5 junio, 2018. Por

Jordi Amat

Hablamos con el crítico y escritor sobre el conflicto catalán-español un día después de la Moción de Censura
Jordi Amat

La conjura de los irresponsables es un repaso a las acciones políticas que han llevado al enfrentamiento entre dos modelos de Estado aparentemente incompatibles. También es la crónica de cómo dos gobiernos, uno central y otro autonómico, utilizan las instituciones públicas a lo largo de los años para instrumentalizar a su favor dos sentimientos identitarios: el catalán y el español.

Ya lo dijo Enric Juliana en algún Fort Apache: “La identidad es una construcción, pero los sentimientos que genera son reales”. Existen el nacionalismo catalán y el español porque hay personas que se sienten catalanas y otras, españolas. Hay incluso quien se siente ambas cosas.

El condensadísimo opúsculo de Jordi Amat “quiere ser la descripción de una cadena de conductas políticas que, si nos han llevado hasta aquí —hasta el colapso del sistema—, forzosamente se han caracterizado por la irresponsabilidad”. Quizás también suponga la constatación de que las instituciones públicas siguen siendo demasiado permeables ante los intereses de sus gestores. No se lo he escuchado ni leído a Juliana, pero la siguiente frase, y este libro lo atestigua, podría sonar a suya: “Las pasiones de un Estado son las pasiones de quienes lo gobiernan”.

“¿Cómo se hace una independencia cuando no es a través del pacto? Sin pacto sólo se puede hacer con un movimiento revolucionario, y yo creo que no ha habido momento revolucionario que no pasase por la violencia. La cuestión es que lo que nosotros vivimos fue un gatillazo. Una revolución en potencia que no se actualizó, pero cuyos elementos aparentemente existían”

Tras leer tu libro, yo, que no soy catalán, diría que el catalanismo es un sentimiento, y que has escrito la crónica de cómo dos sentimientos nacionalistas se han instrumentalizado a lo largo de la democracia española. ¿Cómo defines el catalanismo en 2018?

No hay una sola respuesta. Me gusta más hablar de catalanismos. Cuando ha sido posible, el catalanismo ha sido, en un sentido transversal, un movimiento político con fuerte capilarización en la sociedad catalana contemporánea. Surge a principios del siglo XX. Diría que ha sido tradicionalmente una propuesta de regeneración española en clave catalana: ha repensado el modelo territorial desde Cataluña, pero no con afán de ruptura. En los máximos históricos, lo que se pretendía era una relación política institucional de tú a tú, bilateral: el sueño del catalanismo es que haya una relación de bilateralidad con el Estado. Y en ese marco, que a veces es más regionalista y otras más nacionalista, sin connotar ninguna de las dos palabras, ha sido una propuesta para España y para Cataluña desde una concepción plurinacional.

Ha sido dominante hasta 2010. Esa propuesta histórica que fue evolucionando en función de los regímenes y cuando pudo ser operativa (porque durante la dictadura de Primo de Rivera no lo fue, o no lo fue de manera normal) deja de ser atractiva y deja de tener capacidad para regenerarse a raíz del proceso de reforma del Estatut. Buena parte de la sociedad catalana, la que constituye la corriente central del movimiento, sale de ese proceso convencida de que no hay posibilidad de regenerar España desde otra nación. Se debe a esta crisis que el independentismo intelectualmente más duro abdique a día de hoy del catalanismo.

Portada del libro (edición en español)

Creo que hoy en día (sobre todo hoy en día después del procés) el españolismo se corresponde con la definición de identidad que hace el PP. ¿Qué ocurre con todos los españoles que no se identifican con esa definición?

Hay una idea política de España que logró la hegemonía a la hora de definir la nación o el país. El resto de españoles que no nos sentimos partícipes de esa ciudadanía debemos ganar otra. Durante una época esos ganadores trabajaron con el viento a favor, básicamente económico: ganó la fundamentación ideológica de una idea de España unitaria que tenía mucho que ver con la fortaleza de un Estado central.

