30 agosto, 2018. Por

La casa de las flores

En serio muy en broma, en broma muy en serio
La casa de las flores

O había mono de una versión de Cristal para el Siglo XXI que beba tanto de Gossip Girl y Las Kardashians como de la comedia negra más surrealista de la parrilla de Netflix; o había ganas de poder celebrar una especie de qué-bien-tan-mal para el consumo audiovisual de sobremesa desde la plataforma pop.

La casa de las flores llega como un bálsamo a un Netflix que, a través de productos como éste o Paquita Salas, ha conseguido desarrollar una marca en donde el feísmo y la comedia negra, reivindicativa y matriarcal se posiciona muy por encima de las series paradolescentes y las intensitas y sesudas que pretenden dejar un no sé qué poso en el espectador.

Los ingredientes de esta telenovela mexicana 2.0 parecen sencillos, en un menos-es-más en donde el debate sobre si es mala la hace mejor, o si es tan buena que se permite licencias cutres para embellecerla de una autenticidad y un costumbrismo retro; pero, a la postre, ha conseguido redimensionar un producto que, de no haber sido entendido, podría haber pasado sin pena ni gloria.

“O había mono de una versión de ‘Cristal’ para el Siglo XXI que beba tanto de ‘Gossip Girl’ y ‘Las Kardashians’ como de la comedia negra más surrealista de la parrilla de Netflix; o había ganas de poder celebrar una especie de qué-bien-tan-mal para el consumo audiovisual de sobremesa desde la plataforma pop”

Centrada en el clan familiar De la Mora, todo estalla tras el suicidio in situ de la amante del patriarca (Ernesto), aunque segundo líder de familia (tras Virginia). El clan hará un crac en ese momento en que la imagen de familia perfecta irá resquebrajándose a medida que cada uno de los secretos que esconden la alfombra acaban siendo descubiertos; convirtiéndose en un clan más iconoclasta que normativo para la sociedad pija mexicana, y gestionando a la vez dos casas de las flores: una floristería de élite y un cabaret de transformistas y strippers.

Afortunadamente, la repesca de Verónica Castro, madre de Cristian y reina de las telenovelas y la televisión mexicana (su papel en Los ricos también lloran la convirtió en la mayor diva mediática de su país, y hay mucho de la temática de aquella serie en ésta); el ritmo surrealista y de enredos constantes de una familia disfuncional intentando aparentar ser una familia bien (hay mucho del costumbrismo pijo las Kardashian, pero también de los Pantoja, los Flores, los Rivera o los JuradoOrtega); la reivindicación LGTBIQ+ (un cabaret de transformistas; un hijo buscando salir del armario; un yerno que ahora es nuera…); la ligereza de sus capítulos (duran entre 30 y 35 minutos: imposible acabar de ver uno sin querer ver el siguiente); los pequeños detalles (personajes como el de la hijastra pequeña, la señora de la limpieza o un Paco León que recuerda a sus años imitando a Raquel Revuelta en Homo Zapping…); y la adherencia absolutamente inmediata de diálogos y frases que son carne de meme, hashtag y tatuaje kitsch, la convierten en una serie de un calado inmediato.

“‘La casa de las flores’ en una de las series imperdibles de esta temporada: tan ligera y disfrutable que le da una lección de humildad a las producciones que buscan la profundidad en lo sesudo y no en lo mundano, como sí consigue ésta”

Pero, además, la serie de Manolo Caro proyecta valores que van más allá de la urgencia de lo inmediato. Y es que tanto la perspectiva absolutamente matriarcal que se proyecta (los personajes masculinos no son nada normativos, y las protagonistas absolutas son las mujeres); como la construcción de personajes como el de Paulina, el que más está dando (y nunca mejor dicho) de qué hablar por la dicción de la actriz Cecilia Suárez (a la que Netflix le ha prohibido por contrato hablar de esta manera fuera de su papel: quieren la exclusiva y la potestad de una vis expresiva que hasta tiene retos virales) y la manera de gestionar los vaivenes emocionales de la(s) familia(s), como una médium sin fallos, del personaje; convierten a La casa de las flores en una de las series imperdibles de esta temporada: tan ligera y disfrutable que le da una lección de humildad a las producciones que buscan la profundidad en lo sesudo y no en lo mundano, como sí consigue ésta.

La casa de las flores