23 Mayo, 2017. Por

Juan Soto Ivars

Hablamos con el escritor sobre ‘Arden las redes’, el libro que reflexiona sobre la poscensura y el linchamiento digital
Juan Soto Ivars

Las redes sociales se nos han ido de las manos. Hoy día, en 2017 podemos ir presos por escribir un tuit ofensivo, por mucha ironía y socarronería lleve el mismo; pero también podemos llegar a ser linchados hasta la extremaunción si decimos algo que ofende a alguien y la masa enfurecida decide que salirnos del librillo de estilo de la corrección política es imperdonable. Juan Soto Ivars lleva tiempo reflexionando sobre ello en su columna España is not Spain, pero ha decidido dar un paso más allá.

Arden las redes. La poscensura y el nuevo mundo virtual (Debate, 2017) llegaba a su segunda edición menos de un mes después de su publicación y la misma tarde en la que nos reunimos con Soto Ivars en las céntricas oficinas madrileñas de Penguin Random House: una máquina de sacudir titulares que no gustarán a muchos, pero en defensa a ultranza no solo de la libertad de expresión para todos, sino también de la desactivación de ciertos vicios que están haciendo de Twitter un arma de doble filo cada vez más cerca de clavarse en nuestros estómagos.

“La poscensura comparte algo con la censura franquista: la arbitrariedad, no saber ni dónde están los límites ni a qué atenerte”

 

¿Recuerdas en qué momento se empezó a ir todo a la mierda? ¿La poscensura y la persecución siempre han primado en la cultura internet?

Hay varias fases aquí: la vigilancia al principio fue buena. Esto lo cuenta Jon Ronson: el mismo mecanismo que usamos ahora para linchar a alguien que ha hecho un chiste que ofende a determinadas personas antes lo usábamos para linchar una cadena de gimnasios que no quería devolver la pasta a una gente que se había quedado sin ingresos. Twitter conseguía eso que no puede conseguir un cliente: que una compañía telefónica o una gran empresa retroceda y enmiende alguna injusticia que está cometiendo con algún Don Nadie.

Este poder empezó a utilizarse así hasta que empezó a hacerlo de una manera loca contra cualquiera: desde escritores, periodistas o personajes públicos hasta gente anónima como Justince Sacco, que es un caso del que hablo en el libro y que tenía solo 200 seguidores en Twitter. El primer caso del que tengo recuerdo vivir en directo es el de Nacho Vigalondo y empecé a investigar en el tema aún más tarde, cuando empecé a ver que era algo bastante habitual.

vigalondoAquello parecía un caso aislado aquí, una rara avis. Se habló mucho de ello.

Sí, es cierto, pero Nacho no lo vivió así: se dio cuenta que cuando dijo aquello de “ya tengo 50.000 seguidores, ya puedo decir que el Holocausto fue un montaje” era un mecanismo, y no era una rareza. Él se dio cuenta de que la responsabilidad era de los medios de comunicación, que estaban haciéndose eco de una acusación falsa, que es la que había provocado su chiste negacionista, dando por hecho de que él era negacionista cuando todo el mundo sabía que no lo era. Todo el mundo que hablaba de él como nazi lo hacía por divertirse, prácticamente. Aquello lo viví casi como algo divertido, aunque no lo era. Quizás fue en 2013 o 2014 cuando empecé a darme cuenta que esto era realmente problemático.

“La poscensura no ayuda a que haya más igualdad entre hombres y mujeres, sino al contrario: hay una guerra cultural en la que se lo están poniendo hasta fácil a los machistas”

 

Te recuerdo muy encendido en redes sociales con casos como el de María Frisa o el de Jorge Cremades. No sé si hubo algún caso en concreto que motivó que escribas el libro o que hagas una investigación más profunda.

