28 abril, 2017. Por

La excepción de la regla

La nada fascinante película sobre la fascinante vida de Howard Hughes
La excepción de la regla

Este mes se cumple el 41 Aniversario de la muerte de Howard Hughes, hijo de un magnate del petróleo alcohólico y mujeriego que apenas prestó atención al pequeño Howard. Su madre, por el contrario, fue una sobreprotectora mujer obsesionada con la higiene de su hijo, hasta el punto de llegar a bañarlo en lejía. Hughes heredó esta microfobia y obsesión por la higiene hasta casi el final de sus días. De su padre heredó la adicción, no tanto al alcohol, sino al válium, a la codeína y a las mujeres: Ava Gardner, Katharine Hepburn, Rita Hayworth, Elizabeth Taylor, Ginger Rogers, Bette Davis o Lana Turner fueron algunas de sus famosas conquistas.

Hughes, además, era un cerebrito. A los once años montó una emisora de radio con la que, en clave morse, contactaba con los barcos que navegaban por el Golfo de México. A los doce construyó una bicicleta con motor, un telégrafo y un sistema de intercomunicación para su propia su casa. De adolescente le pidió a su padre que le comprara lujosos automóviles que desmontaba y volvía a montar. Fue un Mozart de la mecánica, la tecnología y las telecomunicaciones.

Todo cambiaría cuando, a los dieciséis, su madre falleció, algo que lo condujo a refugiarse en el cine y, como era de esperar, a interesarse por los mecanismos de la industria de Hollywood. Tres años después moriría su padre, y ahí fue cuando, siendo aún menor de edad, decidió hacerse cargo del imperio paterno, la Tool Hughes Company. Más tarde se marchó a su anhelado Hollywood y empezó a producir películas, una de las más emblemáticas, Scarface. Todo tipo de actrices y, antes no lo he mencionado, actores, fueron pasando, uno a uno, por la cama de Howard. Fundó su propia compañía aérea, la Hughes Aircraft Company y compró otra, la TWA. Se hizo con la productora RKO y con una ingente cantidad de casinos y hoteles. Llegó a poseer un patrimonio estimado en 2.000 millones de dólares y ningún heredero conocido.

Su sordera le obligó a realizar casi todos sus negocios por teléfono. Antes de los treinta contrajo una sífilis que desembocó en una neurosífilis. Sufría de múltiples trastornos obsesivos. Fue un neurótico, un maniático y un lunático incurable. También un fetichista enfermizo, hasta el punto de que obligaba a los chófer de sus actrices a conducir a menos de 10 km/h porque estaba convencido de que los continuos frenazos y acelerones de los coches podían desestabilizarles el tejido de sus glándulas mamarias. Su obsesión por los pechos femeninos lo llevó incluso a diseñar, con la ayuda de ingenieros aeronáuticos, su propio sujetador, un sujetador que Jane Russell lució en El forajido, escrita y dirigida por el propio Hughes. Una alucinante e inenarrable vida que acabó, o eso cuenta la leyenda, con un hombre encerrado en una de las habitaciones del hotel Acapulco Princess, aislado del mundo y consumido por toda esa inmundicia y gérmenes de los que tanto huyó. Al final, el abuso de medicamentos le produjo un fallo renal y murió, en un avanzado estado de desnutrición, con las uñas de manos y pies sin cortar desde hacía meses, y rodeado por decenas de botes con su propia orina. “Puedo comprar a todos los hombres del mundo”, dijo en más de una ocasión. Pero la realidad fue que a su funeral tan sólo asistieron seis personas.

¿Y cuánto hay de todo esto en la película de Warren Beatty? Poco, muy poco. Tampoco lo había en El aviador de Scorsese. Incluso Nolan estuvo trabajando en un biopic, hubiera sido un fiasco. La vida de este excéntrico multimillonario fue más acojonante que la de Jesucristo, y quizá por eso es imposible materializarla en imágenes. Ni siquiera un mujeriego hiperbólico como Beatty, guionista, director y protagonista de la cinta, ha sabido transmitir esa faceta tan importante de su vida. De poco ha servido la presencia de estrellas como: Martin Sheen, Alec BaldwinMatthew BroderickEd Harris o Annette Bening. O la banda sonora de Gustav Mahler, Paul Desmond, George Gershwin, Frankie Avalon, Ennio Morricone, etc. Más de dos horas de una exasperante, anodina y edulcorada película que no para de dar bandazos entre el drama y la comedia. Me sigo quedando con Dick Tracy.

La excepción de la regla