarcasmo y la tragicomedia. En parte, gracias al desparpajo de una Anna Castillo que, recién convertida en Goya revelación por El Olivo y a días del estreno de la versión fílmica de La Llamada, se merienda un escenario: una especie de Campanilla en el tránsito a la vida adulta, un personaje que se debate salido del cine indie americano tipo Frances Ha y la naturaleza de fractura expuesta del mejor Rafael Azcona.

Junto a ella, el semblante serio de una joven embutida en una atmósfera de tradicionalismo férreo y poca capacidad de reacción para encontrar la felicidad en su vida (la espectacular caracterización de Fabia Castro); el escudo de mujer exitosa y resuelta de una pija de Madrid (la también fabulosa interpretación de Mona Martínez); y una suerte de trovador que sirve como médium entre el sainete del texto y el pseudo-musical a lo cuentacuentos (Álex de Lucas, bajista de The Parrots aunque también actor en Paquita Salas y músico de la banda de directo de La Llamada, mutando a payador o trovador que va narrando el subtexto de la historia) acaban confinando un reparto tan natural y encantador como profundamente reflexivo.

La Pilarcita consigue erigirse y trasladarnos a la profundidad de dos Españas especialmente icónicas en nuestra cultura popular: la del provincianismo petardo de las películas de Pedro Almodóvar y la de la pureza rural de Los santos inocentes o Al sur de Granada… pero en un teatro subterráneo del barrio cool madrileño por antonomasia.

La Pilarcita