Cuando ocurrió el Caso Frisa, que fue verano de 2016, ya estaba investigando. Y el de Cremades fue a finales del año. Con su caso se ha visto algo que es terrorífico: en el libro yo comparo los chistes “machistas” que hace él con los que hacen cómicos respetados de El club de la comedia: desde Quequé o Pablo Chiapella hasta Pepe Viyuela o Eva Hache, entre otros. Es el tipo de humor costumbrista, que es siempre sexista porque habla de relaciones de pareja, y es algo a lo que recurre todo el mundo. A mí lo que me interesa no es defender a Jorge Cremades: lo defiendo porque si es machista, tampoco es un machista peligroso y su humor no es una agresión. Lo que intento dejar claro es que él hace lo mismo que mucha otra gente, y sin embargo a él se le pone la marca de infamia que no se le pone a otros.

Ese carácter arbitrario de la poscensura conecta directamente con la censura de Franco a partir de la Ley de Fraga: todos los escritores que he consultado (y he consultado a muchos) que reflexionan sobre su vida bajo la censura de Franco a partir de esa ley, todos hablan de la “arbitrariedad” como lo más terrorífico: no saber a qué atenerte, no saber dónde están los límites. Y eso es lo que nos pasa ahora: yo puedo hacer la misma broma que tú y como yo tengo un “perfil social” para la gente supuestamente diferente a mí me atacan y a ti no.

¿Hay un perfil o carácter potencialmente linchable?

Es muy arbitrario. Por ejemplo, a Ignatius Farray se le ha permitido hasta hace muy poco decir lo que sea hasta hace nada: hace bromas muy racistas, se ríe de los negros que van al programa, los saca… es un tipo de una incorrección brutal, porque se mete con esto pero se mete con todo, consigo mismo, y hace él mismo el ridículo. Yo pensaba que estaba a salvo, pero hace unos días defendió a Dani Rovira de su linchamiento y fueron a por él. A veces, como pasaba en la Inquisición, te dan un permiso y parece que estás a salvo; pero no es de fiar: enseguida te lo pueden quitar.

En el libro hablo del caso de Gila, por ejemplo, al que se lo considera como un ‘humorista feminista’, y escribo un chiste que hacía en el que hablaba cómo había matado a su mujer. Y sin embargo en muchas publicaciones feministas aparecen viñetas diciendo que “es de los nuestros”. Y flipé porque justo unos meses antes de que salga el libro a la venta salió ese mismo monólogo de Gila en un reportaje de La Sexta Columna diciendo cómo antes éramos mucho más machistas. Así que ni él tiene el permiso: estamos haciendo una lectura hacia el pasado, condenando a la gente con carácter retroactivo.

Y eso no sirve de nada: yo soy feminista, y esto no ayuda a que haya más igualdad entre hombres y mujeres, sino al contrario: hay una guerra cultural en la que se lo están poniendo hasta fácil a los machistas.

Muchas veces se ataca a ciertas personalidades públicas por el alcance que tienen, otorgándoles cierta responsabilidad. ¿El personaje de alcance público debe entender su nueva dimensión como formador de opinión, tener cierta responsabilidad civil, darse cuenta de que ahora lo que diga puede tener un efecto en la gente que pueda adoptar sus actitudes?

No. Yo con 14 o 15 escuchaba mucho Rock Radikal Vasco, y escuchaba a Kortatu y cantaba canciones absolutamente proetarras, y yo no me he vuelto proetarra. Lo que es importante es que eduquemos bien a la gente, que demos herramientas a los jóvenes para hacerse un juicio propio. Yo escuchaba a El Chivi, a Juampa y la Raja, a Kortatu, a Ska-P… veía películas de Freddy Krueger o Terminator… y por otro lado, he tenido una educación que me ha convertido en un ciudadano perfectamente civilizado.

“Ni soy un asesino en serie por haber jugado a videojuegos violentos, ni soy etarra por escuchar a Kortatu”

 

De hecho, he sido machista toda mi vida, hasta que los últimos años me he dado cuenta y estoy educándome todavía para reaprender mi conducta. Me estoy haciendo adulto. A mí me ha hecho mucho más machista ver a mi madre fregar que escuchar canciones de El Chivi. Ni soy un asesino en serie por haber jugado a videojuegos violentos, ni soy etarra por escuchar a Kortatu.

