11 julio, 2017. Por

La Casa Azul

Entrevistamos a Guille Milkyway en plena gira de festivales y antes de publicar ‘La gran esfera’
La Casa Azul

Lleva seis años sin publicar nuevo disco, pero la reputación y capacidad de movimiento de Guille Milkyway lo han hecho omnipresente incluso en su silencio: producciones para Fangoria o Nancys Rubias, un disco de remezclas del repertorio de Nino Bravo, la banda sonora de la serie de animación Jelly Jamm, un EP encargado por Nesquik, la reedición de dos de sus discos más icónicos… y el renacimiento, por fin, de La Casa Azul, tras más de cuatro años fuera de los escenarios.

Hace unos días tocaron en el Vida y fue el mejor directo del festival. En las próximas semanas lo veremos tocando en el FIB, el Contempopránea, el Low Festival o el Santander Music, entre otros. A la vuelta de verano verá la luz La gran esfera. Nosotros nos adelantamos y hablamos con Guille no solo sobre este nuevo disco que vendrá, sino de su vida estos últimos años, su percepción del circuito y de Eurovisión.

“Me hace sentir súper cómodo que venga alguien y se ponga a tararear ‘La revolución sexual’ sin saber quién coño soy”

 

Las críticas han sido unánimes. Aunque había directos de Flaming Lips, Devendra Banhart o Phoenix, los medios lo tienen claro: el vuestro fue el mejor directo del Vida; y tú mismo dijiste que fue el mejor que disteis nunca. ¿Qué ha pasado? ¿Por qué está esa sensación de que es el mejor momento de La Casa Azul?

Una es la percepción que uno tiene y luego está la percepción que tenga el entorno que opina sobre ello. Muchas veces no van de la mano: mil veces me ha pasado estar contento con algo y que no tuviera para nada esa acogida; pero en este caso sí ha sucedido. Creo que se han juntado muchas cosas. Para mí es un momento chulo porque hacía cuatro años y pico que no tocábamos en directo; hemos estado varios meses preparando la nueva formación.

Aunque a priori se pueda percibir que no ha habido un cambio súper radical, para mí sí lo ha sido: todos los músicos son nuevos, a nivel de estructura y sonido hemos cambiado la sistemática de todo, la puesta en escena ha cambiado… A todos los niveles para mí suponía una puesta en marcha compleja y de mucho trabajo: ensayar más que nunca, por ejemplo; y a nivel musical es más sólido que nunca. Pero el mayor cambio que noto es que estoy mucho más feliz porque estoy acompañado, algo que no he estado nunca realmente. Ahora sí, somos cuatro músicos y los cuatro estamos claramente presentes en escena, y eso me da mucha tranquilidad: me noto mucho más relajado y me veo por primera vez pasándomelo bien…

¿Y por qué crees que antes no disfrutabas tanto? ¿Solo por el acompañamiento?

Es una mezcla de cosas. Para mí tocar en directo no es mi parte favorita de la música. Yo donde me siento bien es en el estudio: es mi lugar, donde disfruto y me siento realizado y donde aporto mi saber hacer (si tengo un saber hacer) (risas).

Pero también con el paso de los años he ido cambiando mucho: he intentado ir aportando cosas que sean realmente distintas y que pudieran proyectar nuestro universo de una manera medio digna y acorde con nuestra forma de ver la música. Pero sí creo que el acompañamiento y la solidez de lo musical en esta nueva puesta en escena tienen mucho que ver con mi felicidad: no solo estéticamente es distinto, sino que el sonido ahora es realmente bueno, más sólido que nunca.

“Hay una parte del indie que fuerza lo de rechazar cuando las cosas suenan bien o tienen otra proyección: les gusta hacerse fuerte en la cosa destartalada, justificando una forma de hacer”

 

Son seis años sin nuevo disco, y una especie de convivencia entre la marca La Casa Azul y Guille Milkyway. ¿Dirías que estos años has desarrollado más la de Guille como productor polifacético (donde dices que te sientes más cómodo), que defendiendo el repertorio de La Casa Azul? ¿Te interesaba más eso?

