23 febrero, 2018. Por

La enfermedad del domingo

El lado poético de Ramón Salazar, llevado al extremo
La enfermedad del domingo

Cuando un espectador se adentra en la sala, lo hace con los indicadores de expectativas a medio llenar. Eso por lo general, porque hay quienes los llevan a tope si han estado expuestos a un bombardeo de opiniones asertivas, o está al que se le ha escurrido toda apetencia por haber sucumbido a comentarios mordaces. Sea como fuere, la satisfacción empieza a cumplirse o a desaparecer desde la primera escena.

El espectador actual es listo y ha visto mucho, y con unos pocos fotogramas ya sabe ‘de qué rollo’ va la película. Luego, a lo largo del metraje y hasta que las luces se vuelven a encender, los indicadores se van llenando y vaciando conforme las decisiones del director –en quien reside la responsabilidad final del guion, las interpretaciones, el montaje, el color…- se antojan acertadas o erráticas. Y, sí, es cierto: también juega un papel importante el propio imaginario del espectador, y una pareja de enamorados que acude al mismo visionado pueden salir con opiniones radicalmente opuestas. Puedes amar Gladiator y odiar Slumdog Millionaire, y ambas tienen el Óscar a la Mejor Película. No obstante, al margen de lo que uno personalmente espere, existen una serie de dispositivos más o menos universales que complacen o traicionan al espectador. Y estos son innegables.

“Ramón Salazar descarga toda su hambre de poesía en las obras que él mismo dirige. Quizá demasiadas ganas desbocadas de saciar su lado poético”

En el caso de La enfermedad del domingo, las barras suben y bajan todo el tiempo en la película, porque un cúmulo de frases y reacciones artificiosas encorsetan el arranque de la película y le sacan a uno de historia en la que aún ni siquiera se ha sumergido. Y esta sensación colapsa en una escena que se desarrolla a trompicones en un restaurante.

Pero de pronto llegan Bárbara Lennie y su instinto y su franqueza desvergonzada, y la inapetencia por seguir viendo la película pega un giro de 120 grados. A partir de ahí, en un ambiente montañoso y bucólico del sur de Francia, se producen momentos íntimos entre ella y Susi Sánchez, sobre cuyos hombros recae el 50% del peso de la película; y entre las dos lavan a una perra en una escena rebosante de tensión, y van a las fiestas de un pueblo que respira tremenda verdad. Pero también regresamos el artificio nuevamente, y descubrimos el porqué del germen de toda la película, y el gesto se tuerce ante lo provocado, que resulta evidente: todo para conseguir unas imágenes bellas. Un cabello y unos ropajes blancos para la que hizo el daño, y una melena y un vestuario negros para la víctima.

Ramón Salazar descarga toda su hambre de poesía en las obras que él mismo dirige, como ya hizo con la también bella e intensa 10.000 noches en ninguna parte, y que reprime en los éxitos comerciales de Fernando González Molina (Tres metros sobre el cielo y Tengo ganas de ti). Quizá demasiadas ganas desbocadas de saciar su lado poético. Con todo, La enfermedad del domingo viaja a la Berlinale en el nombre de España. Ahí queda eso.

La enfermedad del domingo