6 junio, 2018. Por

Jordi Costa

Hablamos con el crítico y escritor sobre la historia subterránea de la (contra)cultura española
Jordi Costa

Jordi Costa es un tipo es constante movimiento y evolución. No es sólo periodista, escritor, cineasta y uno de los iconos de la crítica cinematográfica en nuestro país. Es un investigador y un explorador de aquello que llamamos cultura POP. Siempre interesantes, estimulantes y necesarios, sus libros se adentran en universos con los que no mucha gente se atreve.

Cómo acabar con la contracultura: Una historia subterránea de España (Taurus, 2018) es el libro que nos ha traído hasta aquí. Contracultura es un término que hemos escuchado cientos de veces pero que poca gente ha sabido plasmar como lo ha hecho Jordi a lo largo de su bibliografía en general y en este libro en particular.

“¿Quién mató a la Contracultura en España: un franquismo que no ha terminado nunca de morir; una Cultura de la Transición que prefirió pensar en consensos y crear su mito heroico antes que en construir una nueva realidad haciendo tabula rasa; una socialdemocracia que instauró nuevos prejuicios culturales y protocolos excluyentes; unos agentes contraculturales que no se atrevieron a desafiliarse del todo de la cultura de sus padres…?”

Para los más neófitos en la materia, y a modo de tráiler, ¿es posible decir qué es ‘contracultura’ en unas pocas líneas?

El término contracultura lo acuñó Theodore Roszak a finales de los 60 para dar nombre a lo que, en realidad, era la coincidencia de fenómenos muy distintos en el agitado panorama norteamericano de la época: desde las revueltas estudiantiles hasta la oposición a la guerra de Vietnam, pasando por el surgimiento de la cultura psicodélica, el movimiento hippie, la historieta underground, la introducción de las filosofías orientales en el ámbito del pensamiento occidental, las reivindicaciones de los derechos de la comunidad homosexual o de las minorías raciales, el feminismo, etc…

Por resumirlo en su esencia, la Contracultura es soltar un gran NO a la cultura dominante, que es la cultura de los padres, y, con ello, formular una propuesta de revolución utópica que encuentre su instrumento en la irracionalidad, lo pulsional, lo caótico y lo desordenado. Uno de los grandes puntos de partida de la revolución contracultural pasa por volar los puentes del dogma. Y otra característica esencial es la disolución de fronteras entre la baja cultura y lo que se consideraba alta cultura. La Contracultura fue, por definición, integradora: una casa para todos desde la que transformar el mundo, convirtiendo la vida en obra de arte y proyecto político. Por supuesto, en Estados Unidos la Contracultura tuvo un contexto muy específico, pero todas las sociedades acabaron viviendo ese proceso necesario con sus connotaciones específicas.

Portada del libro

¿Por qué Cómo Acabar con la Contracultura como título?

El título es un guiño a un género editorial imbatible: esos libros de Cómo que eran los ancestros de los tutoriales de YouTube. Por supuesto, mi libro no es un manual para acabar con la Contracultura, sino una memoria sentimental de unos años en los que se intentó formular una promesa de futuro que, en nuestro país, desembocó en un desencanto que llevamos cuatro décadas arrastrando. O sea que el lector de manuales de bricolaje que espere un libro definitivo para acabar con la posibilidad de una revolución en su patio de vecinos no encontrará aquí la respuesta a sus necesidades.

Mientras escribía el libro, también pensaba en otros géneros narrativos que podía vampirizar durante la escritura: uno es del whodunit o esa modalidad de novela enigma, en la que reinó Agatha Christie, que basa su dinámica narrativa en la deducción de la identidad del asesino de un crimen dado. Si este libro fuera un whodunit, su solución lo colocaría en el árbol genealógico de Asesinato en el Orient Express, porque aquí la autoría del crimen es también colectiva: ¿quién mató a la Contracultura en España: un franquismo que no ha terminado nunca de morir; una Cultura de la Transición que prefirió pensar en consensos y crear su mito heroico antes que en construir una nueva realidad haciendo tabula rasa; una socialdemocracia que instauró nuevos prejuicios culturales y protocolos excluyentes; unos agentes contraculturales que, a veces, mantenían escasos grados de separación con la cultura del régimen y que no se atrevieron a desafiliarse del todo de la cultura de sus padres; la propia resistencia de la Contracultura a articularse políticamente para sobrevivir; la propia pequeñez de un país sin demasiado territorio para acoger disidencias; las inercias de unos agentes contraculturales que se dejaron seducir por una cultura subvencionada y poco problemática a la primera de cambio, etc…? No  creo que haya una sola respuesta posible, del mismo modo que incluso puede cuestionarse la idea de que la Contracultura haya muerto realmente: ¿no siguen perviviendo en el aire algunas de las ideas que lanzó en su día?