Puede ser. No ha habido ningún plan estratégico de querer trabajar más una cosa que la otra, pero sí que es cierto que en mi momento vital quería desaparecer un poco, y centrarme en una vida más de rutina y un trabajo más de estudio.

Los años pasan y hoy en día a los músicos nos lleva a estar permanentemente en la carretera; y yo nunca he sido así. Ahora lo hago gustoso y me lo tomo con alegría, pero el rollo este del rock and roll y los backstages no me gustan. Hay gente a la que le encanta, y es perfecto. Pero a mí no. Es algo muy intenso, y si no te mueves de forma muy cómoda ahí te puede llegar a marcar la vida, y yo no quiero: yo sé lo que me hace ser feliz en la vida. También he sido padre, y a nivel vital prefiero estar con mis niños todo el día. La forma de compatibilizar todo era esa: trabajar más en el estudio, de la manera que sea.

También es cierto que dentro de esa faceta más de estudio y sin tocar en directo he hecho cosas para La Casa Azul, canciones y discos para marcas [NdeR: Nesquik Time] o para series de televisión [NdeR: Jelly Jamm], que me permitían una vida más rutinaria, que es algo que me hace muy feliz: levantarme a las seis de la mañana, tomar un café y ver a mis amigos en el bar, tener los fines de semana para mí y mis hijos me hace muy feliz. Y he intentado vivir de esta manera.

Es cierto que has hecho lo de Nesquik, lo de Jelly Jamm, trabajaste con Fangoria y las Nancys Rubias, remezclaste a Nino Bravo… Trabajaste de manera muy desprejuiciada y transversal. Y da la sensación de que eres un artista casi intocable, al que desde la prensa no se lo critica aunque hayas hecho cosas entre el mainstream y el underground. ¿Sientes que eres un artista respetado?

Esto ya sabes cómo es, qué te voy a contar: esto es una montaña rusa, un día eres una cosa y al otro día eres otra para la prensa. No tengo para nada esa sensación de artista de culto. Sí que es cierto que estos últimos años quizás está esa percepción, y además es comprobable: casi no se me critica. Pero hace diez años era exactamente lo contrario: se me tenía por un payaso (risas).

Sí que creo una cosa, y tiene sentido que sea así: cuando hay alguien al que lo que tú haces le parece una payasada o algo que no puede entender por lo que sea, si ves que esa persona después de 15, 20 o 25 años continúa erre que erre en lo suyo, posiblemente aunque no lo tengas en consideración pienses que es difícil criticarlo si sigue ahí con su historia, perseverando con lo suyo. Y eso tiene algo que ver.

“La historia de la música tiene que ver más con las obras que con los artistas”

 

Como si te hubieras ganado el respeto por insistencia o repetición…

Sí, algo así. El paso del tiempo da credibilidad, inevitablemente. Y yo creo que hay algo de eso. Pero yo también siempre percibo que más o menos se me respeta. Y hay una parte dentro de eso que tiene que ver con la honestidad: siempre he trabajado haciendo las cosas de verdad, haciendo lo que quiero hacer de manera medio digna. Y por otro lado, eso de estar erre que erre haciendo lo que me gusta, como un respeto por inmovilismo…

Pero no es precisamente inmovilista tu carrera: música para cine, televisión y publicidad, producciones para artistas mainstream, discos propios, remezclas de cantantes melódicos, participación en programas como TIPS… Hay una percepción de que tienes mucha cintura.

Realmente todas esas cosas que he hecho me he forzado un poco a hacerlas. Yo al final paso mucho tiempo solo en el estudio, y es algo que con los años me he dado cuenta de que no es muy sano para mí. Me he esforzado mucho a ponerme a prueba, de salir un poco de la cueva, casi como ejercicios; y a nivel vital estoy muchísimo más equilibrado que antes. Y tiene que ver con que incluso las cosas que te parecen más ajenas sabes al final llevarlas a tu terreno, y que si uno quiere puede lidiar con todo. Esta cosa polifacética me ha venido bien para situarme y relativizar todo un poco. Y también para pasármelo bien. Yo me dedico a esto y me siento súper afortunado de poder probar cosas nuevas.