Lo que vemos estos días es que esa idea ha sido carcomida por la corrupción. Lo que deberíamos saber, y no vamos a saber, es si esa conquista por parte del mundo de la aznaridad, de esa hegemonía con una determinada idea de España, tenía un lado oscuro, que era la patrimonialización de las instituciones para crear una caja B a lo grande. No me parece mal ganar con una propuesta de Estado que uno no comparta si esa propuesta tiene un proyecto detrás. Es obvio que ahí había un proyecto detrás muy ambicioso. El asunto es que hemos descubierto que se fue pudriendo y no ha habido manera de regenerarlo. ¿Era constitutivamente corrupta la propuesta? ¿El poder económico e institucional avalaron esa propuesta hegemónica para imponer un sistema de corrupción? No lo sabemos, pero hoy hay más motivos que nunca para pensar que fue así.

“Hay una idea política de España que logró la hegemonía a la hora de definir la nación o el país. El resto de españoles que no nos sentimos partícipes de esa ciudadanía debemos ganar otra”

¿Debe la izquierda plantear un nuevo españolismo? ¿Podría o incluso debería esa reformulación identitaria ir asociada a un nuevo modelo territorial? Se me ocurre, por ejemplo, el federalismo.

No sé si debe hacer una propuesta identitaria, pero sí que la confusión nacional en la que estamos y la crisis institucional que hemos padecido debería supone dos retos: uno es interno de la sociedad catalana, que tiene un problema de convivencia que debe solucionar; otro es el desafío que ha planteado el independentismo: que el modelo territorial tal como ha ido desarrollándose está agotado y su fosilización es causa de problemas complejos que no sólo dificultan la gobernabilidad en Cataluña, sino en el conjunto del Estado.

No se trataría tanto de una propuesta identitaria como de un modelo territorial donde el cuestionamiento de la soberanía que se hace desde Cataluña obligue a una reforma, que es la condición necesaria para que las propuestas de ruptura no vayan a más. No sé quién debe implementar esa reforma, lo que sí me parece bastante claro es que es mucho más natural que sea pensada desde la izquierda, incluso por motivos de interés electoral: la izquierda sin Cataluña no gobernará jamás en España. Es absurdo pensar que los dos millones de personas que votan de manera sostenida por la independencia dejarán de votar esa propuesta mientras no haya una oferta de reescritura de un pacto que se incumplió con la sentencia del Estatut.

Parece que toda instrumentalización de ambas identidades tenga como objetivo la viabilidad o inviabilidad de un pacto fiscal.

Lo que quieren los políticos es tener siempre, sean los que sean, cuanto más poder, mejor. El asunto es hasta qué punto tenemos la capacidad de fiscalizar esa instrumentalización perversa de las identidades, y tenemos los mecanismos que tenemos y si debemos ejercitarlos cuando sea posible.

El procés se apoya en asociaciones paragubernamentales cuyo objetivo es la movilización a través de un repertorio emocional muy intenso. El poder, en la medida que puede, intenta captar esa energía para ponerla encima de la mesa de la negociación política. Es un juego al que juegan las élites con mayor o menor irresponsabilidad. Existe una dinámica de tensión recurrente asociada a cómo se distribuye el poder territorialmente en España, y esa discusión sobre el poder tiene una traslación en el plano identitario.

Los políticos deberían ser muy responsables a la hora de gestionar esto. Para mí, del caso de Rajoy lo más tristemente sorprendente es cómo él abdica no de negociar, sino de atender la existencia real del problema, porque ha recalentado un sentimiento de identidad que, llegado hasta cierto punto de ebullición, es potencialmente conflictivo. Creo también que el tipo de agitación contra el Estado en el caso de Puigdemont es clarísimo, y cómo se mezcla la crítica a ese Estado con una determinada mirada idílica sobre la propia identidad es tremendamente perverso. Urge que haya gestos simbólicos por parte de las instituciones y el mínimo de voluntad de asumir la complejidad del asunto planteado.