El otro género que tenía en la cabeza era, directamente, el de las películas de James Bond con sus constantes cambios de escenario y su heterogeneidad de personajes. Me encantan los carteles de las películas de 007 de los 60 y los 70, esos carteles que prometían películas en las que podía salir y pasar de todo. Fíjate, por ejemplo, en los de Diamantes para la eternidad o Vive y deja morir (que, por cierto, fue la primera película de Bond que vi en mi vida). Mi libro es un ensayo que sueña con ser la versión local de una película de James Bond, con cultos heréticos, falangistas, nazis exiliados en Ibiza, pintores pop, cineastas heroinómanos, hippies enloquecidos y flamencos revolucionarios.

“Una característica esencial de la contracultura es la disolución de fronteras entre la baja cultura y lo que se consideraba alta cultura. Fue, por definición, integradora: una casa para todos desde la que transformar el mundo, convirtiendo la vida en obra de arte y proyecto político”

¿Qué supone Smash, Sevilla y El manifiesto de lo borde para la contracultura?

Sevilla es el origen de todo: El manifiesto de lo borde, que fue la declaración de principios del grupo Smash, es el primer texto español genuinamente contracultural. Por supuesto, antes de eso hubo una historia fascinante que tiene sus raíces en el franquismo: el acuerdo con Estados Unidos que llevó a la instalación de bases militares norteamericanas en España, desde las que fue posible un mercadeo entre soldados y lugareños que no sólo introdujo los primeros sones psicodélicos en el territorio, sino también nuevas formas de consumo tóxico y de hábitos indumentarios.

Los Smash se definieron en la hibridación entre los nuevos sones psicodélicos y el flamenco y, con ello, aportaron un buen punto de partida para la revolución contracultural, que logró mezclar lo que, por naturaleza, correspondía a universos separados. El mestizaje fue así uno de los motores esenciales de la Contracultura en nuestro país y, por supuesto, la expansión del fenómeno tuvo mucho de polinización, de transmisión de sensibilidades e ideales. De Sevilla partió un dibujante como Nazario hacia Barcelona, donde coincidiría con un valenciano como Mariscal: de ese encuentro fortuito prende la llama de la historieta underground barcelonesa y, así, como en una carrera por relevos, el fantasma de la Contracultura fue recorriendo la península, transformándose y expandiéndose.

¿Quiénes son Els 5 QK’s y cómo fue la Contracultura en Barcelona?

Els 5 QK’s fueron un colectivo de cineastas amateurs que rodaron una importante obra en súper 8 partiendo de la sensibilidad Camp que, en su origen, era el modo en que se expresa una comunidad homosexual armarizada que, al no poder expresarse libremente, se apropiaba de discursos, arquetipos e iconos de la cultura dominante caracterizados por el artificio y el exceso. Els 5 QK’s esgrimían el término maricón como insignia de orgullo y hacían de la pluma una eficaz arma política. Adaptaron a Corín Tellado, hicieron westerns gays y, en definitiva, fueron lo más cerca que el cine alternativo español ha estado de la sensibilidad de los hermanos George y Mike Kuchar, que fueron los raros inasumibles del cine underground norteamericano y, en su momento, sólo fueron apreciados por un joven John Waters que tomaría esa sensibilidad como punto de partida para su propia obra.

“La Contracultura es soltar un gran NO a la cultura dominante, que es la cultura de los padres, y, con ello, formular una propuesta de revolución utópica que encuentre su instrumento en la irracionalidad, lo pulsional, lo caótico y lo desordenado”

En realidad, el colectivo de creadores ocupó un territorio marginal en el ámbito del cine en Súper 8 que, en los últimos años, plataformas como Márgenes o teóricos como Alberto Berzosa y Luis Parés han estado reivindicando. O sea que es difícil explicar la Contracultura en Barcelona a partir de ellos, porque Barcelona se convirtió en un centro de producción contracultural muy rico y diverso, en el que convivían las poéticas alucinadas de creadores como Pau Riba y Jaume Sisa, los combativos artesanos de la historieta underground, los testimonios de cronistas como Pau Malvido, el compromiso vitalista y libertario de publicaciones como Ajoblanco o las acciones performáticas en las Ramblas de artistas tan indomesticables como el sevillano Ocaña.

