4 octubre, 2017. Por

June Fernández

Hablamos con la activista feminista y uno de los cerebros detrás de Pikara Magazine
June Fernández

Con ganas de complicarse la vida, la periodista vasca June Fernández dejó El País para dedicarse a una revista feminista. Ella es, junto a Andrea Momoitio, la cara detrás de la revista Pikara Magazine, desde donde, con perspectiva de género, cuenta historias de personas libres y rebeldes que se salen de la norma. Asimismo, June colabora para otros medios e imparte formación en comunicación y género.

El pasado año, la periodista decidió mostrar en forma de libro la vida de diez personas que la han fascinado, con las que reivindica el derecho a vivir como nos dé la gana. Las nicaragüenses Irina y Juanita, Antar y su odio al verano, la Virginia Woolf de Mediona, la gallega Manuela y su juego tradicional, Yoli y la comunidad Stop Gordofobia, la habanera Yasmín, la salvadoreña Nicole, el ajero Julio y la guatemalteca doña Sebastiana son sus 10 ingobernables, historias de transgresión y rebeldía, gente que ha decidido rechazar asfixiarse en el modelo de normalidad.

“Me parece tremendo que un medio que sigue publicando a Javier Marías, por ejemplo, luego saque a Paula Echeverría diciendo que no es feminista: El País es uno de esos medios”

 

Las historias de tus diez ingobernables se clavan dentro, rompiendo esquemas y abriendo mentes. ¿Te fue difícil elegir diez? ¿Quiénes se han quedado fuera?

Cuando me puse a pensar qué quería contar, pensé en personas que, por algún motivo, desobedecen los mandatos de género. De entrada, había personas a las que ya había entrevistado previamente en un formato más convencional, para Pikara u otros medios. Esas historias son las que tuve claro que quería contar de una forma más amplia porque son impresionantes, que son la de Irina, Yasmín y doña Sebastiana.

A partir de ahí, pensé también en personas que me habían fascinado, que había conocido, y que no había tenido oportunidad de entrevistar, por ejemplo, Nicole, que desde que la conocí he querido contar su historia. Por otro lado, alguna historia no fue tan pensada, apareció por el camino como, por ejemplo, la historia de las gallegas, al conocer la tesis de Manuela Vázquez sobre un juego tradicional gallego.

En cuanto a los que quedaron fuera, por motivos logísticos, tenía en mente personas interesantes, pero alguna es de Nicaragua y desde que lo pensé no he regresado a este país, o de esto que conoces a alguien en Alicante, tienes una conversación aislada y te parece muy forzado ir a buscarla. Se han dado las que se tenían que dar ahora y el resto ya se verá.

Aunque son diez historias, empiezas el libro hablando de una undécima ingobernable, la habanera Yuri. ¿Te gustaría poder contar su historia en un futuro?

Sí, tengo esa espinita y puede ser una historia interesante. Incluirla en el prólogo me ha dado pie a explicar que las cuestiones de diversidad sexual e identidad de género muchas veces se asocian con algo europeo, algo de lo que nos preocupamos la gente privilegiada, pero con su historia muestro que la identidad de género está también vinculada con las condiciones de vida, económicas y sociales.

«Latinoamérica me ha hecho abrir miradas, salirme de un feminismo que pueda ser el que inicialmente nos despierta a alguien como yo, blanca y de clase media, y conocer otras formas de luchar»

 

Te describes como una persona a la que le gusta romper tabúes y provocar cortocircuitos contra los sectarismos (el tuyo incluido). ¿Qué te ha chocado de los protagonistas del libro? ¿Hay algo en ellos que te haya hecho cambiar tu opinión sobre algo?

Por ejemplo, el tema de darte cuenta de cómo vemos la solución de la violencia machista. Para ellas el objetivo no es denunciar al marido, sino simplemente lograr que el marido las deje de pegar. Eso me choca porque me parece insuficiente. Para mí, las mujeres tenemos derecho a hacer nuestra vida y a aspirar a la mayor felicidad y placer, pero en el contexto de ellas, aspiran a sobrevivir, no tienen la opción de divorciarse.


