20 abril, 2017. Por

Kendrick Lamar

El rapero reflexiona sobre sus miedos, le hace bullying al jazz-hop y rapea con U2 y Rihanna
Kendrick Lamar

Como hubiera dicho Rajoy si escribiese en Pitchfork, “ese tío del jazz-hop del que usted me habla” ha decidido inmolar algunas de las marcas con las que lo identificamos en sus últimas dos referencias, las que lo lanzaron al estrellato y la pelea por la corona de la música urbana global, y reiniciarse. Hablamos, claro está, de DAMN., el regreso de Kendrick Lamar: como si no os hubierais dado cuenta.

El nuevo ejercicio de Kendrick Lamar (cuarto si no contamos untitled unmastered.; quinto si lo contamos) demuestra no solo su capacidad de movimiento, sino también que se pueden seguir firmando obras maestras saliéndose de lo esperable, de ciertos cánones impuestos por la crítica y el público, convirtiendo en impredecible algo que debería exigírsele a prácticamente cualquier músico: que cada álbum se mueva por donde quiera, pero ayude a configurar el mundo del artista.

damnBAJAS PRESIONES

Y eso ha hecho. Y si bien no se puede negar el peso simbólico de un álbum tan universalmente celebrado como To Pimp a Butterfly, en el que el de Compton se doctoraba firmando el mejor álbum de aquel 2015, en el que invitaba a soñar con una suerte de club de jazz repleto de raperos del gueto pero también con un sonido anti-fundamentalista, completamente transversal y horizontal; en DAMN. apuesta a perdedor para volver a ganar.

Y es que no solo consiguió quitarse la presión del “siguiente disco a To Pimp a Butterfly” con aquella colección de ¿rarezas? maestras que publicó por sorpresa el año pasado (untitled unmastered.), sino que ha decidido que en DAMN. no debía haber ni rastro del Kendrick Lamar de los tics del jazz ni de esa vanguardia costumbrista a la que se apela a la hora de pensar en su sonido.

El álbum orbita momentos de auténtico soul-hop para enredarse en el edredón con la compañía adecuada; tira de colaboraciones inesperadas; lanza algunos de los cortes más brutos e intensos, propios de varios “thug life”; y nos invita a pensar en este movimiento como “hacerse un Frank Ocean”.

HACERSE UN FRANK OCEAN

Hay algo de esa baja fidelidad que consigue hibridar postproducción vocal con una curiosa manera de reimaginar el soul y el r&b en parte de su cancionero. No es extraño que pensemos en el Blonde de Frank Ocean al escuchar canciones como PRIDE., LUST., YAH. o LOVE., cuatro de esos cortes que consiguen trazar un puente imaginario entre la facción más romántica y melódica de la Motown y el gueto suave.

De hecho, y a pesar de que LUST. juegue con formas y manierismos algo más experimentales (posiblemente la canción que explora más texturas del disco: no es raro que la produzcan los canadienses BadBadNotGood), en las otras dos mentadas (LOVE. y PRIDE.) juega con cadencias sobradamente dub-pop: en su particular oda al amor romántico tira de Zacari, una suerte de cruce entre ANOHNI y AKON; y en YAH. se asocia con uno de sus productores-manos-derecha (Sounwave) para sonar tan fumado como enamorado, y en PRIDE. tira de los insultantemente jóvenes Anna Wise y Steven Lacy para reprender al pop desde una suerte de falso reggae, falso r&b, puro lamarismo.

MÚSICA PARA FOLLAR (O PARA QUE LO AMES)

Gravitante y sensual, meneándose a gusto por las fronteras del pop más sexy, posiblemente los hits más accesibles para el gran público, más inmediatos para el circuito comercial y menos abrasivos para aquellos que quieren acercarse de puntillas a las nuevas vanguardias de los divos urbanos sean canciones como ELEMENT., LOYALTY., FEEL., FEAR. o GOD.

De ellas, posiblemente LOYALTY., que cuenta con la insigne y mediática colaboración de Rihanna y la producción de un auténtico capo de los medios tiempos de calado urbano mainstream como Kuk Harrell (colaborador de una retahíla de artistas que van desde Mariah Carey y Celine Dion a Usher, Beyoncé o Justin Bieber, entre otros), además de que parezca que está sampleando el 24K Magic de Bruno Mars en versión ralentizada; o la sinuosidad de la neoclásica ELEMENT., que cuenta con la coproducción de James Blake en una pieza en la que sigue resolviendo sus propios problemas y miedos pero sin dejar de sonar sexi.

No es raro que a partir de ahora no solo te pongas los discos de Portishead a la hora de ponerte a practicar tus ejercicios más íntimos: hay un cancionero de Kendrick Lamar potencialmente follable, o como mínimo que sirva como banda sonora para: sobre todo en FEEL., un monumento a la sensualidad urban.

THUF LIFE Y MANTA

Cuando menos te lo esperabas, sacudida, old school, ramalazos trap y movimientos de cogote y manos arriba como en la escena rap más gangsta de los años ’90, pero con contenido. De ahí que (¿casualidad?) las tres canciones producidas por Mike Will Made It (rey de las bases de los nuevos dioses del ritmo urbano: Jay Z, Beyoncé, Future, Nicki Minaj, Lil Wayne, Wiz Khalifa…) sean disparos certeros, a bocajarro y que crean legión.

Por un lado, DNA. consigue dar un buen hondazo a Geraldo Rivera (periodista de FOX News que criticó algunas letras de Lamar, acusando al hip-hop de ser una mala influencia para los jóvenes afroamericanos); en HUMBLE. tira de estribillo pegadizo (“sit down / be humble”) para dejarle algunos recados a Donald Trump en un ritmo casi de trap rockero; y en cuanto a XXX., quizá merezca un apartado independiente.

MAKE U2 GREAT AGAIN

Sí, XXX. es la canción de Kendrick Lamar con U2, «esa canción de la que usted me habla». La canción en la que Bono y compañía salen de su zona de confort para participar en la pieza más política de Lamar en DAMN.: cuestiona el estado actual de América, vuelve a dejar recados a Trump, parte la canción en al menos tres movimientos, sienta a Bono ante una melodía tan ensoñadoramente soul como rehabilitadora de los patrones más herméticos de la banda irlandesa.

Quizá XXX. sea el primero de una serie de precedentes de unión entre los dioses musicales de ayer y los de hoy: una reunión cumbre que más que buscar el click fácil, la colaboración exitosa simplemente por los componentes que consiguen conectar, reimagina el sonido de ambos. Aquí, U2 se acercan a las cadencias más r&b y soul de Kendrick, y el rapero va mutando en diferentes direcciones, embrutecido y cariñoso pero siempre ácido y crítico.

Kendrick Lamar