23 octubre, 2017. Por

Ken Jacobs

De boda con los Lumière en el Guggenheim
Ken Jacobs

“El mundo sería diferente si nuestros ojos fueran diferentes”, dice el videoartista Ken Jacobs al hablar de su trabajo, cuyo objetivo no es otro que el de hacer que el espectador se cuestione la veracidad de las imágenes. Con su particular manera de explorar la tridimensionalidad del mundo, el cineasta creó su pieza Los invitados en 2013 junto a su esposa y compañera profesional Florence Jacobs, reutilizando una filmación original de los hermanos Lumiére de 1896, y ahora la presenta hasta el 12 de noviembre en el Museo Gug­genheim de Bilbao.

Desde mediados de la década de los cincuenta Jacobs experimenta a partir de metraje antiguo y desechado o de material nuevo ralentizado a través de un curioso invento: el proyector Nervous System Lantern. Su motivación principal siempre fue su interés en la relación espectador-imagen, así que a mediados de los setenta comenzó a desarrollar un concepto conocido como eternalismo, basado en ilusiones en tres dimensiones a través de una rápida yuxtaposición de fotogramas conectados entre sí: Y esto es exactamente lo que hace en Los invitados para, en sus propias palabras, “entrar en una supuesta realidad cinematográfica con el fin de dejarla, cariñosamente, hecha pedazos”.

Desde la perspectiva de Walter Benjamin, el cine era el continuador de la tarea de aquellos “torpes precursores dadaístas” tomando el testigo de someter al público a una terapia de shock. En esta época de la reproductibilidad técnica de la obra de arte lo más sorprendente del planteamiento benjaminiano es que sitúa la solución en la misma tecnología que provoca el problema alzando al cine como instrumento combativo.  En el caso de Jacobs, esta terapia de choque viene dada por el factor tiempo; el carácter puntual de sus imágenes posestructuralistas impacta al espectador con su ritmo entrecortado.

En efecto, como decía Deleuze en La imagen tiempo, “no hay virtual que no se torne actual en relación con lo actual, mientras que lo actual se torna virtual por esta misma relación: son un revés y un derecho perfectamente reversibles”. Son “imágenes mutuas”, en las que existe un intercambio. Así pues, en esta pieza, la confusión entre lo real y lo imaginario, o lo presente y lo pasado, o lo actual y lo virtual, no se produce en la cabeza del espectador, sino en el carácter mismo de ciertas imágenes existentes, dobles por naturaleza.

«Esas tramas adictivas del cine de las que habla tienen un hilo narrativo basado en la ansiedad: ¿qué va a pasar?, ¿cómo va a terminar? Y a este veterano del vídeo no le interesa la ansiedad; quiere simplemente, disfrutar de la ilusión»

 

Según Jacobs, los Lumière interfirieron en el tiempo con el final de la guillotina. Cualquier actividad pasajera podía ser recordada y repetida tan a menudo como uno quisiera sin esperar grandes proezas de sus protagonistas: una rama movida por el viento, personas que entran y salen… detalles cotidianos que se repiten una y otra vez. Luego llegó Chaplin y se lo cargó todo. Jacobs afirma que el progreso en el cine solo nos ha llevado a destruir ese regalo a través de historias con tramas adictivas, que tienen principio y fin.

Este trabajo casi mágico se centra en una de las primeras creaciones de los hermanos Lumière, con los invitados de una boda entrando en una iglesia de París. Jacobs es el encargado de intervenir esta pieza, ralentizándola con esa sucesión de fotografías individuales y duplicando la imagen que aparece en la pantalla con un fotograma de diferencia, de modo que cuando el espectador ve la película con gafas 3D, a medida que los invitados se mueven de un lado a otro, las combinaciones crean imágenes tridimensionales en su mente.

Así, el metraje original de los Lumière pasa de ser un mero documental a una misteriosa e interactiva experiencia visual. Espacio, volumen, capas en suspensión; todo esto tiene mucho que ver con su trabajo, con su empeño por desarrollar artesanalmente la tridimensionalidad: las sensaciones son para Jacobs una clave esencial de la experiencia cinematográfica. Porque esas tramas adictivas del cine de las que habla tienen un hilo narrativo basado en la ansiedad: ¿qué va a pasar?, ¿cómo va a terminar? Y a este veterano del vídeo no le interesa la ansiedad; quiere simplemente, disfrutar de la ilusión.

Ken Jacobs