30 mayo, 2018. Por

Killing Eve

Cinco motivos y muchos gifs para explicar por qué se va a convertir en la serie del año
Killing Eve

Hace un par de meses BBC America concedía una segunda temporada, sin ni siquiera haber empezado a emitir la primera, a Killing Eve, un thriller desarrollado por Phoebe Waller-Bridge (responsable de comedias como Fleabag o Crashing) basado en la saga de novelas de misterio Villanelle de Luke Jennings. Visto el primer episodio (por aquí la ha emitido a ritmo americano HBO España) uno no podía más que alegrarse ante la continuidad de un producto tan atractivo y de tanta calidad. Visto el último de los ocho capítulos que componen la primera temporada, uno se debate entre la angustia (¡esperar un año!), la estupefacción (pero, ¿por qué ha hecho eso?) y la euforia (al menos habrá más, ¡yay!).

Eve Polastri (Sandra Oh) es una agente de bajo rango del MI5. Sin experiencia de campo y con un puesto de oficinista, se percata y obsesiona con una serie de asesinatos cometidos a lo largo y ancho de Europa que parecen seguir algún tipo de patrón. Eve no está equivocada: todos son obra de Villanelle (Jodie Comer), una excéntrica psicópata que pone sus talentos su falta de remordimiento al servicio de una red criminal internacional. Una vez Villanelle se sabe perseguida por Eve, ella también empieza a obsesionarse con la agente. Así, ambas se enzarzan en un juego de ratón y el gato que las arrastra por medio continente y en el que nunca acaba de estar claro quién es ratón y quién es gato.

O mucho cambian las tornas o Killing Eve va a arrasar en todas las entregas de premios televisivos que presenciemos en los próximos 12 meses. Más aún si son listos y no presentan a sus dos protagonistas en la categoría de mejor actriz principal. Te damos las claves que la van a convertir en una de las series que más alto se colocarán en los rankings de lo mejor del 2018.

Su incontenible humor negro

Festival del humor

Es cierto: Killing Eve no destaca por poseer la trama de espías e intrigas mejor armada que uno pueda recordar. De hecho, el conflicto de fondo que intenta relatar se presenta difuso y se mueve con extraordinaria lentitud. Pero no es por eso por lo que se queda uno prendado desde el primer episodio. Es por los diálogos mediante los cuales se van construyendo las relaciones entre sus protagonistas. Orgánicos, certeros, creíbles y, sobre todo, empapados de un sarcasmo y de una mala leche que les confiere un magnetismo casi adictivo.

Muchos de los diálogos de Killing Eve son auténticas piezas de orfebrería, llenos de réplicas y contrarréplicas ingeniosas, brillantes, inteligentes y, en muchos casos, hilarantes. El show no pretende ser una comedia pero asume que la vida, por lo general, es bastante cómica. Incluso cuando se está hasta el cuello de mierda. O, más bien, sobre todo en esos casos. Killing Eve capta este hecho de manera maravillosa y crea diálogos frenéticos, capaces de mantenerlo a uno en tensión pura mientras le concede breves descargas mediante la carcajada y el humor negro. Los diálogos son tan frescos y tan humanos que contribuyen al paso de la trama a un segundo o tercer plano, según el episodio.

No pongamos triste a Villanelle

Está orgullosa de ser una serie femenina

Aunque hay algunos hombres cuyos papeles son relevantes a lo largo de Killing Eve, la serie de Phoebe Waller-Bridge es completamente femenina en su concepción, temática y desarrollo. Y no muestra ni una pizca de vergüenza por ello. Para empezar, pone a una villana en el centro de los acontecimientos. Villanelle no es antiheroína ni nada parecido: su maldad y su locura son tan desmedidas como su coquetería, su versátil sexualidad y su buen gusto. Junto con la temeridad y la falta absoluta de remordimiento, la manipulación y el egoísmo son rasgos característicos de su personalidad. Sus arrebatos de violencia siempre vienen cubiertos por un marcado estilo personal. Nuestra nueva villana favorita tiene muchas más capas, giros y maldades que muchos psicópatas de la ficción reciente (¿se acuerdan de Dexter o Patrick Bateman?) y, sin embargo, en ninguna de ellas pierde un ápice de su feminidad.

Aunque eclipsada por Villenelle, la relación entre Eve y Carolyn también es de lo mejor de la serie

La cosa tampoco queda aquí: el equipo de los “héroes” (si es que se les puede llamar así), también también está deliberadamente lleno de conexiones femeninas, con los personajes de Carolyn (Fiona Shaw) y Elena (Kirby Howell-Baptiste) como gran parte del apoyo de Eve durante su periplo persecutorio. Ellas tres encarnan a la perfección las sutiles pero constantes dinámicas de miradas y silencios que forman parte de la comunicación entre mujeres. Escenas como la del funeral del cuarto episodio o los primeros encuentros entre Eve y Carolyn solamente se entienden cuando se ha disfrutado de las bondades del diálogo breve pero sincero entre mujeres. Y que un show con una temática a priori tan alejada del público femenino como el thriller de espías y psicópatas de tan buena cuenta de ello es sumamente refrescante.