Creo que, por ejemplo, Jorge Cremades es cómico, y lo único que tiene que hacer es gracia: no tiene otra responsabilidad. Es como Arévalo: si los jóvenes escucharan sus “chistes sobre mariquitas” pueden reírse de esos chistes aunque no estén de acuerdo con ellos. No es un pecado que haya cosas que causen gracia.

¿Existe una tendencia ideológica mayoritaria en las redes? A veces parece que la izquierda tiene mayor presencia, como si Podemos ganase en Twitter.

Eso es porque eres de izquierdas: si fueras de derechas lo verías de otra forma, verías otras cosas con mayor presencia. Eso es mentira. [El libro] El filtro burbuja hablaba de eso: tú ves a gente que piensa como tú, y eso hace que la gente de izquierdas vea solo comentarios de gente de izquierdas, y viceversa. Esto es lo grave de las redes sociales: sus algoritmos crean aldeas ideológicamente cerradas donde no hay porosidad. Para volverte ciego en el mundo real solo tienes que mirar al sol. En las redes sociales para quedarte ciego solo tienes que bloquear a alguien que te está criticando.

Además, las redes sociales van mostrándote las cosas a las que le das a me-gusta, por tanto todo el rato van apareciendo cosas de tu preferencia y ocultándote otras. Tú puedes tener amigos de izquierdas y de derechas y solo ver a los de izquierdas, y eso es lo que pasa. La poscensura nace de la guerra cultural.

“Estoy a favor de que se haga apología del nazismo o del terrorismo: tenemos que ser una sociedad civilizada y educar a la gente adulta para que, cuando oiga ese tipo de mensajes, diga: “qué puto asco””

 

A pesar de esas “aldeas cerradas” sigue ganando la derecha. ¿Tiene más alcance o más engagement la derecha?

Eso ha pasado siempre: la izquierda ha sido siempre mucho más crítica con todo, y mucho más crítico consigo misma. Esto salía en La vida de Brian, cuando estaban el Frente Judaico Popular, el Frente Popular de Judea… y son todos los mismos matándose por las comas del discurso. Lo que ha pasado entre Errejón e Iglesias nunca hubiera pasado en el PP: la derecha es autoritaria, sigue a un referente, no lo cuestiona, respeta el principio de autoridad. La izquierda tiene un principio anárquico, salvo los comunistas que son autoritarios. En España la izquierda es más desordenada o más libertaria, y siempre va a ser mucho más crítica.

La izquierda ahora mismo está destruida en todo el mundo. Hemos traicionado a Martin Luther King: decía que el único futuro que podían tener los movimientos sociales es que los negros, una vez conseguidos sus derechos, se unieran a la lucha de clases de los blancos. Y ha pasado todo lo contrario, desde Estados Unidos a España: si no eres mujer o negro no puedes hablar de la opresión. Y no debería ser así: estamos educados para ser todos iguales, tengo empatía para ponerme en tu lugar y ayudarte con lo que te pasa. La izquierda ha ido en dirección contraria, nos hemos partido en identidades excluyentes. Y así estamos: gobierna el PP.

Dijiste hace poco que los censores dicen que “no censuran”, que lo que hacen es solo “opinar”. Tú tienes tu columna en El Confidencial, donde de alguna manera “sientas cátedra” o instalas una opinión con lo que te parece bien o mal. ¿No hay cierto paralelismo en esa idea de “sentar cátedra” desde tu columna y “solo opinar”, como dicen los censores que hacen?

Si te enteras que alguien ha dicho algo ofensivo por el trending topic tú ya eres un censor si te manifiestas en esa línea. No es culpa tuya: como individuo das tu opinión, pero las redes sociales te ha quitado tu derecho de tener opinión propia, son una cadena de personas que opinan lo mismo. Twitter no tendría que enseñarnos ese linchamiento: parece que nos guía a entrar al trapo, a echar gasolina sobre el fuego. Yo como columnista podría participar en ese linchamiento, pero no lo hago.