Durante bastante tiempo, Barcelona ejerció un papel central en la historia de la Contracultura en España hasta que la celebración de las Jornadas Libertarias en 1977 llegó a encarnar, al mismo tiempo, una culminación del proyecto utópico y su fractura. En la imposibilidad de articular políticamente esa energía en el contexto de las Jornadas Libertarias puede verse uno de los posibles desenlaces agridulces de toda esta historia.

“Sevilla es el origen de todo: El manifiesto de lo borde, que fue la declaración de principios del grupo Smash, es el primer texto español genuinamente contracultural”

¿Qué relación tiene la Contracultura con La Movida?

Bueno, muchas voces apuntan a la Movida como el momento en que lo utópico se convierte en mercancía y acaba siendo instrumentalizado por el poder, que, en aquel momento, era el poder socialdemócrata del PSOE. En los últimos años, la Movida ha sido tan discutida como la propia Transición y quizá haya algo injusto en esa enmienda a la totalidad. Es cierto que La Movida convirtió, como dice Germán Labrador, una energía utópica en una Marca Ciudad, pero no conviene olvidar que, en su seno, fueron posibles discursos disidentes que quizá no fueron los más visibles.

Tampoco hay que olvidar que, en esos años, la Contracultura (o lo que quedaba de ella) se infiltró en todos los hogares a través de espacios televisivos como La Edad de Oro y La bola de cristal y que, de hecho, el primer impulso de la Movida surgió de un sustrato eminentemente contracultural como el que podrían encarnar, en modos muy diversos y contrastados, figuras como las de Carlos Ceesepe, Alberto García-Alix, Eduardo Haro Ibars y Fernando Márquez.

¿Un franquismo o cualquier otra forma de gobierno opresor es siempre un estímulo para lo subterráneo, para lo underground, y por lo tanto, para la Contracultura?

Lo que ocurre es que el franquismo coloca a la Contracultura española en un contexto que tiene muy poco que ver con el norteamericano: si ahí se trataba de mostrar y delatar los límites de un sistema democrático que tenía uno de sus fundamentos en la libertad de expresión, aquí estaba claro no sólo que el margen de libertad era escaso, sino que había un único Gran Padre del que desafiliarse con urgencia.

Por eso, en un primer momento, la oposición política al franquismo y la Contracultura –que, en primera instancia, es un movimiento más vital que homologable a una militancia política al uso- caminan juntos. De ahí la gran traición a la Contracultura que supone la Transición, momento en que lo contracultural se convierte, a los ojos de sus viejos compañeros de viaje, en eso agresivo, feo e incómodo que mejor será esconder bajo la alfombra o neutralizar de una manera o de otra. Por eso digo en el libro que no hay que descartar la posibilidad de que la Contracultura muriese víctima del fuego amigo.

“La Transición supuso la gran traición a la Contracultura: lo contracultural se convirtió en eso agresivo, feo e incómodo que mejor será esconder bajo la alfombra o neutralizar de una manera o de otra. No hay que descartar la posibilidad de que la Contracultura muriese víctima del fuego amigo”

Tu libro Mondo Bulldog (Temas de Hoy, 1999) se sumergía en las profundidades de la ‘cultura basura’. ¿’Cultura Basura’ es en muchos casos también Contracultura?

Bueno, podría decirse que uno de los muchos tentáculos de la Contracultura acaba llevando a lo que entendemos por Cultura Basura, aunque no sólo conviene diferenciar los dos términos, sino también darse cuenta de que la Cultura Basura puede, al mismo tiempo, ser una forma de activismo estético e ideológico y, también, un instrumento de explotación y banalización de lo monstruoso por parte de los discursos del poder. La Contracultura acogió, en algunas de sus formas más extrema, una apología de lo feo, lo desordenado y lo monstruoso.

En el libro digo que, por ejemplo, alguien como John Waters podría encarnar una posición de extrema izquierda dentro de la Contracultura: en él pervive, asimismo, la mirada Camp como arma cuestionadora y desestabilizadora. La Cultura Basura es aquí fenómeno o patología del gusto que extrae su placer de una percepción invertida de la belleza: cuando nos gusta una determinada obra artística precisamente porque está, por decirlo de algún modo, “mal hecha”. No obstante, ante eso, las actitudes que pueden tomarse son, por supuesto, muy distintas: hay quien simplemente disfruta señalando el error desde una posición de suficiencia y autoridad; y hay quienes saben que ahí hay una puerta abierta, un desvío que indica el camino hacia un territorio de expresión alternativa, casi propia de una vanguardia inconsciente de serlo.

