10 noviembre, 2017. Por

La Librería

Isabel Coixet recupera su tono con un drama ambientado en los años 50
La Librería

El bucólico paisaje de la costa Este de Inglaterra, el amor por los libros, ya sea como objetos a atesorar o como contenedores de conocimiento, y la absurda y compleja maldad de los pequeños y aburridos habitantes de un pueblo, sirven a Isabel Coixet para crear una película delicada, hermosa y comedida. Adaptando una novela breve (del mismo nombre) de Penelope Fitzgerald, La Librería nos devuelve a la mejor versión de la directora barcelonesa.

La Librería relata la historia de Florence Green (Emily Mortimer), una viuda que, con su pequeña herencia, decide inaugurar una librería en el sencillo pueblo de Hardborough (Suffolk), ya que la localidad no cuenta con ninguna. Son los años 50 y la reacción de los habitantes de la pequeña población es variopinta, encajando perfectamente en el espectro de falsedades y maldades tan propias del oscurantismo y la incultura. La ingenua e intachable Florence descubrirá, con el paso de las escenas, que no todo pueblo carente de librería desea, necesariamente, tener una.

Entre las principales bazas de La Librería están la sencillez de su historia, sus discretas pretensiones y la pausada naturalidad con la que se desarrolla su trama. Todo contribuye para que los elementos característicos del cine de Isabel Coixet brillen como llevaban algunos años sin hacerlo. Las interpretaciones, serenas, comedidas y maduras de Emily Mortimer, Patricia Clarkson y Bill Nighy (destacable, en tanto en cuanto es un intérprete con cierta tendencia a la exageración), hacen el resto.

«Entre las principales bazas de La Librería está la sencillez de su historia, sus discretas pretensiones y la pausada naturalidad con la que se desarrolla su trama»

Así, aprovechando la luz mortecina de las islas británicas, el cielo constantemente plomizo, la prominente vegetación y las deliciosas callejuelas de cualquier pequeña población inglesa, Coixet hila escenarios estáticos, silencios y monólogos interiores con una efectividad que recuerda a la de sus primeros e intensos trabajos, como A los que aman (1998) o Cosas que nunca te dije (1996). Las emociones, obviamente, no están tan a flor de piel como en aquellas películas: hay un evidente filtro, una madurez a la hora de exponerlas. Pero la historia es lo suficientemente poderosa para que ello no sea necesario.

Por supuesto, como también viene siendo habitual en el cine de Isabel Coixet, un halo de agridulce melancolía empapa los 110 minutos que dura La Librería. La inocente ingenuidad de su protagonista va calando en el espectador, aunque lo hace sin irritarle, sin que en ningún momento llegue a parecer necia o infantil. Es posible que el bello trabajo que desarrolla Emily Mortimer tenga mucho que ver con esto: su interpretación es un perfecto ejemplo de contención, sentimientos encontrados y deliciosos pero pequeños momentos de satisfacción.

Mención aparte merece el tratamiento del libro, como objeto, del que hace gala La Librería. No es Coixet la primera realizadora que se deleita en la incuestionable perfección de los lomos, las tapas y las hojas en los que se convierte la palabra cuando es encuadernada. Pero lo hace con una pasión sincera, empapada por su milimétrica concepción de la belleza, que deja al espectador con unas ganas inmensas de visitar la librería más cercana, aunque sea solamente para acariciar los lomos de los libros con las puntas de los dedos.

No hay desgarros emocionales ni sentimientos desmedidos: solo una mezcla eficaz y duradera de melancolía y esperanza

Y todo esto no se trata solamente de un deleite estético. Se trata también de convencer sin fisuras al espectador de las razones por las que la frágil Florence Green se empeña en arriesgarlo todo para abrir y mantener una librería que nadie parece querer tener cerca. Y también, por supuesto, el sensacional retrato de la pasión lectora: la imaginación de Ray Bradbury y el impacto que supuso la Lolita de Nabokov (publicada en 1955) son el vehículo mediante el cual se construye una de las relaciones más emocionantes de La Librería.

Una película, en resumen, deliciosa. Tal vez carezca de la inolvidable genialidad de los primeros trabajos de Isabel Coixet, pero ello no los desmerece en absoluto. Produce emociones genuinas, ya sea cuando consigue dibujarnos una media sonrisa en el rostro, yo cuando nos la tuerce. Coixet elige una historia sencilla, sin sobresaltos ni artificios, y la ofrece con su sosegada visión de la realidad (que casi siempre es hostil). No hay desgarros emocionales ni sentimientos desmedidos: solo una mezcla eficaz y duradera de melancolía y esperanza. Y es más que suficiente.

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