Yo podría haber escrito una columna sobre la actuación del chico este en Eurovisión. Mi opinión es que su actuación fue una puta mierda. Pero, ¿por qué no escribo sobre ello? Porque ya ha escrito todo el mundo sobre ello y es un pobre chaval: bastante daño se ha hecho a sí mismo con esa actuación. No aportaría nada. Pero hay muchos columnistas que sí participan en linchamientos.

“Para volverte ciego en el mundo real solo tienes que mirar al sol. En las redes sociales para quedarte ciego solo tienes que bloquear a alguien que te está criticando”

 

Columnistas y medios que tiran de ese movimiento en redes como una de las bazas centrales para nutrir sus contenidos.

Y con titulares horrorosos. Un titular, cuando estalló el caso de María Frisa, debería haber sido: “La escritora María Frisa, perseguida por una mala interpretación de sus libros”. Eso es lo que estaba pasando. Sin embargo, el titular que vimos por todos lados, incluso en la tele, era: “Polémica en torno a María Frisa por un libro acusado de fomentar el bullying”. Cambia mucho la cosa. Hay un sesgo de confirmación ahí. El titular ya te está acusando de algo, ya la has condenado, no puedes defenderte de eso.

¿Realmente “arden las redes”? ¿Es realmente una parcela representativa de la sociedad la que “lincha” a ciertos personajes? A mí me da la sensación de que en Twitter no hay tanta gente… Mi madre no sabe ni quién es Jorge Cremades o Nacho Vigalondo, y no es que viva encerrada en su mundo. ¿Existe un micromundo endogámico en las redes?

Totalmente, tienes toda la razón. El linchamiento en Twitter de Dani Rovira lo estuve siguiendo desde el minuto cero, y he hecho un conteo de la gente que participó: cuatro mil personas como máximo. De esas cuatro mil, quizás 3.500 estaban insultándolo. Sin embargo, salió en todos los medios como si fuese algo realmente importante y trascendente. Y el problema es que todos los periodistas tenemos Twitter, y que pasamos demasiado tiempo ahí: los medios deberían prohibirnos usar Twitter en nuestro tiempo de trabajo, porque nos da una idea distorsionada de la realidad.

Una marquesina cerca de mi casa. Ayer terminé de correr y de vuelta, me quedé observándola. Esperando el bus, tres personas. Una de ellas, hombre, la miraba como hipnotizado, la segunda lo hizo solo durante un instante, el tiempo justo en el que su pareja la reprendió. (Pareja que, por cierto, también miraba). Me dio qué pensar. Obviamente, la belleza y la sexualidad que derrochaba aquella mujer (su foto, concretamente) era indudable. Cuerpo perfecto, cara divina, pechos preciosos, ojazos y obviamente, un sujetador muy bonito. Suelo ser persona susceptible de muchas luchas y conflictos internos. He crecido en una sociedad machista y obviamente formo parte del “género opresor”, no me puedo arrancar el pene por mucho que quiera también una sociedad de igualdad. Pero no quise sentirme ni sucio, ni machista, ni opresor, ni infiel, ni depravado por admirar la belleza de semejante persona. Y ahí puse mi debate interno. ¿Es machista la marca?, ¿la modelo?, ¿el hombre o mujer que la mira? ¿La mujer que lo compra? ¿El director de casting que marca un umbral de belleza elevadísimo? ¿Yo por pararme a verla? ¿Todos? ¿Ninguno? Tengo mil dudas sobre los pequeños gestos, acciones y palabras que puedan ser micro, medio o macro machismos. (Incoherencias y dudas que señaló muy bien mi querida Leticia Dolera en un artículo después de los Goya). ¿Puede lucharse contra el machismo si eres hombre? ¿Contra la pobreza si eres rico? ¿Contra el racismo si eres blanco? Por las respuestas de la sociedad, no lo tengo tan claro. Vuelvo a asumir el error de no haber sabido expresar bien la ironía de mi planteamiento. De hacer una pequeña broma sobre lo que es y no es machismo. Sobre dónde colocar los umbrales. O simplemente el error de no haberme metido el tuit por el “ojal”. Es la segunda vez que públicamente me han linchado por intentar “con cierta creatividad y humor” defender la igualdad entre sexos. Y me da pena. Porque, sinceramente, me siento un poco menos libre de unos años a esta parte. La cosa es que siempre lo fui, pero lo sabía menos gente. Yo pienso seguir luchando a vuestro lado… si me dejáis hueco… si me enseñáis cuando me equivoque. Gracias por leerme.

