8 junio, 2018. Por

Jurassic World: El Reino Caído

Pocas veces un título describió tan acertadamente el estado de una franquicia
Jurassic World: El Reino Caído

Hollywood vive en una era en la que la osadía es una de sus señas de identidad. Osadía para retomar la historia de películas tan redondas e insuperables como Blade Runner (Ridley Scott, 1982), Alien, El Octavo Pasajero (Ridley Scott, 1979); o tan arraigadas en el imaginario pop como Tron (Steven Lisberger, 1982) o la propia saga Star Wars. En afán relanzador una de las están saliendo peor paradas es Jurassic Park (Steven Spielberg, 1993). Una película que, más allá de ser un icono del cine de los 90 o una de las cumbres profesionales de su autor, es una de las mejores piezas de entretenimiento que jamás haya llegado a estrenarse en una sala de cine. Y que ahora tiene que soportar que en nombre de la taquilla su nombre se vea arrastrado por el pringoso fango de la mediocridad.

Y el problema no es, ojo, el querer hacer dinero. La propia Jurassic Park ostentó el título de película más taquillera de la historia hasta que llegó Titanic (James Cameron, 1997). Hacer dinero es un objetivo respetable. El problema es vender tedio, fotocopia, misoginia y una falta asfixiante de imaginación como algo nuevo, defendible o que merezca ser visto. Lo hizo Jurassic World (Colin Trevorrow, 2015) y lo hace, aunque de forma algo diferente, su secuela, Jurassic World: El Reino Caído (J.A. Bayona, 2018), que se estrena hoy en cines de medio mundo. ¿Lo bueno? Es mejor que su predecesora. ¿Lo malo? Eso no era tan difícil.

“¿Lo bueno? Es mejor que su predecesora. ¿Lo malo? Eso no era tan difícil”

Han pasado tres años desde el catastrófico desalojo del parque temático Jurassic World después de que un ejemplar de Indominus Rex, un dinosaurio sintético creado por los propietarios del parque para atraer nuevos visitantes, pusiera el lugar patas arriba. En este tiempo, Isla Nublar se ha convertido en un santuario en el que los dinosaurios viven sin intervención humana. Lástima que el volcán, supuestamente extinto, que creó semejante paraíso natural, decida volarlo por los aires y, de paso, a todos los dinosaurios vivos de la Tierra. Los grupos animalistas ponen el grito en el cielo mientras los ricachones se afanan por sacar la mayor cantidad de criaturas de la isla. Por supuesto, la anterior directora del parque, Claire Dearing (Bryce Dallas Howard) y el adiestrador de velociraptores Owen Grady (Chris Pratt) se encontrarán en medio de semejante jaleo.

 

La empresa que Juan Antonio Bayona se trae entre manos es complicada. Es cierto: la inercia y el verano probablemente llenen las salas de cine que proyecten su Jurassic World. Aunque igual habría que tomar nota del batacazo que se ha pegado Disney con Han Solo y revisar la idea de que el público va a comprar entradas por lo que sea, siempre y cuando pertenezca a una franquicia mítica. Por otro, el peso de las películas originales (la primera e, incluso, la segunda) se antoja excesivo. Claro que un vídeo de móvil grabado por niños con sus dinosaurios de goma sería más satisfactorio como película de esta franquicia de lo que lo fue la que firmó Colin Trevorrow en 2015.

“Mientras la acción se desarrolla en Isla Nublar, ‘Jurassic World: El Reino Perdido’ es una película francamente entretenida”

Y Bayona parece que arranca bien. Hay una isla, dinosaurios que corren libres como el viento, lava y bolas de fuego por doquier, los héroes que tan bien funcionaron en la cinta anterior (que alguien me explique eso), unos cazadores ávidos por hacerse con trofeos de los colosos jurásicos y un par de nerds, torpones y cobardes, que se supone que hacen de desahogo cómico. Es decir, hay detalles absurdos, como que a nadie se le ocurra llevarse vulcanólogos o geólogos a una erupción volcánica (¿no vieron Un Pueblo Llamado Dante’s Peak?) o que los protagonistas no se huelan las verdaderas intenciones de sus nuevos jefes. Pero, mientras la acción se desarrolla en Isla Nublar, Jurassic World: El Reino Perdido es una película francamente entretenida.

Dinosaurios y lava. Era difícil que eso saliera mal

Lo logra librándose del lastre que es obligar a los protagonistas a ir cargando con un par de niños plastas (¿comprenderán algún día en Amblin que eso funcionó un par de veces y ya?), con una acción eficaz que no abusa del “carisma” (por llamarlo algo) de sus estrellas y que, sobre todo, no huele a la patética fotocopia de las películas originales que fue su predecesora. Ni siquiera las escenas de cacería tratan de emular a las que aparecían en El Mundo Perdido (Steven Spielberg, 1997). La peli no descubre nada nuevo pero entretiene sin molestar. El problema es que esta etapa dura una hora. Y El Reino Caído dura dos.

“En la mansión la acción se vuelve repetitiva y los conflictos, de preescolar”

Sin desvelar detalles de la trama, la segunda mitad de Jurassic World: El Reino Caído se desarrolla en una mansión llena de dinosaurios. Y aquí es donde la peli se desmorona de manera inmisericorde. Los clichés, los giros previsibles, las fantasmadas de Chris Pratt, los intentos vacuos de justificar científicamente algunas de las patadas que se le propinan al guión y la niña, innecesaria y carente de todo interés, se acumulan para sumar minutos y minutos sencillamente inaguantables. Nada de lo que pasa sorprende. En este momento entra, además, Bayona a introducir algunos homenajes a las películas originales que solamente hacen que, por comparación, Jurassic World: El Reino Caído se vuelva más odiosa. Al menos uno no se siente chantajeado. Pero sí aburrido.

No hay un solo tramo de los que suceden en la mansión que se pueda considerar entretenido

La acción se vuelve repetitiva y los conflictos, de preescolar. Si se pretende mantener al espectador en tensión, causar miedo en algún momento, sorprender y, puntualmente, hacer reír; fracasa en todos y cada uno de estos intentos. Ni una sola de las persecuciones ni “luchas” contra los monstruos prehistóricos es capaz de causar la más mínima emoción en un espectador que haya visto o bien las cintas originales o bien las toneladas de cine que han sido influidas por ellas. Ni una sola secuencia está a la altura de la del camión sobre el acantilado en El Mundo Perdido o de, básicamente, cada maldito minuto de Jurassic Park. Y ambas tienen más de 20 años.

“‘El Reino Caído’ solamente puede engancharte o sorprendente si tienes cuatro años o si llevas desde 1992 sin ver una película de aventuras”

Al final El Reino Caído solamente puede engancharte o sorprendente si tienes cuatro años o si llevas desde 1992 sin ver una película de aventuras. Ambas premisas reducen un poco el target de audiencia. Pierde una oportunidad divina de hacer una reflexión mínimamente inteligente sobre las luces y las sombras de los movimientos animalistas como la que sí que consiguió articular de manera brillante Okja (Joon-ho Bong, 2017) y es incapaz de resolver de manera medianamente creíble su propia trama. La sensación de estafa o las ganas de que la protagonista femenina muera son un poco menos acusadas que en la anterior peli. Pero es preocupante que en pleno siglo XXI todas las heroínas de las películas originales de Jurassic Park estuvieran a años luz de la que se supone que es el 50% de la nueva saga.

Jurassic World: El Reino Caído