10 octubre, 2017. Por

Kazuo Ishiguro

Por qué está bien que Ishiguro le haya comido la tostada del Nobel a Roth o Murakami
Kazuo Ishiguro

Ni Philip Roth, ni Haruki Murakami, ni Amos Oz, ni Ismaíl Kadaré. La Academia Sueca vuelve a dar una larga cambiada premiando a un escritor del que no habían oído hablar en las casas de apuestas. Hasta Donald Trump, cosas veredes, estaba entre los 318 candidatos al insigne galardón. La elección de Kazuo Ishiguro hace saltar los resortes de los entendidos y de los no entendidos, lo que en absoluto le resta merecimiento. Del terremoto que ocasionó el nombramiento, en 2016, de Bob Dylan, se esperaban réplicas como la imposibilidad de que se volviera a premiar a un varón anglosajón en al menos dos décadas. Pero eso es justo lo que ha ocurrido. De haber sido Ishiguro, además, también judío, estaríamos ante un giro copernicano en el criterio de toma de decisiones de la Academia. Podríamos llegar a pensar que Philip Roth podría llevárselo algún día.

Aún hay esperanza, deducimos de la decisión de los sabios suecos. La generación de contemporáneos de Roth, esa en la militan los ilustres Thomas Pynchon, Don DeLillo y Cormac McCarthy, todos ellos con los 80 años cumplidos, puede aún llevarse el entorchado. Y queda un resquicio de esperanza para los compañeros de viaje de Ishiguro en las letras británicas desde aquellos remotos años 80 del siglo pasado, de Salman Rushdie a Hanif Kureishi pasando por Ian McEwan y Martin Amis. Ishiguro, en todo caso, viene a cumplir con ese eurocentrismo que tantas veces se le ha recriminado a la Academia Sueca. Nacido en Japón hace 62 años y trasladado a los 5, junto a su familia, a Inglaterra, el escritor ha puesto en pie una obra corta (8 libros) pero profunda, que después de unos inicios de más abundante producción ha ralentizado su ritmo hasta alcanzar la cadencia de una novela publicada cada 10 años.

De su comparecencia ante los medios tras conocer la condecoración ha dado tres pinceladas que definen al escritor nuevo, al autor desacomplejado que no circunscribe su simbolismo en la sociedad al de un mero observador de ésta. En primer lugar ha reconocido que cuando le llegó la noticia pensó, de inmediato, que se trataba de una broma o de fake news. En segundo, ha hecho un humilde llamamiento a la concordia entre los pueblos ante la agitación (su postura antiBrexit es conocida). Y, en tercero, cuando le han preguntado que pensaba hacer a partir de ahora, ha respondido que colaborar en un cómic. Sus palabras hablan por sí solas sobre su implicación en los dilemas occidentales del momento: “Estoy preocupado por muchas cosas, entre ellas el auge de los nacionalismos y los populismos. Creo que hay un gran vacío de los valores fundamentales, pero tengo fe y sé que las cosas mejorarán”.

El siempre escueto comunicado que cada mes de octubre se da a conocer en Estocolmo asegura que Ishiguro escribe “novelas de gran fuerza emocional que han descubierto el abismo bajo nuestro ilusorio sentido de conexión con el mundo”. Una frase que bien podría pertenecer a una reseña sobre Nunca me abandones (Anagrama, 2005), su incursión en la distopía. Bajo ese mismo parámetro podría juzgarse toda su obra, que siempre incursiona en territorios donde donde la reconstrucción colectiva del pasado juega un papel clave.

«La versatilidad del nuevo Nobel es también un varapalo para los que siguen entendiendo el galardón como el premio al canon inamovible de lo que se entiende por escritor clásico»

 

Los restos del día (Anagrama, 1989) aborda, al fin y al cabo, la reelaboración de un tiempo pretérito a partir de la memoria y de los hechos, consumados, a los que aboca el presente. Novela ésta, por cierto, que tuvo su traslado a la gran pantalla en 1993 en una cinta en estado de gracia; James Ivory, detrás de la cámara, y tanto Emma Thompson como Anthony Hopkins tocan la cima de sus carreras con una dirección y unas interpretaciones soberbias. Nunca me abandones, aunque con peor suerte, tuvo también su versión cinematográfica en 2010, de la mano del director Mark Romanek. En la obra de Ishiguro sobresale también su último trabajo, El gigante enterrado (Anagrama, 2016), una novela que vuelve a sondear los ecos del pasado y en la que son protagonistas la familia, la sangre y la noción de patria.

La versatilidad del nuevo Nobel es también un varapalo para los que siguen entendiendo el galardón como el premio al canon inamovible de lo que se entiende por escritor clásico. Ishiguro ha firmado guiones de cine, como en el caso de la singular The Saddest Music in the World (2003), medio musical y medio desenfadada comedia. Ha reconocido muchas veces que tuvo la fantasía de ser el nuevo Bob Dylan o el nuevo Leonard Cohen, un tipo capaz de escribir, tocar y seducir a una audiencia con su música. De hecho, toca el piano desde los 9 años y es asiduo a la guitarra desde hace unos cuantos más, hasta el punto de que cerca de un centenar de canciones llevan su firma. Reconoce que hasta la adolescencia no fue muy lector, y que, a pesar de lo que pudiera parecer, se devana los sesos por escribir libros que no puedan convertirse en película. No regresó a Japón hasta superada la treintena, aunque sus primeras novelas hablaban de su país natal y de las heridas niponas tras la II Guerra Mundial. Tampoco tiene inconveniente en reconocer que la suerte de estar en el momento justo en el lugar adecuado le ha permitido desarrollar su creatividad y convertirse en escritor.

Sobran los motivos, por lo tanto, para leer o releer a un escritor tocado con la varita del talento y con una extraordinaria capacidad para tocar a sus lectores. Tan humilde como solo pueden serlo los mejores y dotado de un formidable, y muy abierto, mundo propio.

Kazuo Ishiguro