Una publicación compartida de @danirovira el

De hecho, hay Cartas al director en medios de prensa con gente preguntando que por qué mierdas han sacado tal noticia que existía solo en Twitter. Twitter en España no tiene tantos usuarios, y sin embargo en todos los programas, desde La Sexta Noche hasta Supervivientes, ponen su hashtag. Bastan 4.000 hijos de puta para pedir que te echen por algo que has escrito. Y la mayor parte de la gente ni siquiera está ofendida.

“La red social te ha quitado tu derecho de tener opinión propia, son una cadena de personas que opinan lo mismo”

 

¿Está instaurada la política de “si comento, es para rajar de algo”? ¿Puede convertirse un opinador en influencer opinando bien de las cosas, prescribiendo?

Esta es una muy buena pregunta. Fíjate cómo han cambiado las cosas: en 1995 los prescriptores eran los que recomendaban cosas, y de vez en cuando estaba el cabroncete que ponía la nota discordante, ese punto divertido. Pero íbamos a los medios para enterarte de cosas que no sabíamos: ver la crítica del disco de Oasis o de quien fuera. Esa era nuestra forma de acercarnos a los medios. Ahora el público cree que sabe más que los medios. Y en parte la culpa es de los medios: la crítica cultural, por ejemplo, se convirtió en una especie de propaganda cutre, y te han recomendado 25.000 libros y discos que son una basura, y tú ya no quieres ir a comprarte el Babelia para ver qué te recomiendan…

De eso hablaba hace unos días Alberto Olmos en una columna.

Claro. Ahora lo que queremos es un troll que diga que todo es una mierda. Y un youtuber cagándose en la puta y un columnista diciéndonos cada semana qué cosas son las que nos tendrían que cabrear. Es un cambio en el ánimo con el que nos acercamos a esto. Si yo ahora recomendara una película de un director clásico vendrían a decirme que no tengo ni puta idea, me dirían que ellos saben más. A mí me ofrecieron hacer crítica de cine y libros en El Confidencial, y lo dejé porque vi que no aportaba nada: todo lo que me decían era que no tenía ni puta idea. Y luego, vi que en FilmAffinity hay mejores críticas que en los medios: gente que escribe gratis y se despacha a gusto y tienen mucha más idea que Boyero o que El Cultural.

“Si quieres que te consideren feminista no tienes que ir a manifestaciones o ponerte a trabajar para una casa de mujeres maltratadas: tienes que criticar un día a Pérez-Reverte, otro día a Arévalo y otro día a mí porque a Barbijaputa no le ha gustado algo que dije”

 

¿Dirías que nos conocemos más por lo que odiamos que por lo que amamos?

Totalmente. Si quieres que te consideren feminista no tienes que ir a manifestaciones feministas o ponerte a trabajar para una casa de mujeres maltratadas. Si lo que quieres es que te “consideren” y no hacerlo tú porque tienes la convicción de ello, sino que quieres que la gente se entere de que eres feminista, tienes que cagarte en Pérez-Reverte mañana, pasado cagarte en Arévalo, al otro día en Dani Rovira, al otro día en Dani Mateo porque hizo un chiste de la regla y al otro en mí porque no le ha gustado a Barbijaputa. Parte de nuestra identidad ha sido ir en contra de lo que odiamos aunque no tengamos mucha idea sobre ello, como el izquierdista que no sabe lo que es El Capital: esa frivolidad siempre ha estado.

