17 mayo, 2018. Por

La fábrica de nada

El proletariado sacando pecho y reclamando su dignidad
La fábrica de nada

De noche, un grupo de trabajadores de una fábrica de ascensores descubre que sus jefes están extrayendo máquinas y materiales de la empresa. A la mañana siguiente, disfrazándolo con la palabra reajustes, la empresa anuncia negociaciones para sus indemnizaciones por despido y el consiguiente cierre de la compañía. Este hecho supone el preludio de La fábrica de nada, el primer largometraje del director portugués Pedro Pinho, quien deja claro al principio de la película que también está firmada por João Matos, Leonor Noivo, Luisa Homem, Tiago Hespanha y Susana Nobre.

Tras el anuncio del cierre, los trabajadores, a los que observamos como conjunto en casi toda la proyección, decidirán hacer huelga, con la consiguiente ocupación y autogestión de esta fábrica, situada cerca de Lisboa. A partir de aquí, Pinho trae lo difícil, que es el filmar la nada, ya que estos trabajadores tienen el no hacer nada como su nueva ocupación.

“Presenciamos cómo el espacio se transforma en lugar político, desde el que reivindicar el fracaso del capitalismo salvaje, que hace agua para la clase obrera, que ve cómo de la noche a la mañana pierde su puesto de empleo”

¿Y cómo ocupar ese espacio en el que ahora ya no hay que trabajar? Presenciamos cómo el espacio se transforma en lugar político, desde el que reivindicar el fracaso del capitalismo salvaje, que hace agua para la clase obrera, que ve cómo de la noche a la mañana pierde su puesto de empleo. Esta supone una de las genialidades de Pinho, conocido por sus documentales, desde el aclamado Bab Sebta (2008), sobre las migraciones de África a Europa a través de Ceuta: además de filmar la nada, sabe llenar ese espacio y convertirlo en un personaje más.

El film, grabado en 16 mm que le da sensación añeja, navega entre el drama social, pasando por el documental, la reflexión filosófica, hasta el musical de lo absurdo, de actores que nunca han bailado ni cantado. Y, así, además de convertirlo en un espacio político, se convertirá en un sitio de juego creado gracias a los movimientos y gestos de los personajes, que tocan con herramientas sobre las máquinas, como si estas fueran tambores, se deslizan juntos en los transportadores, como si de monopatines se trataran, y juegan al fútbol entre piezas de ascensores.

El musical, a pesar de ser una parodia, hará fortalecer a los protagonistas, verse empoderados, expresando a través de sus movimientos de diversión su particular grito de lucha ante lo que está sucediendo. Y este intento de autogobernanza estará coordinada por un personaje externo, un politólogo italiano, interpretado por el director de fotografía Daniele Incalaterra.

“En un momento de crisis económica europea, con gran incidencia en países como Portugal, en el que mucha gente se estaba quedando en paro, degustamos lo más valiente: el proletariado sacando pecho y reclamando su dignidad”

Pinho nos muestra, además, los problemas y las dificultades que supone autogestionar de manera colectiva, a la vez que nos enseña la historia personal de uno de sus protagonistas, que ve cómo su relación de pareja se va apagando a la par que se queda sin trabajo. A través de los diálogos de un grupo francés, el espectador observa la reflexión sobre cómo el capitalismo lo está devorando todo, dejándonos arrastrar por él y dejándonos paralizados, sin plantear alternativas.

En un momento de crisis económica europea, con gran incidencia en países como Portugal, en el que mucha gente se estaba quedando en paro, degustamos lo más valiente: el proletariado sacando pecho y reclamando su dignidad. A pesar de que la dignidad y autoestima han sido minadas a golpe de precariedad, despidos y desesperación, como dice uno de los personajes, “el pueblo tiene que rebotarse más, y no con claveles”.

La fábrica de nada