Telas, aromas y salchichas: la simbología

Una relación tan retorcida y delirante como la que hay entre Eve y Villanelle no puede regirse por cánones tradicionales, y pasa rápidamente al terreno de lo simbólico y de los dobles sentidos. Si bien desde el primer episodio se nos muestra la fascinación que siente Villanelle por la ropa y los tejidos de alta gama, no es hasta más adelante cuando identificamos el vestido y el disfraz como uno de los rasgos que la definen (aquí hay una entrevista muy interesante en la que Jodie Comer explica cómo utilizó un perfume concreto para construir a Villanelle).

Momentos que dicen más que muchas escenas de sexo

Y es el lenguaje de la ropa uno de los primeros que utiliza para comunicarse con Eve: ese cinturón que es el toque que le falta para que un vestido le quede perfecto y que aparece “misteriosamente” junto al probador de Eve o esa maleta repleta de perfume y telas de delicada caída son detalles clave a la hora de construir la relación entre las dos protagonistas. Basta que el espectador esté un poco involucrado con la historia para que este código le haga sentirse más fascinado aún por los vínculos que se van formando entre ellas. También es un medio más a través del cual intentar comprender qué pasa por la cabeza o qué siente Villanelle, cuya comunicación verbal es constantemente esquiva.

Por si fuera poco, hay elementos y objetos recurrentes en la serie, como las salchichas, los idiomas o las escobillas de water, que parecen aparecer en muchísimos momentos (aquí tienes una extraña lista de todas las salchichas que salen en el show) sin que quede claro si significan algo. La incertidumbre forma parte de la fascinación que genera Killing Eve.

El disfraz como medio para la construcción de un personaje

La sonrisa de matar de Villanelle

Decir que Jodie Comer y su Villanelle roban el show en Killing Eve es exagerar un poco. Este rebuscado personaje no funcionaría de manera tan milimétrica si no tuviera en la Eve de Sandra Oh el contrapunto perfecto. Pero si algo descubrimos a medida que pasan los capítulos es que, más que de espías, Killing Eve va sobre esa dolorosa sensación de euforia y culpabilidad que experimenta uno cuando está enganchado a un producto o persona que, a pesar de ser nociva, le causa a uno un placer obsesivo. Sobre el concepto de la adicción es sobre el que Sandra Oh dice haber construido a su personaje. Pero ello no sería creíble si el espectador no se volviera adicto a algo tan rebuscadamente peligroso como Villanelle.

La sonrisa de matar

Empatizamos con la obsesión de Eve casi desde que empezamos a hilar las andanzas y la errática personalidad de Villanelle. Sabemos que lo que hace está mal. Y sabemos que está peor todavía que ella disfrute haciéndolo. Sabemos que está loca de remate. Y, aún así, algo le recorre a uno por dentro cada vez que la esquiva asesina comete una de sus atrocidades. Su satisfacción es una especie de latigazo de placer y para ello la expresividad de Jodie Comer es tan fundamental que se puede decir que es, sin duda alguna, una de las claves del show. Al igual que Eve, no podemos dejar de mirarla. Aunque sea horrorizados, no podemos dejar de mirar cada nueva inflexión de su rostro. Porque desde Hannibal no asistíamos a nada parecido.

Oops

La cena. Y esos últimos diez minutos

Como es de esperar en una buena persecución, en realidad Eve y Villanelle comparten muy pocas escenas juntas. Pero las que comparten, Killing Eve las explota al máximo. La cosa entre ellas se va de madre en el episodio quinto, con un par de encuentros explosivos; y en el octavo, con un fin de temporada impredecible como emocional.

La cena del capítulo quinto es, en realidad, el momento en el que Killing Eve capturó a su público de manera definitiva después de una trayectoria de consistente ganancia de espectadores semana tras semana. Quince minutos magistrales en la que todas las tensiones entre las protagonistas, tanto narrativas como afectivas, chocan como sendos trenes de mercancías. En ellos al espectador le da tiempo a sentirse tan excitado como desconcertado, a reírse unas cuantas veces y a desear con igual intensidad que Eve y Villanelle follen y se maten entre ellas.

¿Qué hay de malo en cenar?

La barbaridad es que los diez minutos que constituyen el cierre de temporada son todavía más inmensos. Una catarsis de emociones y violencia que le obliga a uno a contener la respiración. El nivel interpretativo al que están Oh y Comer en estos últimos momentos solamente lo hace todo más memorable. Solo por el monólogo que se marca Eve, que podría firmar casi cualquier espectador en ese mismo momento; y la (¡por fin!) burlona sinceridad de Villanelle en estos compases finales merece la pena ver Killing Eve. Aunque el viaje hasta ese punto es inolvidable y una de las aventuras televisivas más divertidas, sorprendentes y originales que hemos visto en mucho tiempo. Ya puede verse entera en HBO para, tras ello, engrosar las filas de quienes esperamos la segunda temporada con ansia. Sorry baby.

Not sorry

Killing Eve