“Ver a Javier Cárdenas riéndose de Carmen de Mairena es Cultura Basura en su declinación más desoladora y cuñadesca: jamás podrá ser Contracultura”

Cuando la televisión española de los 90 empezó a utilizar a personajes marginales y excéntricos como fuente de espectáculo, el potencial transgresor de la Cultura Basura se puso, sin duda, en riesgo. Por ejemplo, ver a Javier Cárdenas riéndose de Carmen de Mairena es algo que, sin duda, es Cultura Basura, pero en su declinación más desoladora y cuñadesca y que jamás podrá ser Contracultura. Pero cuando una periodista como Valeria Vegas escribe la biografía de una figura mediática de aquellos años como La Veneno y sabe extraer de ese personaje todo el potencial de insumisión vital, resistencia y desafío a las normas, toda su épica vital, estamos ante un gesto reivindicativo y contracultural.

La Cultura Basura que sólo sabe contemplar a los monstruos y señalarlos no es más que un apéndice de los discursos de exclusión propios de la cultura del poder. La Cultura Basura que sabe enamorarse de esos monstruos y celebra su excepcionalidad como gesto de transformación radical e impugnación de los cánones es, de hecho, una feliz consecuencia de la herencia contracultural.

Portada de ‘Mondo Bulldog’

En El sexo que habla (Aguilar, 2006) haces una crónica del estado actual del porno español. ¿Pornografía es en muchos casos también Contracultura?

Uy, amigo, entramos en zona de arenas movedizas, porque habría mucho que decir sobre eso. El deseo está en el corazón mismo de una Contracultura que, entre otras muchas cosas, se expresó a través de una revolución sexual. El amor libre fue especialmente celebrado y practicado en los ámbitos de la Contracultura. Y, si nos vamos al caso español, todos sabemos que una de las maneras que tuvo la dictadura de someter al pueblo fue a través de la represión del deseo. Por eso, en España esa cuestión resultaba especialmente urgente, pero, como en todo, la manera en que se acabaron levantando esas compuertas fue algo escasamente utópico.

Antes que una pornografía, nuestro país tuvo un cine del destape que, en realidad, nunca estuvo al servicio de la liberación sexual, sino de la construcción de un imaginario posibilista que perpetuaba los rituales de una represión sexual de largo recorrido, entronizando dos arquetipos fundamentales: la mujer objeto y el reprimido baboso, preferiblemente ataviado con calzoncillos Abanderado y calcetines. Por supuesto, acabamos teniendo una pornografía en España que, de manera significativa. se abrió en clave contracultural gracias al esfuerzo de la pareja formada por María Bianco y José María Ponce, que asumieron la importancia de las disidencias sexuales explorando las claves de la cultura BDSM. No es casual que el Marqués de Sade fuera, en su día, un icono para los surrealistas, porque el autor de Justine o los infortunios de la virtud actuó como agente provocador en un momento en el que parecía que todo podía ser racionalizado: su discurso demuestra que el deseo es esencialmente transgresor, irracional y problemático y que, por tanto, es aquello que una cultura jamás podrá racionalizar.

“Nuestro país tuvo un cine del destape que nunca estuvo al servicio de la liberación sexual, sino de la construcción de un imaginario posibilista que perpetuaba los rituales de una represión sexual de largo recorrido, entronizando dos arquetipos fundamentales: la mujer objeto y el reprimido baboso”

En mi libro se recoge el ejemplo de cineastas como José Antonio Maenza o Eloy de la Iglesia que, desde frentes muy distintos –uno desde el ámbito del cine experimental más radical y el otro, desde un cine comercial que logró que diversas disidencias sexuales, politóxicas e ideológicas fueran, en un momento dado, objetos de seducción para la taquilla- reivindicaban el poder de la vida privada y de la sexualidad (incluso de la perversión sexual) como espacio para la experimentación utópica. Y, al final de todo eso, llegó la consolidación de una industria del porno en España que, a la postre, acabó fomentando imaginarios muy poco contraculturales, como todos sabemos, dibujando un universo donde las retóricas del triunfo y las mecánicas cuantitativas se convertían en un idioma dominante mucho más homologable al que utilizaría una sensibilidad neoliberal que al que hubiese soñado una sensibilidad contracultural.

