9 junio, 2017. Por

Mata tu karma

El día que King Gizzard & the Lizard Wizard le dieron una paliza a su karma
Mata tu karma

En ocasiones hay que darle una paliza al karma. La lección de humildad de su vida, porque se lo tiene merecido. Eso es lo que han hecho King Gizzard & the Lizard Wizard anoche en Madrid. A veces, cuando todo parece destinado a salir mal, es porque va a salir bien.

No pintaba bien la cosa poco a menos de una hora de que les tocara salir al escenario de la Joy Eslava a cerrar esta edición del Sound Isidro y a defender un repertorio que se multiplica como los lemmings (seis discos en tres años, y todavía les queda por publicar dos más en lo que queda de 2017, según han avisado): la furgoneta los dejó tirados en Zaragoza a media tarde. A los siete músicos, a sus instrumentos y a todo su equipo, que a contrarreloj intentó (sin éxito) arreglarla y acabó llegando a la sala madrileña cuando aun Mohama Saz, quienes salieron a tocar después de Baywaves y antes que ellos, estaban dando sus últimas notas mientras aquí el menda empinaba el codo entre chorizo con picos y jarras en el 4 Robles, la taberna de enfrente  a la Joy.

Una sala completamente abarrotada, que comenzaba a mutar en sauna improvisada (se podía patinar con los flujos del suelo del foso), asistió a un chequeo de líneas y una prueba de sonido a trompicones de un set especialmente complicado (dos baterías, tres guitarras, un bajo, tres voces, dos teclados y chuminadas varias) mientras iban restando tiempo de su actuación. Un precedente que se suma a otros patinazos que este año sufrió el Sound Isidro: la cancelación a última hora del concierto de The Charlatans por parte del grupo británico; el cambio de sala a último momento de 2manydjs; sorprendentes conciertos semivacíos como el bolazo que dieron Shura y Fujiya & Miyagi. El festival se merecía acabar como acabó ayer: por todo lo alto, con sold out, pero también con momentos en los que el karma y la mala suerte pujaron una vez más por

La noche tendría dos (y nunca mejor dicho) interferencias más: el líder de la banda, Stu Mackenzie, detendría una canción tras rompérsele la zapatilla en la que tenía enchufada su guitarra y pedales; y en un momento, una bajada de tensión (algo que es cada vez más frecuente en la Joy Eslava) obligaría a parar el sonido general de la banda. Solo serían dos presagios y guiños más a una noche en donde el karma saldría apalizado y por patas, por la puerta trasera de un concierto icónico e inolvidable.

Todo se curó con los primeros guitarrazos de Rattlesnake, con lo que acabaría siendo una auténtica comunión entre los de abajo y los de arriba y una presentación más fiel de lo esperable del hasta ahora único álbum que publicaron este año, Flying Microtonal Banana, y en donde también se priorizó el repertorio de su anterior placa, Nonagon Infinity: por allí cayeron canciones como Doom City, Sleep Drifter o Nuclear Fusion, entremezcladas con canciones como Gamma Knife, Invisible Face, Robot Stop o esa suerte de bossa & tropicalia llamada The River que ofreció el momento más carioca del bolo, entre otras.

Y es que la celebración de un público que, visto desde la primera platea, se parecía y mucho a los romeros de El Rocío a la caza y captura de la virgen, casi como un capítulo descartado der The Walking Dead: pogo, mosh y slam sin parar, gente volando por los aires, sudor a mansalva en una olla a presión que olía a sesión de spinning de tres horas (o a una visita al local de ambiente Boyberry) y una sensación de comunidad que explica el fenómeno de King Gizzard, un grupo que demostró a través de su propuesta de directo que podía aglutinar en el mismo espacio a heavys (tienen momentos en los que son más heavys que el viento), a amantes de la psicodelia, de las raíces más orientales del rock, del rock progresivo y hasta del jazz-rock.

El día que King Gizzard & the Lizard Wizard le dieron una paliza al karma y vadeó el estatus de un festival como el Sound Isidro, que se merecía escribir en la historia uno de los conciertos más excitantes que se vivieron en la Joy Eslava, está escrita con sangre y sudor, pero sin lágrimas.

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