De todas las historias narradas, ¿hay alguna que te haya marcado más sobre las demás?

A través del periodismo, he conocido, por ejemplo, a Doña Sebastiana. Su historia me impactó muchísimo porque es alucinante cómo ha pasado de un nivel de violencia extrema a cómo se enfrenta a todo, cómo ha pasado de ser una mujer anulada por la violencia machista a ser una superviviente que planta cara a jueces y políticos. Como periodista, encontrarme con una historia así marca.

Por otro lado, están las personas que he conocido en mi vida, amistades que he decidido llevarlas al libro, como es el caso de Antar. Es una historia por la que yo sentía una gran responsabilidad porque es contar la historia de mi amigo y que él se sintiera a gusto. Lo que yo estaba contando, lo he vivido. Ahí tuve la duda de si incluirme o no en el relato porque, por una parte, me daba pudor incluir que estuvimos saliendo, pero, por otra parte, sí que vi necesario contar escenas en las que yo era parte de ello. Me ha servido de hilo conductor cuando me dicen si no es complicarme la vida salir con un chico trans.

Eso te quería preguntar… Lo único que encontramos autobiográfico en la obra es cuando cuentas que tuviste una relación con uno de los protagonistas del libro, con Antar. ¿Qué querías hacer ver al lector con esa información?

En el resto de historias, la forma de trabajo era una entrevista  y, en el caso de Antar, no hubo entrevista. Contaba la historia que había tenido con él. Podía haber dicho que era mi amigo y ya, pero la parte de amigas diciéndome que si eso no era complicarme la vida, me parecía que era muy paradigmático.

Además, quería mostrar complicidad, que como periodista no solo me dedico a hacer entrevistas, sino que esta es mi gente y yo me siento parte de esta comunidad y quiero contar las historias de la gente que tengo a mi alrededor.

«Las escritoras llevamos una mochila de inseguridad por situaciones en las que nos hacen sentir distintas»

 

Incluso, citando a la poetisa libanesa Joumana Haddad, dices al final de la obra que eres lo que te dijeron que no fueras. ¿Por qué no has incluido tu historia en el libro? ¿Es más difícil mirarse dentro?

Mi historia no es que sea nada espectacular. Las rebeldías que yo tenía en mente son el camino periodístico por el que he tirado, dedicarme al activismo, ser una persona que no ha mirado a otro lado ante las injusticias y que intenta involucrarse, elegir vivir en Nicaragua cuando es un país sobre el que todo el mundo me decía: ¿a qué vas a Nicaragua? Respecto a mi vida afectiva sexual como, por ejemplo, Antar o identificarme como lesbiana, sí que son caminos incómodos, pero en absoluto he sentido que tenga contar mi historia.

Empecé como bloguera y hablaba en primera persona porque creo que se conecta más con la gente si hablas en términos de ti misma que si hablas en términos abstractos de la violencia patriarcal… Pero me he quemado un poco con esa exposición. La editorial, inicialmente, cuando me propuso el libro, sí que esperaba algo más personal, tenía en mente el artículo de que me gusta el reggaetón. A mí me apetecía más mostrarme como cronista.


Algunas de tus historias son de personas latinoamericanas, ¿de qué forma te ha marcado esta parte del continente americano?

Las cinco historias de Latinoamérica son las primeras en el tiempo, aunque en el libro estén intercaladas. El tema geográfico me parece interesante porque, por una parte, puedes establecer conexiones entre las protagonistas, que se sienten incluso hermanadas, pero, por otra parte, sí que se ve lo distinto que es ser trans en Nicaragua, donde lo que se está trabajando es el reconocimiento institucional y sanitario de los derechos, y ser trans en Madrid, donde se está peleando por no tener que entrar por un cauce único que marca una ley muy estrecha.

Latinoamérica me ha hecho abrir miradas, salirme de un feminismo que pueda ser el que inicialmente nos despierta a alguien como yo, blanca y de clase media, y conocer otras formas de luchar y otras estrategias. Y conocerlas desde el reconocimiento, no victimizarlas. El ejemplo de mujeres LGTB en Centroamérica, que están sometidas a unos niveles de violencia de gran intensidad, al mismo tiempo no son víctimas, sino que están mostrando su capacidad de ser libres.

