5 julio, 2018. Por

Jefe

Clasismo, misoginia, acoso laboral y ni un solo chiste que merezca la pena
Jefe

La excusa de usar la comedia como fachada para dar rienda suelta a actitudes tan bajas como el racismo, la homofobia o la misoginia es tan vieja como la comedia en sí misma. Qué suerte vivir en una época en la que se pueda señalar la falta de atino de los guionistas que vomitan sus prejuicios en una amalgama de chistes sin gracia y el lamentable gusto de los productores que sacan adelante proyectos así. Estoy hablando, por supuesto, de Jefe (Sergio Barrejón, 2018), una comedia española que llega hoy a nuestras pantallas y que es una de esas películas que le hacen a uno desear que exista una sola palabra para describir simultáneamente el aburrimiento, el bochorno y el deseo de ser capaz de dormirse en una butaca de cine.

César (Luis Callejo) se enfrenta a una mala semana: después de una bronca tremenda con su esposa y un fin de semana sin salir de un puticlub, el lunes se confirma que su empresa se desmorona. Ante tan delicada circunstancia, César se pone a hacer lo que mejor se le da: el capullo. Tratar a sus empleados a patadas, aunque luego se le llene la boca diciendo que se niega a echar a nadie a la calle, ponerse hasta las cejas de coca, ignorar sus obligaciones, amenazar a su mujer y dormir en la oficina porque no tiene otro sitio en el que caerse muerto. Es en estas condiciones que conoce a Ariana (Juana Acosta), una de las chicas que se encargan de la limpieza nocturna de la oficina. Ella le ayudará a relativizar algunos de sus problemas y, de paso, le dará alguna idea para salvar su empresa.

Es una de esas películas que le hacen a uno desear que exista una sola palabra para describir simultáneamente el aburrimiento, el bochorno y el deseo de ser capaz de dormirse en una butaca de cine

Sin conseguir hacer gracia en ni uno solo de sus 90 minutos de metraje, Jefe parece una de esas películas que ya deberían ser patrimonio de otra época. Clasista hasta la naúsea, plagada de estereotipos cuestionables sobre las empleadas de la limpieza, pobremente construida, tanto en lo que su trama como a sus personajes se refiere, y aburrida como una reunión a primera hora de un lunes. Banaliza asuntos tan graves como la prostitución, las adicciones, la violencia económica a la que están sometidas las mujeres de clase baja, el abuso sexual y el acoso laboral. De los “chistes” de “maricones” (AKA comentarios homófobos) ya ni hablamos. Y todo para ofrecer una cinta que ni se sostiene ni aporta nada al espectador.

El catálogo de despropósitos se vuelve directamente aberrante si nos fijamos en la manera en la que Jefe presenta a sus personajes femeninos. César es un putero, un cocainómano y es propenso a los arrebatos violentos. Pero pobre: a la hora de la verdad, no es más que una víctima de su manipuladora esposa. El único personaje femenino con cierta gracia es la guardia de seguridad, que habla como si fuera el mismísimo Virgilio acompañando a Dante. Las demás están en la película para encajar los arrebatos de ira del protagonista y, casualmente, tienen un aspecto físico discreto.

No contiene un solo chiste por el que merezca la pena pagar una entrada de cine. Mirándolo por el lado bueno, al menos no le obliga a uno a sentirse fatal si se ríe con un “chiste” machista

A excepción de Ariana, la despampanante chica de la limpieza que calienta el corazón de nuestro “héroe”. Es desquiciante ver cómo cada detalle en su presentación contribuye a sexualizarla: el microscópico y escotado uniforme de trabajo, su carrito de limpieza y absolutamente todos los productos que contiene, rosas como una fábrica de chicles de fresa o el striptease que se marca porque, si no hay carne, ¿quién demonios va a ir a ver esta peli?. Este personaje perpetúa el estereotipo de que las empleadas de la limpieza son mujeres simples, descuidadas y cotillas. Para colmo, se la usa como excusa para que la película bromee con algo tan grave como la impune violación del derecho de los trabajadores a la privacidad.

Jefe es, en resumen, una de las películas más aburridas e insultantes que he visto en mucho tiempo. Es misógina y clasista hasta el tuétano y no contiene un solo chiste por el que merezca la pena pagar una entrada de cine. Mirándolo por el lado bueno, al menos no le obliga a uno a sentirse fatal si se ríe con un “chiste” machista. La solvencia de sus actores o alguna buena idea ocasional, como la del amanerado comunicador de broncas, se pierden en un guión que da vergüenza ajena. De riesgos narrativos o calidad artística ya ni hablamos. Una película olvidable y representativa de una forma de entender la comedia que esperemos que se extinga más pronto que tarde.

Jefe