En el libro hablas sobre Carles Mira y sobre su película La portentosa vida del pare Vicent. En 2001 publicaste el libro Carles Mira: plateas en llamas (Fundación Municipal de Cine, 2001). ¿Por qué te interesa tanto la figura de este cineasta?

El caso de Carles Mira es muy singular, por muchos motivos: para empezar, él era consciente de que la única manera de hacer cine contracultural empezaba por reformular los medios de producción. Con su ópera prima, desarrolló un modelo de financiación en cooperativa, inspirado en los grupos de teatro independiente que funcionaban por aquel entonces, pero el experimento no llegó a buen término. Por otro lado, su discurso cuestionaba a una serie de figuras representativas de una tradición cultural coercitiva y represora y lo hacía para liberar a sus espectadores de una herencia que había fiscalizado no sólo su inconsciente, sino cualquier manifestación de la cultura popular.

“La Cultura Basura que sólo sabe contemplar a los monstruos y señalarlos no es más que un apéndice de los discursos de exclusión propios de la cultura del poder”

La portentosa vida del padre Vicente fue recibida con una bomba de la extrema derecha en la noche de su estreno en Alcoy. Por aquel entonces, su protagonista, Albert Boadella, era un fugitivo de la justicia tras el consejo de guerra a Els Joglars por el montaje de La Torna, hecho que, en su momento, alentó el masivo movimiento colectivo en pro de la libertad de expresión. Si uno se pregunta dónde está ahora Albert Boadella, podrá encontrar una respuesta no demasiado alentadora sobre el destino de la Contracultura en nuestro país.

Muchos de tus libros abordan, de una manera u otra, diferentes partes de lo contracultural. ¿Cómo acabar con la contracultura es, de alguna manera, el libro necesario de algo que ha ido gestándose poco a poco?

Supongo que uno siempre está escribiendo un solo libro que se ramifica, se bifurca y se transforma en otras cosas. Imagino que estaba destinado a escribir este libro desde aquel día en mi infancia en el que un familiar al que quiero mucho, Joan Marrugat, dejó sin querer al alcance de mi mano y de mi curiosidad los volúmenes sobre Cómix Underground que publicó editorial Fundamentos a principios de los 70. O desde el día en que me presenté en la redacción de El Víbora a pedir trabajo con tan sólo quince años de edad. Siempre he tenido la sensación de que llegué tarde a la Contracultura, pero que de ahí partió, de hecho, casi todo lo que me gusta y me define. Y, bueno, si de algo he sido consciente al escribir este libro ha sido de lo mucho que aún queda por explorar y contar.

“Me preocupa mirar por encima del hombro a youtubers y millennials, porque esa era precisamente la actitud que adoptaba la vieja guardia, en su día, frente al surgimiento de la Contracultura”

¿Dónde podemos encontrar la Contracultura española en la actualidad?

En el documental Barcelona era una fiesta (Underground 1970-1983) de Morrosko Vilasanjuan, Pau Riba dice que la Contracultura no estaba destinada a triunfar, sino a poner sobre la mesa una serie de ideas que, de hecho, tenían que fertilizar el imaginario colectivo. Por tanto, hay algo de inexacto al decir que la Contracultura ha muerto: de hecho, sigue ahí, en las progresivas conquistas del feminismo, en la creación independiente, en lo mucho que la logrado la comunidad homosexual… pero, por supuesto, nunca será suficiente.

Yo también me he preguntado por el lugar de la Contracultura en el paisaje de la cultura millennial, que todos los miembros de mi generación tienden a subestimar por sistema. Me preocupa mirar por encima del hombro a youtubers y millennials, porque esa era precisamente la actitud que adoptaba la vieja guardia, en su día, frente al surgimiento de la Contracultura; aunque, no nos engañemos, requiere un cierto esfuerzo abandonar los prejuicios propios de la edad entre esa retórica de likes, seguidores y demás obsesiones de ese universo.

En el último capítulo del libro hablo de Esty Quesada, más conocida como Soy una Pringada, como ejemplo de alguien que suelta un gran NO a todo eso, al tiempo que participa de ello: si en ella hay una nueva Libertad guiando al pueblo o si mi mirada está cegada o guiada por el entusiasmo frente a una sensibilidad millennial que puedo descifrar con mis propios códigos es algo que sólo el tiempo nos dirá. Y ojalá por entonces se hayan manifestado nuevas formas de Contracultura capaces de reactivar nuestra imaginación.

Jordi Costa