“Siempre pensé que el pacto, poniéndonos en la mentalidad de la Transición, requería en Madrid un político audaz, nada que ver con Rajoy, y en el caso catalán, un político con cierta capacidad de traición al independentismo: un puro con capacidad de traicionar a los puros. Lo que llamaríamos un Suárez

¿Cuánto de las pasiones personales puede acabar dictaminando una decisión política?

Por dar algún ejemplo, creo que en el caso de Artur Mas la vanidad es determinante. En el caso de Rajoy, creo que es muy frío a la hora de la toma de decisión, pero hay algo que no perdona: la sensación de que los otros son permanentemente desleales. Me recuerda a aquello de “Entre bomberos no nos pisamos las mangueras”. Rajoy ha tenido la sensación de que había gente que no cumplía con los códigos de los políticos que mandan: si nos damos la palabra sobre algo, esa palabra no la vamos a incumplir. Esa frialdad a la hora de gestionar ese sentimiento de sentirse traicionado en esas reglas del juego de la alta política la hemos pagado cara los catalanes. No ha habido actor catalán capaz de recuperar la confianza con el presidente del Gobierno español, porque esa confianza había sido traicionada.

A raíz de Artur Mas.

Yo creo que sí. Me sorprende que alguien de orden, representante tecnócrata (no en el mal sentido de la palabra) de los gobiernos autonómicos, cuando tiene capacidad de tomar decisiones importantes, muchas veces parece que juegue a la ruleta rusa. Podríamos definir a Mas como alguien que está incapacitado para perder, y por lo tanto, cuando pierde, apuesta el doble para volver a ganar. Mas no es un cínico, y yo sí creo que un cínico sirve para ese oficio. Eso tiene mucho que ver con la configuración del carácter del individuo, y llegados a cierto punto de decisión, no es menor que el sujeto que está implicado sea uno u otro.

Siempre pensé que el pacto, poniéndonos en la mentalidad de la Transición, requería en Madrid un político audaz, nada que ver con Rajoy, y en el caso catalán, un político con cierta capacidad de traición al independentismo: un puro con capacidad de traicionar a los puros. Lo que llamaríamos un Suárez. Suárez tuvo la virtud de poseer ambas características: era audaz y traidor, y eso en política puede jugar bien en un determinado momento, y, de hecho, así sucedió. Son caracteres que no se han producido.

“Pocas veces hay un cambio político que no venga precedido por una batalla cultural”

Puigdemont entendía y entiende que llevar el conflicto al extremo es la única posibilidad que tiene el independentismo de conseguir sus objetivos. Veo en él un tipo que apuesta por la destrucción creativa. Podemos imaginarle argumentando: “Cuanto más consiga destruir, más posibilidades tengo de que lo mío salga bien, y por tanto, en la moción de censura a Rajoy, entre el orden y el caos, prefiero el caos, y si consigo que mi partido se abstenga, mejor, porque sé que nada es más útil para la destrucción que tener a un tío que está corroyendo el Estado”.

¿Es Rajoy a día de ayer un político que con su acción u omisión degrada al Estado? Sí. Puigdemont seguiría pensando: “Que permanezca, porque yo quiero que el Estado se degrade y lo estoy consiguiendo degradar al poner en tela de juicio la estrategia judicial. Quiero que España se pudra, porque cuanto más podrida esté, el golpe independentista más posibilidades tendrá de convertirse en un éxito”. Puigdemont piensa fundamentalmente en clave: no le importa que el precio de esa estrategia suponga sembrar un conflicto en Cataluña, le es secundario. La relación bilateral es “Yo te voy a destruir a ti”, y todo pasa por esa estrategia. Entiendo la lógica y me parece siniestra.

La pregunta sería entonces si es pragmática.

Naturalmente la respuesta es no. El procés es una catástrofe en la cuenta de resultados.

Algo que se le podría reprochar a la CUP.