A mí cuando salió Ciudadanos me vi entre la espada y la pared: me vi a punto de defenderlos cuando yo no tenía ningunas ganas porque las críticas me parecían demasiado locas. A veces me gusta de ejercer de abogado del diablo porque veo que hay gente que para construir su identidad social en redes sociales se dedica a hacer unas críticas absolutamente descarnadas sobre todo. Con lo del TTIP, por ejemplo, solo vi críticas negativas de gente de izquierdas. Y tardé mucho en enterarme qué era. Cuando me enteré qué era, me di cuenta de que yo también estaba en contra, pero me costó mucho ver un comentario que me explicase lo que significaba y por qué estaban en contra: todo lo que leía eran manipulaciones y exageraciones. A veces te da puntos criticar cosas aunque no sepas de lo que estás hablando.

Muchas veces se habla de ti como si no tuvieras coherencia, como si quisieras estar a favor y en contra todo siempre. ¿Te molesta esta imagen que muchos proyectan sobre ti? ¿Crees que hay gente que no entiende bien cuál es esa “ideología sotoivarística”?

No me preocupa mucho cuál es mi ideología. Hay muy poca relación entre lo que voto y lo que digo: al final acabo votando a Podemos y a Ada Colau, pero eso no quita que Podemos me mate de asco. Posiblemente sea el partido que más odio. Pero lo odio tanto porque estoy muy cerca. Pero les daría de cabezazos. Sin embargo, les voto. Pero sí que me gusta defender a la gente de las críticas injustas. Y el libro este la vocación que tiene es esta.

“Ni Trump ni Le Pen son una consecuencia de la libertad de expresión: son consecuencia de la desigualdad que ha provocado la globalización y la desastrosa educación occidental”

 

En Público te preguntaban si se puede defender a los titiriteros y al día siguiente pedir la retirada del bus de Hazte Oír. ¿Dirías que las redes sociales nos han hecho más cínicos o más incoherentes?

Yo puedo ser incoherente a lo mejor porque puedo decir mañana que algo que proponga el PP puede estar bien. Lo siento, pero es así: puede haber algo que proponga Ciudadanos o el PP con lo que esté de acuerdo. ¿Por qué no lo voy a decir? Intento hacerme mi opinión sobre la política sin tachar según las siglas. Aunque esté de acuerdo en el 90% de acuerdo con unos y solo el 10% con otros, ese 10% sigue estando ahí. Defender a los titiriteros y pedir que se prohíba el bus de Hazte Oír es incoherente, y es una incoherencia muy habitual: la libertad de expresión o es para todos o no es para nadie. Tú no puedes decir que los chistes homófobos hay que prohibirlos porque te ofenden y sin embargo que los de curas pederastas están bien. Si la ofensa se legitima, tiene que ser igual en todos. Da igual que haya causas aparentemente más justas que otras.

En ese sentido, ¿cuál es el margen del límite, del permiso para decir cosas u omitirlas? ¿Todo debería valer? ¿No hay márgenes prohibidos: el nazismo o el terrorismo, por ejemplo?

Para mí el único límite de la libertad de expresión debería ser la calumnia y la difamación, que ya están recogidos en el Código Penal. Tú te metes en el Consejo General del Poder Judicial y hay miles de casos de gente que ha escrito una mentira sobre otra persona y ha pagado una multa, y me parece muy bien: no puedes utilizar tu altavoz para andar jodiendo el negocio o la reputación a otro. Pero estoy a favor de que se haga apología del nazismo o del terrorismo. Estoy a favor porque tenemos que ser una sociedad civilizada y tenemos que educar a la gente adulta para que, cuando oiga ese tipo de mensajes, diga: “qué puto asco”.

Pero eso sería “linchar” al nazi o al terrorista, entonces. Que todo el mundo diga “qué puto asco” a ese comentario derivaría en un linchamiento social, que me dijiste que estás en contra.

No. Los nazis son minoritarios. A mí me interesa el movimiento para saber de dónde vienen, pero no son una amenaza. Como los franquistas que van al Valle de los Caídos. Son más frikis que movimiento.

“Me preocupa que la sociedad no entienda que la libertad de expresión es que hay gente que te va a ofender, pero tú también vas a poder ofender. Y no va a pasar nada en ninguno de los casos”

 

No son una amenaza hasta que Le Pen está a punto de gobernar en Francia o Trump gana en Estados Unidos.