“Lo de Manel Navarro en Eurovisión no es para tanto: France Gall ganó en 1965 cantando una canción de Gainsbourg y desafinando durante toda la canción”

 

¿Te sigues sintiendo un artista del circuito (bien o mal llamado) indie o alternativo; o tienes una vocación de acercamiento al mainstream? Al menos tus últimos trabajos tienen una llegada al pop comercial: los únicos singles de Fangoria que suenan en radios en los últimos años son los tuyos.

Yo creo que la barrera esa es un poco ambigua a estas alturas. Hace treinta años un grupo indie o underground era muy difícil que pudiese sonar como sonaba un grupo del mainstream, había mucha distancia en la utilización de las herramientas. A nivel sónico creaba un estilo. Aquello del “do it yourself” era muy evidente a nivel sonoro. El primer disco de Jesus and Mary Chain, por ejemplo, sonaba muy mal: nos encanta a todos, pero es un disco que suena fatal. Y estoy convencido de que si ese disco hubiese sonado mejor sería mucho más guay aún.

Sí que creo que hay una parte del indie que fuerza lo de rechazar cuando las cosas suenan bien o tienen otra proyección: les gusta hacerse fuerte en la cosa destartalada, justificando una forma de hacer. La tecnología ha cambiado mucho, y un niño de 14 años desde su casa puede sonar prácticamente igual que el último single de Calvin Harris. Y eso para mí es súper bueno, porque ‘lo indie’ es solo una actitud y no un sonido: es ser ajeno a los designios de la industria, y me voy a mover solo por lo que vitalmente me mueve, me realiza y me hace feliz; y a la vez voy a ser capaz de competir a nivel sonoro con casi cualquier cosa que suena en la radiofórmula.

En los últimos diez años ha habido una transformación total respecto al gusto de la nueva generación por mezclar cosas: escuchas algo y te puede costar saber si es algo que está número 1 o es algo que no escuchó nadie. Dicho esto, yo escucho de todo, mucha música comercial incluso, no pongo barreras. Me puede parecer súper chulo un disco de Justin Bieber pero también un grupo súper indie de pueblo.

Hace poco has dicho que te parece que la música mainstream está viviendo uno de sus mejores momentos. ¿Qué es lo que más te gusta de lo que está sonando ahora?

Escucho de todo, pero me gusta mucho el momento actual en el sentido de que he apreciado un cierto retorno por la estructura de canción melódica clásica recubierta de la atmósfera que sea, que es algo que ha marcado mucho los últimos cinco u ocho años. Por otra parte, en la música de baile hay un acoger de nuevo los cimientos de la música disco y el house de los ’90, que es algo que personalmente me gusta mucho. Y por otro, me parece apasionante la adaptación de las nuevas tecnologías en la sonoridad de la música pop imperante tanto en lo mainstream como en lo indie.

Me gusta mucho lo que hace Porter Robinson, por ejemplo; me gusta mucho la figura de Calvin Harris como gurú de la EDM, me parece que marca los últimos diez años de la electrónica en el mainstream: en su último disco vuelve a pegar un cambio y vuelve al disco-funk, me parece aventurado y chulo. Me gusta que la tecnología que se ha invertido para desarrollar un género como el dubstep se esté introduciendo ahora para el pop.

“Ahora se me critica poco o nada, pero hace diez años se me tenía por un payaso”

 

Llevas un par de discos y varios singles trabajando con Fangoria y ahora lo haces también con las Nancys Rubias. Posiblemente sean tus producciones más mediáticas y comerciales, y hay gente que a lo mejor te empieza a conocer ahora. ¿Qué dirías que te conecta con el universo de Alaska y Mario?

El punto de unión básico es que tenemos referentes parecidos. Yo hablo con Nacho, Olvido o Mario acerca de música y nos gustan cosas muy parecidas y somos artistas muy heterogéneos. Yo he coleccionado toda mi vida discos psicodélicos de los años ’60 de la Costa Este americana, grupos raros, y a Nacho Canut es algo que le apasiona: uno de sus grupos favoritos es The Mamas & the Papas, que es uno de mis preferidos, también.