Yo creo que la independencia es desde un punto de vista de rigor democrático y casi ontológico un imposible. Intentemos ponernos en la cabeza de los cuperos: ¿cuáles son las posibilidades que podrían crear una situación revolucionaria para que eso sea posible? Toda vez que a Europa no le interesa una disgregación de los Estados que forman parte de la Unión, toca forzar un colapso interno. No hay otra vía. Y más cuando sabes que puedes conseguir un 51% pero ni eso es suficiente. Sólo puedes participar si entiendes que es un proyecto desestabilizador. Pongamos por caso cuando al fin Torra constituye gobierno: el hecho de que no acabe por nombrar a los consejeros cesados o exiliados o encarcelados o como tengamos que llamarlos lo juzgan mal. Su objetivo es llevar esa tensión hasta el grado máximo.

“En una situación así los mártires son valiosos, y además formó parte de la discusión la pregunta: ‘¿Cuándo habrá un muerto?’”

En su ensayo, la gestión e incluso la creación de instituciones culturales por parte de algunos gobernantes catalanes resultan clave para instrumentalizar el catalanismo. No leo el mismo uso de la cultura por parte del PP, pero me queda claro que sí que existe, y que la gestión cultural está tan politizada como la educación.

Es una institución del poder. Si no lo sabes, te colarán un gol mejor que el de Bale del otro día. ¿Has leído esto [me entrega un ejemplar de su último libro, publicado por Tusquets en abril, Largo proceso, amargo sueño. Cultura y política en la Cataluña contemporánea]? Incluí una frase de Ramoneda que dice algo así: “Hay que ser ingenuos si nos escandalizamos porque el soberanismo quería conquistar la hegemonía”.

Pocas veces hay un cambio político que no venga precedido por una batalla cultural. ¿Tiene la batalla cultural por el relato sobre el 78 consecuencias en lo que ha sucedido hoy? Naturalmente, sí. El catalanismo pactista, y ningún partido lo representa de una manera tan operativa como el PSC cuando se desgasta en la operación de reforma del Estatut, en todo el ciclo completo desatiende o no tiene capacidad o no tiene fuerza o no ha sabido dar esa batalla también en el campo intelectual o cultural, y pierde la batalla.

Esa pérdida de la batalla se da antes del 2010, antes de la sentencia, y explica por qué las entidades soberanistas tienen esta capacidad acojonante de movilización. Han ganado la hegemonía en el terreno intelectual, y eso lo hicieron escribiendo libros, copando determinadas plataformas, teniendo una presencia pionera en las redes sociales, a través de los think tanks que se habían creado para eso. El mundo del pactismo, el mundo de la moderación, no tuvo capacidad de respuesta para contrarrestar una ofensiva que a partir de un momento determinado, en un contexto de crisis y de sentimiento creciente de falta de representatividad en las instituciones aquí y en todas partes, se convirtió en una utopía disponible, como diría Marina Subirats. No es algo perverso: es la batalla cultural. Si no la das, pierdes.

Hoy describimos la política como «relato». Parafraseando la tesis del cuento del historiador Ricardo Piglia, podríamos decir que «La política siempre cuenta dos historias». Hay un primer relato, el oficial, que es el que narran los políticos desde las instituciones (el Congreso, el Parlament, los museos de historia, etc), registran y reescriben los periodistas y consume la ciudadanía. Y después existe un relato extraoficial o clandestino, el relato off the record, que es el que ocurre después de la moción de censura de ayer, todas esas conversaciones telefónicas entre dirigentes del PP y del PNV o de Ciudadanos que jamás escucharemos, por dar un ejemplo actual, pero también aquella frase de Pujol: «Debemos mantener las heridas abiertas». La ciudadanía no sabe o apenas tiene acceso a este segundo relato, este relato B. ¿Cómo puede la ciudadanía acceder a ese relato B, ese relato sumergido bajo el discurso oficial?

Caso práctico: el making-of del pacto frustrado para que Puigdemont convocase elecciones lo conocemos bastante bien. Están publicados los mensajes de Urkullu, y Santi Vila los reproduce en su libro, sabemos lo que se dice en la reunión del grupo parlamentario Junts per Catalunya, etc. Los políticos son bastante parlanchines, pero para mí la llamada interesante no es la de Urkullu a Puigdemont; es la del Banco Santander a Albert Rivera ayer, 31 de mayo de 2018.