Pero, ¿queremos democracia o queremos imponer un sistema moral? Yo soy un liberal en cuanto a la democracia: creo en la democracia liberal, en la que puedes ser un hijo de puta y expresarte como tal y yo tengo todas las armas del mundo para derrotarte en un argumento, y en todas las discusiones te voy a ganar. El problema ahora, y es lo que ha aprovechado Le Pen y Trump, es que hay una guerra cultural. Y la guerra cultural son dos sistemas morales enfrentados por absolutas gilipolleces. Y los dos utilizaron con mucha habilidad la guerra cultural: consiguen mover a masas gigantescas de población aprovechando la pobreza, la desigualdad, soltando mentiras sobre las ayudas a los inmigrantes, etc. La democracia siempre va a estar indefensa ante los hijos de puta, porque vivimos en una sociedad de derecho. Lo que hay que intentar es que las condiciones sean las idóneas para que no proliferen estos hijos de puta.

Ni Trump ni Le Pen son una consecuencia de la libertad de expresión: son consecuencia de la desigualdad que ha provocado la globalización y la desastrosa educación occidental; aprovechan la incultura, la incorrección política, se expresan como la gente de la calle… El problema no es que Donald Trump hable como un hijo de puta y dé discursos racistas, sino que hemos creado las condiciones para que esos discursos calen. Cuando me dicen si no creo que ese tipo de discursos son peligrosos porque la gente luego vota a Trump les digo que no: hemos dejado que su discurso cale, que es diferente.

¿Dirías que pone más límites la Ley Mordaza que el linchamiento digital-social o al revés?

La Ley Mordaza no impone límites: es para hacer fotos a policías, como el otro día en la actuación de Émbolo en San Isidro. La Ley Mordaza lo que hace es perseguir manifestaciones: la pusieron en la época de Rodea el Congreso y es una ley para eso. La libertad de expresión está más en peligro por el cambio del artículo 578 del Código Penal, que impone censura por ofensas a víctimas del terrorismo. Eso es fácil de cambiar: da derecho a que jueces de derechas condenen a gente como Cassandra Vera.  A mí lo que me preocupa es que la sociedad se vuelva censura, y que después de la condena a Cassandra Vera mucha gente defienda esto y la linchen. Yo sé cómo evitar que una persona como ella sea condenada: cambiando un artículo del Código Penal.

“La democracia siempre va a estar indefensa ante los hijos de puta, porque vivimos en una sociedad de derecho”

 

Pero no se cambia, sin embargo…

Está el PP, que aprobó ese cambio con mayoría absoluta. Ahora mismo podrían unirse Podemos, el PSOE y Ciudadanos, que se supone que están en contra, y proponer una modificación del Código Penal. En cambio, nos hemos encontrado a Podemos proponiendo un cambio que es lo mismo, para defender de ofensas a las personas LGTB. A mí lo que me preocupa es eso: que la sociedad no entienda lo que es la libertad de expresión. La libertad de expresión es que hay gente que te va a ofender, pero tú también vas a poder ofender. Y no va a pasar nada en ninguno de los casos. Somos adultos.

cassandra¿Por qué necesitabas hacer un recorrido histórico a través de la mutación de la censura? ¿Es una forma de poner de manifiesto que somos tanto o más mojigatos ahora que en la época de las dictaduras?

No, ahora estamos infinitamente mejor que en el franquismo, no es comparable. Pero estamos iniciando un descenso apoyado por mucha gente, y vivimos en una democracia relativa. Este es un libro de aviso, hago un diagnóstico: no digo lo que va a pasar dentro de cinco años. Detecto que de una sociedad despreocupada con las expresiones nos estemos convirtiendo en una sociedad histérica con las expresiones. Y estamos tolerando que nos censure el PP, como luego toleremos que nos censure el PSOE.