«Hay un tipo de feminismo light, de girl power, que sigue siendo individualista, pero quizá hay gente que entra por ahí y termina conociendo un feminismo más colectivo y subversivo»

 

«No espero sonreír cuando se espere de mí que lo haga», contestas ante la pregunta de por qué en tu foto del libro apareces seria. ¿En qué momentos se ha esperado de ti que sonrías?

Todo el rato. Nos pasa a todas las mujeres a nada que seamos de gesto serio. Una vez se me quedó grabado que fui al aeropuerto de Bilbao a las cinco y media de la mañana, dormida y cabreada por haber madrugado tanto, y el policía nacional del control me dice: «chica, sonríe un poco». Fíjate hasta qué punto se espera de nosotras que seamos siempre agradables a la vista, algo que nunca le va a pasar a un señor de 60 años, por ejemplo.

También, trabajando de cara al público a las mujeres se nos exige una sonrisa. Otro momento que recuerdo es en una ocasión que iba sola por la calle, por la noche, que es una situación que podría ser vulnerable, y un barrendero me dijo que si se sonrío estoy más guapa.


De forma intencionada, no mencionas la palabra feminismo por ninguna parte del libro para, como ya has comentado, que no se encasillara con ello y dejara fuera a gente que no leería sobre feminismo. Con lo que está ahora de moda el término -en camisetas, en artículos-, ¿crees que corre peligro que se tienda a banalizar el término en sí?

La palabra, al mismo tiempo, es demonizada y está de moda. Yo, como mucha gente, por una parte me alegro, porque el hecho de que esté por todas partes abre muchos debates. Me imagino que una chica que lleva una camiseta con mensaje feminista le hace hablar de feminismo. Eso me parece positivo. Pero que la industria de la moda saque dinero haciendo estas camisetas me parece de un cinismo alucinante. Sí que hay ciertos riesgos, de que hay un tipo de feminismo light, de girl power, que sigue siendo individualista, pero quizá hay gente que entra por ahí y termina conociendo un feminismo más colectivo y subversivo.

«Los medios de comunicación siguen sin replantearse todas sus dinámicas y sin cuestionarse por qué las mujeres salimos menos en los medios como expertas o por qué hay menos mujeres columnistas»

 

Los medios de comunicación cada vez hablan más sobre feminismo, pero siguen siendo igual de machistas…

Ahora los medios han encontrado un filón en preguntar a famosas si son feministas para luego ponerlas sobre el foco. Me parece tremendo que un medio que sigue publicando a Javier Marías, por ejemplo, luego saque a Paula Echeverría diciendo que no es feminista.

El País es uno de estos medios que es feminista a ratos, publicaban en el Huffington Post, y yo creo que pasa eso. Los medios han visto que el feminismo genera tráfico, que hay un interés social hacia estos temas que hasta ahora no estaban atendiendo. Creo que esto es un logro de las comunicadoras feministas que hemos posicionado estos temas. Sin embargo, por otro lado, cuando los medios no están haciendo esto, siguen sin replantearse todas su dinámicas y sin cuestionarse por qué las mujeres salimos menos en los medios como expertas, por qué hay menos mujeres columnistas, etc.


¿Qué tienen que hacer los medios para informar mejor sobre violencia de género?

Una cosa básica es contar con fuentes expertas. En el caso de Juana Rivas, los medios que han hecho un buen trabajo es porque han entrevistado a juristas con perspectiva de género o a psicólogas que entienden bien cómo funciona el ciclo de la violencia. También, es fundamental la empatía y la responsabilidad social. Creo que no es tan difícil. Todo el mundo tenemos cerca algún caso de violencia.