¿Cuál es la parte del iceberg que no hemos visto durante el procés? La batalla por el poder del autogobierno entre Convergència y Esquerra. Eso explica muchas de las cosas que suceden, y eso no se ha visibilizado. Sería interesante saber con quién habló y con quién no habló el Rey el 3 de octubre cuando decide dar ese discurso. ¿Cuáles eran las presiones no sólo políticas, también las del IBEX, para cortocircuitar ese momento revolucionario en el que se había vivido desde el 1 de octubre? No las sabremos hasta que haya periodistas e historiadores que consigan contar la parte no visible.

El relato, en muchas ocasiones, sirve para invisibilizar lo que es fundamental. Esto se puede ver en la política, pero también en los vasos comunicantes entre poder financiero y poder comunicativo, que intervienen en la agenda construyendo relato con unos intereses de los que nosotros no nos damos cuenta porque no nos los cuentan. Construyen relato para que obviemos la trama de intereses que está detrás de la trama de intereses que sí que vemos.

“Que el poder cultural invite al poder político a que use como plataforma su editorial a cambio de pagarle bien forma parte de todo esto”

Creo que la causa de la desafección ciudadana se debe a que en los últimos años hemos constatado que existe ese doble relato en la política. Los hechos que nos han constatado esta doble narrativa han sido los escándalos de financiación ilegal por parte de Convergència y del PP, y también en aquella entrevista que Jordi Évole le hizo a Pedro Sánchez, donde confiesa las conversaciones que tuvo con el grupo Prisa. Quizá esta última escena, por ser tan mediática, terminó de confirmar que la pretendida objetividad de los medios de comunicación es falsa (una pretendida objetividad que formaría parte de los cimientos que sostienen a la vista de todos el relato A sobre el relato B subterráneo).

Para mí el problema es que la falta de autosuficiencia económica de los medios provoque una pérdida de independencia, porque los vincula a unos determinados poderes que opacan, comprando esos medios, una investigación rigurosa sobre las tramas del poder. Lo interesante de esos diez segundos de entrevista es que vimos algo que no estamos acostumbrados a ver, pero que esa ha sido siempre la mecánica del poder no hay que dudarlo. El asunto es cómo en un momento en que la democratización de la información y de la opinión es tan alta a través de las redes no queremos ser engañados, y sentimos que tenemos mecanismos muy útiles para desvelar esas tramas. No es que haya cambiado la naturaleza del poder, simplemente toda vez que el ascensor económico se ha parado, la sociedad desconfía de un sistema en el que antes creía.

Portada del libro (edición en catalán)

Hay un formato literario o ensayístico o textual que utilizas como fuente y que parece la clave para desvelar ese relato B: los diarios y las memorias personales. ¿Qué lleva a un político a publicar la verdad en una biografía? ¿La vanidad? ¿El tacticismo? ¿El dinero?

Pensemos en ese fragmento tan interesante de las memorias de Aznar donde cuenta cómo se construye el frente constitucionalista: “Teníamos a las víctimas de ETA, teníamos los medios, teníamos los intelectuales”. A mí me parece un error negarse por motivos ideológicos a leer, por ejemplo, estas memorias. Eso vale también para las memorias de Zapatero en los años de la crisis. Allí había datos o percepciones suyas muy reveladoras. Por eso ni Felipe González ni Miquel Roca tienen memorias. Hay algo como de razón de Estado: mi memoria no es mía, mi memoria es del Estado, y no puedo traicionar la memoria del Estado. Pero sales de la política, te ofrecen un pastón y quieres contar tu verdad básicamente porque tú quieres ser quien construya tu estatua. Eso forma parte de la vanidad y es muy comprensible. La gente normal no alteramos el curso de la historia. Hay políticos que sí la alteran, y quieren construir ellos la estatua antes de que venga otro y no la perfile como ellos querrían.

“Podríamos definir a Mas como alguien que está incapacitado para perder, y por tanto, cuando pierde, apuesta el doble para volver a ganar”

¿Qué papel juegan los editores en la construcción de este relato? Pienso que una editorial independiente podría decidir por motivos políticos poner en circulación una publicación que puede resultar comprometedora. Pienso en cambio que una editorial como Planeta o Random podrían hacerlo por interés económico. ¿Permiten las mecánicas capitalistas evitar la censura de ciertos textos?