Este libro es el principio de una rampa hacia abajo: yo solo estoy pegando un grito que dice: “¿por qué no soportamos que otros digan cosas que pueden ser hasta asquerosas?”. Zizek, por ejemplo, defiende la incorrección política porque decía que le parece una forma sana de aliviar tensiones entre distintas razas de la antigua Yugoslavia. El libro es alarmista, pero ahora mismo nuestra libertad de expresión es envidiable. No hay más que ver al periodista mexicano Javier Valdez que mató el narcotráfico a tiros hace unos días.

“La ofensa es legítima: yo me ofendo, también; pero vigilo no tener una antorcha en la mano”

 

Citas el ejemplo de Bulgákov durante el estalinismo. ¿La censura y la persecución, lo prohibido, como supuestamente las crisis, aviva la creatividad, la búsqueda de maniobras de escapismo?

Hay una censura que sí. La censura franquista avivaba en cierta manera el ingenio: una película como Bienvenido, Mr. Marshall no existiría sin esa censura, sería imposible. Pero es una rareza: la mayoría del cine que se hacía durante el franquismo era una basura, muy complaciente y muy acomodado a los límites. Creo que un ingenio va a ser genial dentro de la censura y genial sin censura; y posiblemente sea más genial durante la censura porque tiene un valor extra.

Pero la poscensura es distinta: Bulgákov sabía dónde estaban los límites, pero los transgredía, no lo podía evitar. Ahora uno se puede encontrar con un escándalo en cualquier situación. A ti te pueden linchar un par de días en Twitter y no pasa nada: a mí me ha pasado, y después de dos días todo se olvida y listo. Lo malo es que hay gente que se acojona, y deja de decidir seguir hablando.

Por ejemplo, Moonlight, que ganó el Oscar, es una mierda: son dos negros gays con actores muy buenos, pero el guion es una mierda; pero la premiamos porque son dos negros gays, y no necesita tener un buen guión. La industria feminista de Hollywood está generando mensajes positivos, también: Rogue One, la última de Star Wars, tiene mensajes evidentes, con una tía como heroína. Pero la corrección política genera, sobre todo, productos complacientes. Se ve mucho en las películas de Antena 3 de la hora de la siesta.

“Hay muy poca relación entre lo que voto y lo que digo: voto a Podemos, pero eso no quita que me mate de asco y sea el partido que más odio”

 

¿Qué es lo que crees que debería ser para ti la libertad de expresión en 2017; o qué crees que debería cambiar para tener una libertad de expresión óptima?

Creo que todavía nos queda empeorar, pero creo que los periodistas deberíamos ser más responsables: que deberían dejar de publicarse en suplementos como F5 o Verne este tipo de linchamientos de las redes. Si hay que hablar de estos linchamientos porque consideran que son noticiosos los titulares no deberían tomar partido por parte de la acusación, deberían ser más objetivos. Los titulares jamás deberían dar acusación por condena. Luego, debemos convencer a Twitter que cuando el trending topic es un linchamiento no lo enseñe: el trending topic te pide que sigas ensañándote cuando ya lo hacen miles de personas. Luego, otra cosa que hay que evitar es titulares del tipo: “El tuit que enfadó a todos los murcianos”. Yo como murciano antes de entrar en la noticia ya voy con el “a ver qué es lo que ha dicho este hijo de puta, me cago en su puta madre”.

La ofensa es legítima: yo me ofendo, también; pero vigilo no tener una antorcha en la mano. Si lo que voy a decir yo no aporta nada no lo digo. Y no es censurarme, es porque si no tengo nada que aportar, ¿por qué ser una antorcha más en una masa enfurecida de la que no quiero participar? Incluso si estoy a favor de ese linchamiento: yo a veces he visto cómo linchaban a Barbijaputa y he sonreído, porque me cae mal. Pero no voy a participar, y hasta puedo llegar a defenderla. A Isa Calderón, por ejemplo, la he defendido cuando la echaron de El Español, y sus vídeos no me hacen gracia. A veces los individuos tenemos que saltarnos nuestra propia posición en la guerra cultural. Luchar por un poco por el criterio individual no hace daño a nadie.

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Juan Soto Ivars