2 febrero, 2017. Por

La La Land es un musical

La La Land es un musical

El ser humano es idiota. Al contrario de lo que pueda pensarse o de lo que diga la RAE, ‘idiota’ no es insulto, sino caricia en la cabeza. Mi perro es idiota cuando le tiro una pelota por vez número veinte siete y él da la vida por ella como si fuera la primera. Eso lo hace entrañable y yo le acaricio la cabeza. El ser humano es idiota y por eso existen galas como los Globos de Oro o los Oscar. Lanzadores de pelotas, que los llamaría mi perro. Desde un teatro, al otro lado del charco, nos salpica el glamour y con él llega la recomendación, que viene siendo una orden para algunos entre los que me encuentro: tienes que ir a ver tal película y además ve a verla ya, corre, que acaban de premiarla.

El cine de versiones originales de mi barrio, a este lado del charco, estaba hasta arriba de seres humanos cuando la pelota llegó en forma de copia de La La Land. Y es que había triunfado en los Globos de Oro, la antesala de ya se saben la coletilla… Y yo, que soy como mi perro, allí estaba, pocas horas después del glamuroso éxito, preguntándole a la de la taquilla si quedaba hueco para la siguiente sesión, porque la de antes se había petado. Algo queda, me dijo, y me acarició la cabeza. Durante la media hora de espera, mientras realizaba el ritual de la idiotez, palomitas, refresco, etcétera, descubrí algo aterrador que había pasado por alto con las prisas por agarrar la pelota: La La Land era un musical. No puede ser, cómo va a ser un musical, le di vueltas a la entrada intentando buscar un asterisco, una letra pequeña donde descartase la tragedia. Sí, lo es, olvidé decírtelo, mató mi novia mi pequeña esperanza de que aquello se tratase de un error. ¿Un musical? ¿Cómo que un musical? No estamos en los putos años 30, grité apretando los puños contra el cielo. ¿Y si intentamos colarnos en Comanchería?, propuse, pero no funcionó. Me puse de rodillas delante de mi chica y cuando aquello parecía ya una petición con anillo en la que los presentes iban a empezar a bailar a nuestro alrededor, grité que por favor nos fuéramos de allí. No hubo forma. Tras la negación, la ira, la negociación y la depresión, tocaba aceptación: me quedaban dos horas de musical por delante. Me acarició la cabeza.

La La Land comienza en un atasco en Los Ángeles en el que los conductores, en otro día soleado de California, salen de los vehículos y comienzan a cantar y bailar. Si había alguien que, como yo, no supiera de qué iba la mandanga, ese fue el preciso momento en el que sufrió el ictus. Damien Chazelle (Whiplash) se encargó desde el minuto uno de trasladar la siguiente idea: sí, me he atrevido a hacer un musical a la antigua usanza, pero estamos en pleno 2017 y será potente, de hecho tengo dos helicópteros grabando el bailecito del atasco. Es valiente. Y los valientes, aunque hagan musicales, me caen bien. Lo de Whiplash, su estreno, no fue una casualidad por tanto: Chazelle se presenta ante el mundo como el director que apuesta por poner a la música en el centro de la historia, más en concreto al jazz. Los que tiran por guiños minoritarios viviendo en la marabunta comercial también tienen mi respeto. La historia de amor, entre Emma Stone y Ryan Gosling, es una más. Bien contada. Esta vez en el Hollywood de quienes sirven cafés y hacen bolos en fiestas privadas mientras esperan que el sueño de ver su cara en las paradas de autobús se cumpla. Si entré a rastras, salí por mi propio pie con buen sabor de boca. Por suerte fui a verla antes del récord de 14 nominaciones para los Oscar, una cosa histórica y un drama para las expectativas de toda película del que quién sabe si ésta podrá recuperarse. ¿Con qué sabor de boca saldrán los idiotas como yo, que la vean después de ese castigo en forma de letras doradas que ha sufrido? Ese puede ser el medidor que decida dónde la sitúa la historia del cine.

La La Land es un musical