Luego puedes decir: “bueno, pero eso no está ahí en el sonido de Fangoria. Y quizá no está de manera explícita pero como todo se está construyendo en base a una forma de percibir el pop de una manera tan parecida, para mí es súper fácil trabajar. Para mí es súper cómodo: tenemos reuniones previas cuando trabajamos juntos pero luego me dejan trabajar con libertad hasta que acabo, y el resultado está muy cerca de lo que ellos esperan, por lo general. Los referentes son muy parecidos, tenemos un lenguaje muy parecido a la hora de hablar de los matices: hay un universo en el que podemos hablar de Justin Bieber, un productor de los ’80 o François Hardy y todos lo tenemos presente y sabemos a lo que nos estamos refiriendo.

Hablando de lo que será La gran esfera: llevas dando largas desde hace meses, sin querer hablar mucho del disco. Ya escuchamos Podría ser peor, el otro día en el Vida estrenaste otra canción donde dejas guiños a Los Planetas, ABBA y Beach Boys. ¿El disco tendrá una deriva más pop-rock como el que llevas en los conciertos; o respetará esa idea de pop electrónico marca de la casa?

Con La Casa Azul siempre está esa cosa del híbrido difícil de asumir. Antes que hablábamos de la crítica: una de las cosas difíciles nuestras es que para el periodista a veces es complicado ubicar al grupo porque no puede hablar de una manera libre y clara de lo que es. Cuando hay algo heterogéneo suele ser incómodo. Sigue habiendo mucha mezcla de cosas. Yo una producción de Fangoria me la planteo de manera muy distinta a la de La Casa Azul, aunque haya cosas que se comparten: ellos son un grupo de pop electrónico, pero nosotros no somos solo eso. Y eso dificulta a veces las puestas en escena. Me gusta más la idea de una banda con un formato estándar que es capaz de sonar electrónica en algunos momentos más que al revés.

El disco mezcla muchas cosas: lo que más me mueve de La Casa Azul es manejar esa batidora, y que en una canción habrá breaks rollo 808, más modernos, y luego un cambio que te lleva a una estructura de pop clásico más melódico. Es la parte más excitante de tener este grupo. La gran esfera es un disco que suena a que está grabado ahora pero tiene todo el poso de lo mío de toda la vida: la música disco, el house, el pop clásico…

“Me parece mentira que haya tardado treinta y tantos años en darme cuenta de que si no me quitaba de encima prejuicios y ataduras internas no podía plantearme empezar a ser feliz”

 

El año pasado Elefant reeditó alguno de los discos más simbólicos de sus 25 años, y entre ellos estaba La revolución sexual. ¿Dirías que es tu disco-bisagra o insignia, el más importante de tu carrera? ¿Qué relación tienes tú con él? ¿Le das la dimensión que le dio Elefant?

No se la doy porque para mí no es mi mejor disco. Creo que el disco que marca en mi interior el cambio a estar más satisfecho es La Polinesia Meridional. Lo que pasa es que La revolución sexual tiene esa canción; que por lo que fuera empezó a funcionar al margen del grupo y sigue haciéndolo: hay mucha gente que quizá la puede tararear sin tener ni puta idea de quién la canta. Es algo que a algunos grupos les incomoda pero a mí me hace súper feliz. A veces digo que qué pena haberlo conseguido solo con una canción, pero es algo muy emocionante. Yo concibo que la historia de la música tiene que ver más con las obras que con los artistas. A mí me hace sentir súper cómodo que venga alguien y se ponga a tararear la canción sin saber quién coño eres. Y eso es algo que no controlas ni sabes bien por qué pasa.

El disco ese está muy marcado por esa canción. Y ese sí fue un momento de cambio, por la repercusión de la canción: de alguna manera es el disco que nos empezó a obligar a funcionar como un grupo más profesional; y al hacer ese esfuerzo hemos sido capaces de empezar a sonar mejor, hacer mejores directos y llevarnos al punto donde estamos ahora. Y por otro lado, a pesar de la cantidad de años que han pasado, sí que es cierto que es el principio de un triángulo: La revolución sexual, La polinesia meridional y La gran esfera forman una especie de trío, de figura.