¿Qué significa, pongamos por caso, que Planeta publique los diarios de Aznar y los diarios de Bono? Primero: pueden o no ganar dinero. Anagrama, en este sentido, no creo que publicara esos libros. Ellos ganan dinero publicando buena literatura e intervienen en la vida cultural de esta manera. Mi sensación es que hay algo también de puerta giratoria, en el buen sentido de la palabra, en la decisión de un grupo editorial muy potente de publicar este tipo de textos. Los poderes se relacionan entre ellos, y que el poder cultural invite al poder político a que use como plataforma su editorial a cambio de pagarle bien forma parte de todo esto. Se trata de un grupo editorial del poder español, y por tanto el poder político español, cuando tiene que publicar sus memorias, las publica allí.

Ha sido siempre así. Y como lector, para mí es una excelente noticia poder acceder a este tipo de textos. Además hay libros de este estilo que se venden, y que la gente lea literatura de no ficción política es bueno.

¿Hay algún tipo de literatura que haya participado de la construcción del relato independentista?

Creo que muy poca. Hay alguna novela de temática procesista, pero floja, una que trata de un policía del «Piolín» que se enamora de una chica de la CUP. Lo que me interesa es de qué manera la hegemonía intelectual que busca el soberanismo altera el canon cultural.

Un caso que me parece súper significativo es el editor Joan Sales, el autor de Incerta glòria, una novela sobre la guerra civil publicada en 1956. Sales es un católico muy católico, un nacionalista muy nacionalista que ha estado en el exilio y vuelve a finales de los cuarenta y que será alguien mal visto por el catalanismo progresista. En el procés se convierte en figura central del relato cultural catalán del siglo XX por la novela, pero también por la actividad editorial que desarrolló en Club Editor. Se publica su correspondencia con Mercè Rodoreda y se reeditan los libros que él publicó. En el contexto de octubre se reedita una novela muy extraña de ella, La mort i la primavera. En la foto de contra aparece la escritora con una referencia patriótica, y el texto del colofón tiene una connotación política.

Ha habido una reformulación del canon lógicamente vinculada a la construcción de una determinada hegemonía. Esto tiene como consecuencia una impugnación muy severa de la literatura castellana en Barcelona desde una perspectiva nacional de la calidad de esa literatura.

“El procés es una catástrofe en la cuenta de resultados”

Si La Eneida fue un encargo genealógico de Octavio Augusto a Virgilio para mitificar el origen de los romanos, ¿quién es el Virgilio del procés? ¿Pilar Rahola con su Máscara del rey Arturo?

Yo diría que el libro de Rahola es más bien una de esas Vidas paralelas de Plutarco. Si hay un relato fundacional del procés, es toda la construcción ideológica del 1714. No he leído Victus, la novela de Sánchez Piñol que habla del asedio, pero esta novela salió en pleno procés, y su autor ha sido alguien con una posición muy comprometida que escribe con esa voluntad de intervención en el debate político a través de una determinada reconstrucción de la historia. Hay un mito fundacional histórico que es esa fecha, y por eso hay un lugar de memoria tan potente como el Born, que dirige Quim Torra, y el tratamiento de las ruinas, e incluso el nombre que se puso a las bebidas que se servían: había una bebida amarga que se llamaba Felipe V. Un claro ejemplo de los usos culturales en la construcción cultural.

Pero yo creo que es más determinante la historia que la novela. Me parece muy significativo el apoyo institucional a un coloquio entre académicos teóricamente serios que sitúa a España contra Cataluña, y tiene como arco de estudio 1714-2014, cuando el congreso se celebra en 2013.

¿Dirías que la ficción tiene más capacidad que la historia para mostrarnos la parte escondida del iceberg?