Hace poco han hecho una investigación en la que observaban cómo reaccionaban víctimas de violencia sexual al leer estas noticias en los medios. Eso me parece interesante porque una cosa que podría ayudar en la empatía y la responsabilidad es preguntarte: esto que estoy publicando qué impacto va a tener en la vida de esa persona y esa familia y qué le vas a hacer sentir. Las víctimas están diciendo que se identifican más con la palabra superviviente que con la de víctimas. Que están hartas de la visión de los medios de víctimas y pobrecitas. Lo de incluir a las supervivientes en estos debates e informaciones podría ser interesante.

«Muchas veces encuentras a personas que están luchando contra la violencia de género sin cuestionar los propios modelos de feminidad y masculinidad»

 

Tenemos tanto pendiente en materia feminista en España… ¿Qué destacarías como los aspectos más urgentes? ¿Quizá la interseccionalidad es lo más urgente?

La interseccionalidad y la transversalidad, aprovechar el conocimiento, legitimar al feminismo como una corriente política y académica que hace aportaciones muy interesantes a todos los temas. La economía feminista, por ejemplo, es fascinante y solo se habla de ella cuando se decide hablar de economía feminista, pero cuando estás abordando una reforma de pensiones, ahí rara vez se le ocurre a nadie el discurso desde el feminismo.

Otro aspecto es que qué bien que tenemos políticas como Ada Colau que hace interpretación de la crisis de Barcelona diciendo que el problema es el modelo patriarcal de política de Barcelona. Las propuestas desde el feminismo podrían cambiar las dinámicas en políticas, en economía…

También, estoy bastante obsesionada con la atención a la dependencia. Así como las feministas salimos a la calle a favor del derecho al aborto cuando se intentó recortar, la ayuda a la dependencia es algo que nos condiciona a todas las personas porque todas cuidamos o vamos a ser cuidadas e incluye a muchos movimientos sociales. Es alucinante cómo el Gobierno ha ido recortando estos presupuestos y no nos hemos movilizado de la misma manera.

Me refiero a salirnos de la agenda tradicional de violencia machista, abortos, que sigue siendo importante y necesaria, y abrirnos a otros retos como este. O, también, por ejemplo, los desahucios. El movimiento de los desahucios ha sido protagonizado por mujeres, porque la precariedad también afecta especialmente a las mujeres, y, ¿dónde hemos estado las feministas ante una lucha tan importante en nuestro país?

«Comparas cómo se expresa Dulceida y cómo se expresa Wismichu o Auronplay, y en esta construcción de los géneros, está que las mujeres tenemos que ser super happys y lívidas y caer bien, y ellos hablar agresivo»

 

Para todos aquellos que vivimos en un modelo de normalidad asfixiante, ¿cuáles son nuestras armas ante ello?

Si tú estás cómoda, si tu forma de entender la vida coincide con la mayoritaria, pues ya está. Si quieres salirte de ahí, para mí el activismo ha sido importante. En los movimientos sociales conocí a gente que hacía las cosas de otra manera.

En alguna entrevista has dicho que es el mismo género el que produce violencia, ¿a qué te refieres?

Es algo que dice el filósofo Paul B. Preciado y creo que es importante. Siempre se suele decir que la desigualdad es la base por la que hay violencia, que los hombres y las mujeres no somos iguales, que los hombres son superiores… Lo que dice Paul B. Preciado es que el hecho de separar a hombres y mujeres de una forma rígida y tener unas expectativas de unos y de otros eso ya es violencia. Produce violencia, por una parte, hacia las personas que no encajamos en ese esquema. Toda transgresión de ahí va a haber violencia: en el colegio si eres un niño afeminado, etc. Y, por otro lado, la forma en la que se han construido los géneros. Si ves a un adolescente cómo está aprendiendo a ser hombre y a aceptarse como hombre ya enseguida se ve que en esa performance la agresividad está muy marcada. Yo veía en mi hermano que ir expresándose como hombre era escupir, expresar tacos, hablar de una forma dura…

Siempre pongo el ejemplo de los youtubers. Comparas cómo se expresa Dulceida y cómo se expresa Wismichu o Auronplay, y en esta construcción de los géneros, está que las mujeres tenemos que ser super happys y lívidas y caer bien, y ellos hablar agresivo. Muchas veces encuentras a personas que están luchando contra la violencia de género sin cuestionar los propios modelos de feminidad y masculinidad.