“El rollo este del rock and roll y los backstages no me gustan: prefiero tener una vida más rutinaria, levantarme a las seis a tomar el café, encontrarme con mis amigos en el bar…”

 

¿La gran esfera cierra el triángulo o abre uno nuevo?

Aun no lo sé, pero sí que lo veo como parte de una misma época. Sí que asocio El sonido efervescente y Tan simple como el amor; y otra que empezó con La revolución sexual y ha llegado hasta aquí. Más o menos sigue siendo la misma época aunque hayan pasado muchos años.

Ya que traes la canción La revolución sexual, hace unos días pasó el World Pride en Madrid y es una canción que sigue sonando mucho en círculos de ambiente. Hay quienes dicen que de alguna manera es la “heredera alternativa” de A quién le importa. ¿Tú la ves como un himno LGTB?

Nunca he tenido un afán así ni pensé que pudiera tener esa trascendencia, pero sí que es algo que ha sido cogido por naturalidad por el colectivo LGTB: es una canción que de una manera muy sencilla, abierta y costumbrista habla sobre liberación. Lo restringe un poco a la liberación sexual, pero habla de liberación en general: liberarse para poder ser feliz. Parece un mensaje muy obvio, pero es que aunque parezca muy obvio y sencillo, a veces me parece mentira que haya tardado treinta y tantos años en darme cuenta de que si no me quitaba de encima prejuicios y ataduras internas no podía plantearme empezar a ser feliz. Yo lo planteé como un canto para liberarme de todo. Una persona que haya sufrido por su condición sexual es algo que te eleva: en un momento en el que haces esos clicks tu vida cambia de forma radical.

El otro día tocamos en el Orgullo en Mérida y era increíble, era súper gratificante estar en la Plaza del Ayuntamiento, lleno, celebrando, repleto de niños súper felices cantando esta canción. Es súper gratificante ver que las cosas están cambiando.

“Me puede parecer súper chulo un disco de Justin Bieber pero también un grupo súper indie de pueblo”

 

Se lleva años reclamando que vayas a Eurovisión. Siempre has demostrado afecto por el certamen. De hecho, un año estuviste cerca de ir con esta canción. ¿Qué opinas de lo que pasó este último año con el festival; cómo ves la deriva que tiene el género musical eurovisivo?

A mí Eurovisión siempre me ha gustado, desde pequeño. Lo que ha sucedido es bastante claro y sencillo: durante muchos años, Eurovisión es lo que marcaba el pulso de la música comercial y para todos los públicos; y con el devenir de los años se convirtió en un espejo de lo que es el panorama musical: casi cada canción que gana cada año sabes de qué canción del panorama actual procede. Y eso es algo que claramente devalúa el festival: deja de tener una trascendencia real y se convierte en un programa de televisión hecho para los fieles que esperan todo el año a eso como quien espera la nueva película de Star Wars.

Por otra parte, todo el tratamiento amarillista que hay detrás del festival: quién se enfadó, quién debería haber ido… tiene mucho que ver con toda la sociedad espectacular actual, y hace que la música quede en un segundo plano. Pero no tiene más trascendencia de la que tiene. Todo ese afán de “¡España hasta que no lleve a X no va a ganar!”. Este chico [NdeR: Manel Navarro] que fue este año y metió ese gallo y fue muy divertido y todo el mundo decía que era lamentable y una mierda… Y no es así: France Gall en 1965 ganó con una canción fantástica de Serge Gainsbourg y estuvo muy desafinada durante toda la canción: empezó con una nota que estaba un tono y medio por encima de la suya. No es algo que me parezca tan dramático como lo pinta la gente.

Lo que más me gustaba de Eurovisión era cuando estaba destinado a escuchar toda una batería de canciones pop que para mí eran, como decía un amigo mío, “la alegría de vivir”. Y eso ha empezado a desaparecer, lamentablemente.

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