19 diciembre, 2017. Por

La Bohème

Una tragedia de gente humilde y cotidiana que engarza a la perfección drama y comedia
La Bohème

La Bohème, de Giacomo Puccini, es una de esas óperas que conoce todo quisqui. Si no por haberla visto in situ, sí por alguno de sus famosérrimos temas (con ese Quando men vo a la cabeza, top de las arias operísticas más conocidas) o porque su historia (basada en Escenas de la vida bohemia de Henri Murger) ha sido inspiradora de múltiples otras versiones (como, por ejemplo, ese musical llamado Rent que causó furor en Broadway y del que luego muchos también acabaron hasta las mismísimas narices).

El dramaturgo Rodolfo vive en una humilde buhardilla parisina acompañado por otros tres amigos artistas. Y entre los cuatro no tienen ni para el alquiler (lo que viene llamándose «la vida bohemia»; vamos, ahora se podría hacer otra versión con hipsters de Malasaña pero no quedaría igual de dramático porque estos sí tienen pasta). Un día se acerca la inocente Mimí a pedirle luz para su velita y el amor surgirá, evidentemente. De la buhardilla saldremos a pasar la nochebuena por las galerías comerciales y el barrio latino de París donde encontraremos a la osada, voluptuosa y divertida Musetta, que conforma junto a Marcello la pareja contrapunto de la historia.

La Bohème es una ópera pluscuamperfecta, además de por las bellísimas melodías de Puccini (y es que, como explican en el programa: «la evocación de momentos pasados como si fueran destellos que la memoria revive y actualiza está magistralmente recreada con la utilización de motivos musicales asociados a emociones, sentimientos, o incluso a objetos») también por el libreto de Giuseppe Giacosa y Luigi Illica, que engancha a cualquier hijo de vecino que tenga un poquito de sensibilidad, hablando de una tragedia de gente humilde, desde la cotidianeidad y sin grandes aspavientos que engarza a la perfección el drama y la comedia. Y tratando el tema de la fragilidad de la felicidad y el paso de la juventud a la edad adulta, e incluyendo una muerte que se erige como una de las más grandes de la lírica (y en la ópera, muertes trágicas, hay para aburrir).

La versión que se nos presenta en el Teatro Real (diez años después de la última puesta en escena), ahora es una coproducción con la Royal Opera House y la Lyric Opera de Chicago, estrenada en Londres el pasado septiembre con éxito (y lo tenía complicado puesto que se enfrentaba con otro montaje mítico que llevaba cuarenta años haciendo historia). La dirección musical corre a cargo de Paolo Carignani, que debuta al frente del Coro y Orquesta Titulares del Teatro Real con dos repartos distintos encabezados por las sopranos Anita Hartig y Yolanda Auyanet (Mimì) y los tenores Stephen Costello y Piero Pretti (Rodolfo). Y el prestigioso director teatral británico Richard Jones es el responsable de la puesta en escena de la ópera, dirigida en el Teatro Real por Julia Burbach.

«Una ópera pluscuamperfecta, una tragedia de gente humilde, desde la cotidianeidad y sin grandes aspavientos que engarza a la perfección el drama, la comedia, la fragilidad de la felicidad y el paso de la juventud a la edad adulta»

El director de escena opta por una estética casi naïf, huyendo de la sordidez y tenebrismos que podrían ser el pan de cada día de este título. Parece que, como Puccini, Jones opta por tratar las escenas como destellos brillantes de la memoria. Llama la atención esa buhardilla clara y casi minimalista (alguno maligno por ahí dice que parece de IKEA), o esas espléndidas galerías comerciales navideñas (con un uso espectacular de la perspectiva) o el Café Momus del segundo acto, tan luminoso todo que casi hace daño a la vista, un derroche con no se sabe cuánta personas sobre las tablas. Los decorados son desplazados por los propios tramoyistas en escena (pero no llegan a formar parte intrínseca de la propuesta narrativa como en la Madama Butterfly de Mario Gas) y son francamente llamativos. Espléndido envoltorio con una escenografía, vestuario e iluminación que conforman momentos hermosísimos (esa nieve que parece de cuento) en una propuesta de tonos casi oníricos.

La delicadeza de las melodías y la extremadamente sensitiva forma en que los intérpretes defienden una partitura tan demandante como ésta (sin olvidar algunas caracterizaciones muy enfocadas para los trazos cómicos) acaban resultando en una hermosa, confortable y ensoñadora velada lírica. Porque la puesta en escena de Jones no pretende epatar ni causar polémica, sino construir uno de esos espectáculos que duren años. Y es que uno tiene la sensación de sumergirse en un bello y melancólico cuento de navidad con este montaje de La Bohème. Vamos, un regalo apropiadísimo para las fechas en las que estamos.

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