«El último libro que he leído es el de Tea Rooms, de Luisa Carnés. Es una escritora de la generación del 27. Todos sabemos quién es Lorca o Alberti, pero nadie sabe quién es Luisa Carnés»

 

¿Qué obras te han marcado últimamente? ¿Y series?

El último libro que he leído es el de Tea Rooms, de Luisa Carnés. Es una escritora de la Generación del 27. Todos sabemos quién es Lorca o Alberti, pero nadie sabe quién es Luisa Carnés. Era una mujer muy pobre, de Madrid, que había trabajado en la industria textil y se puso a escribir de joven de forma autodidacta. Tuvo una temporada que trabajó en un café en Madrid y cuenta su experiencia. Y es alucinante porque cuenta la vida de estas camareras y toca temas como el aborto, la prostitución, el acoso…. Realmente te da perspectiva de cómo el feminismo no es algo nuevo ahora, sino que las mujeres ya se enfrentaban. Lo recomiendo mucho.

Otro que leí en su día fue Esto no es africano, de Marc Serena, un periodista catalán que se recorrió parte del continente africano entrevistando a personas LGTBI africanas. Las historias que cuentan son potentes y explican muy bien el contexto. En África son homófobos y lo relaciona con la guerra colonial. Cómo fueron las potencias las que instauraron en África leyes contra la homosexualidad. También, este verano terminé El cuento de la criada.

Por otro lado, recomiendo aficionarse al periodismo narrativo de la mano de Libros del K.O.

¿Y series?

Big Little lies; Broad City, una comedia ligerita de mujeres jóvenes de Nueva York, donde el centro está puesto en la amistad de ellas y que se permitan hacer el chorra o bromas escatológicas; Mad Men, Transparent

¿Tienes en mente algún otro tipo de novela?

No. Al principio con esto de que quedaron fuera algunas historias, sí que pensé en una segunda parte, pero yo creo que tengo que encontrar algún eje distinto porque segundas partes nunca fueron buenas.

Tengo en mente hacer entrevistas en profundad, contar las historias de feministas de referencia de mi contexto cercano, compañeras de activismo. De gente que no tiene perfil mediático, pero he ido conociendo cómo han ido trabajando en sus comunidades.

«Que la industria de la moda saque dinero haciendo camisetas con mensajes feministas me parece de un cinismo alucinante»

 

¿Con qué dificultades os encontráis las escritoras frente a ellos?

Para empezar, la mochila de inseguridad que llevamos por situaciones en las que te hacen sentir distinta, que no eres de ese club. Hace poco, me pasó que me invitaron a unas jornadas de periodismo narrativo (por cierto, cuando eres feminista solo te invitan a mesas sobre feminismo), era la única mujer y el moderador en tono afable me dice: “vaya mesa te ha tocado, ¿no? Tú tranquila, que hablen ellos”, y yo me había preparado una ponencia, y ya te sientes pequeña. O, por ejemplo, salir en los medios con otros tres hombres, ves cómo se comen el mundo, y tú a nada que ves que has dicho una tontería le vas a estar dando vueltas, te va a dar vergüenza.

Son lo que se llama los círculos informales de poder. Tú ves la camadería de hombres que tienen más followers, más reconocimiento, y tú saber que no es tu club y que ni tan siquiera te apetece.

¿Crees que un libro como el tuyo la mayoría de los que lo leen son mujeres? ¿Por qué?

Sí, me imagino que la mayoría que me leen son mujeres. En Pikara le damos muchas vueltas al asunto, decimos que no queremos ser un medio de mujeres para mujeres, que las historias que yo cuento creo que deberían de interesar a todo el mundo porque son fascinantes, bien contadas, pero así como a las mujeres nos han enseñado a interesarnos por universos masculinos y se nos ha enseñado a leer ciertos medios aunque no aparezcamos, a los hombres se les ha enseñado que lo femenino no se incluye ni les interpela. Cambiar eso es complicado.

June Fernández