Diría que sí, porque es un territorio de mayor libertad. No estás sujeto a la factualidad, por tanto, articular ficcionalmente un rumor no demostrable puedes hacerlo a través de la ficción. O incluso lo que no está judicialmente demostrado, como una trama de corrupción urbanística, que tantas veces es difícil de demostrar, puede leerse en la literatura de Chirbes. Lo que sí sabemos es que en esa construcción de la identidad una de las herramientas más potentes ha sido el uso de la historia.

Mi sensación es que la ficción puede ser más persuasiva en la denuncia. Pongamos The Wire: ¿podría un relato histórico demostrarnos tan claramente las tripas de lo oscuro en la vida cotidiana entre seguridad, drogas, política y periodismo? Me parece improbable que puedas acceder a la información suficiente para contar algo así.

“La ficción puede ser más persuasiva en la denuncia”

¿Qué papel juegan los críticos culturales?

Cuando he querido jugar a crítico cultural, me ha parecido que la función era desvelar las trampas que el poder había ocultado. No es tanto la posición clásica del intelectual, que me parece algo antiguo, como cuestionar el relato ortodoxo. Hubo una exposición en el CCCB sobre cultura y transgresión en la Barcelona de los setenta que yo no podía dejar de leer en la lógica de la impugnación del 78. Me puso de muy mala hostia esa exposición, y escribí para el suplemento Cultura/s, del diario La Vanguardia, intentando ver en una institución de prestigio como es el MACBA de qué manera te están haciendo una reconstrucción de un determinado momento de la vida en Barcelona que implícitamente cuestiona una compresión política, pero no te lo dicen con claridad. Me siento con el conocimiento suficiente para impugnar la tesis de fondo que la exposición plantea. Creo que lo debo hacer porque si no, la gente asumirá de manera acrítica un discurso que tiene unas consecuencias en su concepción de la realidad.

En general, consumimos cultura como otra esfera del ocio que incorporamos a nuestra vida, y eso es bueno. También la consumimos para prestigiarnos. Pero para mí, una vivencia más profunda de lo que la cultura ofrece es, por una parte, una problematización de mi subjetividad; en el descubrimiento del otro que me propone el texto me cuestiono mi manera de ser. Una vivencia profunda de la cultura es un riesgo para uno mismo, porque pone en tela de juicio tus convicciones y tu manera de entender la vida, y por otra parte porque te ayuda a ser más autocrítico con el mundo circundante.

Creo que es más útil este tipo de acercamiento, lo que te obliga a ser también autocrítico con el tipo de consumo cultural que haces, porque si no, la fuerza de la estética tiene la virtualidad de colarte determinados discursos morales, políticos y económicos contra las que si no tienes un entrenamiento, no serás incapaz de desactivarlos. Un caso obvio: pelis muy buenas de Spielberg que son una loa al imperio norteamericano y como son tan buenas, te las tragas sin saber que hay también una propuesta política.

Hay dos historias que no ha quedado claro si son relato o realidad:

  1. Un diputado finlandés prepara una moción para que Finlandia reconozca a Catalunya (El Nacional.cat, Viernes, 27 de octubre de 2017)

Yo no sé qué ocurre en Finlandia: sé a favor de qué juega El Nacional. Las tensiones diplomáticas deben de haber sido bestiales, explícitas e implícitas. Si la batalla de la opinión internacional creo que la ganó el Independentismo, me parece muy probable que los gobiernos extranjeros se hayan hecho con una composición del lugar sobre lo que estaba ocurriendo y, sea la que sea, que el gobierno español haya hecho a su vez lo posible para que no la sepamos. Otra cosa es desde un punto de vista oficial.

  1. Marta Rovira asegura que el Gobierno de Mariano Rajoy amenazó con usar armas de fuego contra la población (El Periódico, Viernes, 17/11/2017 | Actualizado el 20/11/2017)

Lo de la violencia y la sangre. ¿Hasta qué punto un Estado, en un momento revolucionario, para blindar su integridad va a usar o no la violencia? Formularse la pregunta es otra obviedad. ¿Está un país de la Unión Europea capacitado para matar a sus ciudadanos en un momento revolucionario como ese? Yo creo que no. Pero no sé qué sucede cuando el Leviatán se defiende hasta sus últimas consecuencias. Mejor no saberlo. Había miles de policías en el puerto de Barcelona para actuar. Sé con certeza que había representantes armados del Estado en al menos un edificio público de Barcelona para evitar su posible ocupación, igual que había planes de ocupación del aeropuerto y de las fronteras por parte del soberanismo. El Estado blindó posiciones estratégicas. Me parece impensable que no lo hiciese.

