20 noviembre, 2017. Por

La Calderona

La obra ambientada en el siglo XVII cuyo texto se rapea
La Calderona

La cosa sucede “En la Villa y Corte de Madrid, en el año de nuestro señor 1627”. Su protagonista:  la actriz María Inés Calderón, amante del rey Felipe IV y madre del bastardo Juan José de Austria. ¿Nos encontramos ante una obra clásica? No. Porque, chavales, en escena hay un DJ (Hardy Jay) y más de un 75 por ciento de la función la rapean los actores. ¿Cómo te quedas? Muerta en la bañera. Esto es La Calderona, función dirigida por David Ottone (miembro de Yllana), que después de haberse estrenado en el Festival de Teatro Clásico de Almagro ahora puede verse con nocturnidad (y alevosía) en el Teatro Alfil.

Alguien dirá que no mola nada. Que tanto rapear es una cagada. Quien nos quiera etiquetar no ha entendido nada.” Y de razón la frase está cargada. Difícilmente se puede encasillar esta propuesta arriesgada que no se planta ante nada. Y que podía haber sido una verdadera cagada, sí (y muy siniestra). Al comienzo uno no las tiene todas consigo. Pero a medida que avanza la función, rápidamente va cogiéndole el rollo el espectador, al trasiego, al hip-hop calderoniano de redondillas y encabalgamientos (como los que le gustan al Felipe IV, que se andaba sin miramientos), al curioso mix entre clasicismo y street style lleno de anacronismos y a ese entreverar comedia, crítica social, musical, drama culebronesco desaforado y a su punto emocional.

“Hip-hop calderoniano de redondillas y encabalgamientos, curioso mix entre clasicismo y street style lleno de anacronismos y mezcla de comedia, crítica social, musical y drama culebronesco desaforado”

 

La dirección escénica de Ottone junto a la actoral de Pablo Viña, la dramaturgia de Rafael Boeta y la música original de Marc Álvarez (aparte del muy interesante vestuario y diseño de iluminación) todo conjuga esos estilos antagónicos (s.XVII vs s.XXI) pero que aquí son ambos protagónicos y caminan de la mano (y sin recato). Los dos intérpretes en escena (que se multiplican en bastantes más) se entregan sin dudar, además, en ese doble reto que es rapear y actuar. Natalia Calderón (tiene guasa el apellido, como dicen al final de la función) aporta presencia y flow en el show. Y Pablo Paz se descubre como una auténtica bestia parda, un comediante de diez que roza la perfección en todos personaje que aborda (aunque lo de la reina es, sencillamente, de traca).

“Bien está lo que bien acaba… Hemos hablado de la vida, de la muerte, del poder la ambición, de España, de los reyes, de la gente que no tiene nada… Hemos pasado por la risa, por el llanto, por el polvo del amor, de la dicha, le hemos puesto corazón… ” Así terminan la función. Pues sí. Todo eso (y en verso) es La Calderona. La hija bastarda de la que nadie habla (ah-ah).

La Calderona