Lo que me parece más escandaloso es que un Estado haya llevado la situación hasta este punto. Me parece suicida. En un sentido figurado, en la gestión que hace Rajoy del problema hay un punto de alta traición, porque su omisión posibilita que se cree un momento revolucionario en el que se pone en peligro la integridad territorial.

“La izquierda sin Cataluña no gobernará jamás en España”

¿Cómo se hace una independencia cuando no es a través del pacto? Sin pacto sólo se puede hacer con un movimiento revolucionario, y yo creo que no ha habido momento revolucionario que no pasase por la violencia. La cuestión es que lo que nosotros vivimos fue un gatillazo. Una revolución en potencia que no se actualizó, pero cuyos elementos aparentemente existían. Los rumores dicen que había unos decretos preparados para firmar y no se firmaron; había planes de ocupación de espacios estratégicos, lo dijeron los diputados de la CUP; se planteó la nacionalización de la banca. Pero ¿cómo se hace si no es así?

Si el movimiento de subversión tiene como estrategia la movilización pacifista, y eso incluye la ocupación, ¿tiene la capacidad de ganar? Planteado un pulso que tiene que ver no con la ley, sino con la fuerza, ¿la movilización pacífica tiene capacidad para ganar o no?

En la discusión de la violencia el Estado hace trampa: cómo el Estado permite que sin violencia el pulso sea planteado realmente. Yo creo que falla permanentemente el Estado al no dar respuesta al problema. No me refiero a negociar, sino a no dar respuesta a un problema que se va ensanchando hasta llegar a negar la posibilidad de montar un referéndum y aun así te lo montan.

¿Fue un ejercicio de responsabilidad suspender la proclamación de Independencia como forma de evitar la violencia real?

Sí. Pero en la prórroga, y sabiendo que ya habías pagado un precio enorme por la radicalidad a la que habías llevado a tu proyecto. El precio enorme era saber que ibas a perder el poder del autogobierno, que ibas a perder la institución y que ponías la convivencia de tu sociedad en crisis. Lo que convierte a Puigdemont en el peor presidente de la Generalitat es haber arriesgado todo eso. Si finalmente él no declara la Independencia para evitar la violencia, pues gracias, pero entiendo que es lo mínimo.

“Había miles de policías en el puerto de Barcelona para actuar. Sé con certeza que había representantes armados del Estado en al menos un edificio público de Barcelona para evitar su posible ocupación, igual que había planes de ocupación del aeropuerto y de las fronteras por parte del soberanismo”

Pero se podrían haber sacrificado mártires.

En una situación así los mártires son valiosos, claro, y además formó parte de la discusión la pregunta: “¿Cuándo habrá un muerto?”. Eso estaba en el ambiente, la sensación de que podía haberlo en cualquier momento.

Cerremos con política-ficción: ¿Qué va a ocurrir ahora que la Moncloa tiene nuevo inquilino?

Desde que nombraron a Torra president, creo que estamos mejor que hace quince días. Me parece importante que haya nuevos actores. Creo que los que han participado hasta el momento están quemados. El actor que había formado parte del ciclo de la irresponsabilidad completo es Rajoy, y hoy ha dejado de ser presidente. En este sentido es una buena noticia, y veo difícil que la crisis institucional pueda ir a más. Creo que en el campo del independentismo, tanto la actitud de Esquerra Republicana como del PDeCAT, no de todos los partidos de Junts per Catalunya, han dejado de pensar que la solución pasa por la unilateralidad, y eso es un avance para la resolución. Las palabras expresadas por Sánchez han sido la necesidad de retomar un diálogo que había desaparecido. Yo creo que estamos mejor hoy que ayer.

Jordi Amat