25 junio, 2018. Por

Islandia

Un viaje a través de los naufragios vitales de la crisis para intentar encontrar corrientes calientes
Islandia

“¿Cómo se vive en un país de hielo?”, pregunta uno de los personajes al joven protagonista de esta obra. Cómo se vive en un país congelado (meteorólógica y metafóricamente hablando) a causa de fenómenos variados tales como como la crisis económica que en 2008 arrasó un país ejemplar como Islandia (y que se cebó también con el resto del planeta). A través de este paisaje desolador navega la función (con el mismo nombre que ese país nórdico), producción del TNC que ahora puede verse en el Teatro María Guerrero de Madrid.

Escrita por la reconocida dramaturga Lluïsa Cunillé y con la dirección de Xabier Albertí, Islandia narra un por completo fascinante viaje iniciático: el de un chico de quince años islandés en busca de su madre que marchó a vivir a Nueva York. Allí se irá encontrando con diferentes personajes, rotos todos ellos por la crisis económica, en un periplo pesadillesco que recuerda en su estructura a aquella ¡Jo, qué noche! (horrendo título castellano para After Hours, por cierto) de Scorsese (desde luego, el tema de ambientarla en Nueva York influye para la comparativa). Con un comienzo extraño, magnético y casi lynchiano alrededor de una cama, que sumerge al espectador en un estado muy particular y que marcará el estilo y ritmo de la función entera, Cunillé y Albertí se lanzan al vacío en un arriesgado, frío y pausado ejercicio de estilo (pero con mucho contenido).

“Con un comienzo extraño, magnético y casi lynchiano alrededor de una cama, que sumerge al espectador en un estado muy particular y que marcará el estilo y ritmo de la función entera, Cunillé y Albertí se lanzan al vacío en un arriesgado, frío y pausado ejercicio de estilo (pero con mucho contenido)”

La excepcional escenografía de Max Glaenzel, que simula una estación de metro neoyorquina, con sus reconocibles columnas y bancos de madera y una típica pantalla de publicidad, juega con sus elementos para mutar de escena en escena, transformándose en un vagón de tren, Wall Street, Harlem o la catedral de San Patricio según sea necesario.

Casi como otro personaje más, encierra a los personajes en su frialdad así como sirve de perfecta imagen: crisol subterráneo donde no llega la luz y cruce de caminos de la sociedad contemporánea. Donde, tal vez, se encuentran las corrientes de agua caliente gracias a las cuales se puede sobrevivir al frío. Junto a un glacial diseño de iluminación y el denso y oscuro diseño de sonido (aparte del perfecto vestuario) conforman la atmósfera hipnótica de una densa propuesta que puede, o bien narcotizar (seguramente a más de uno le parezca un soberano tostón, así sin paliativos) o entusiasmar sin reservas (como es nuestro caso).

Y es que a la ya de por sí compartimentada estructura en esos cuadros independientes que son los encuentros del protagonista con esos personajes excéntricos (pero que muy bien podrían ser reales) se le suma un muy sosegado (y pensado) ritmo, repleto de pausas. Los intérpretes además juegan en esa misma liga de entonaciones y sutilezas perfectas pero casi misteriosas en su estudiada dicción. Hay que decir además que resultan todos extraordinarios, sencillamente perfectos, en un muy específico (y nada fácil de defender) tono que todos respetan y construyen.

Magníficos cada uno de ellos: Joan AngueraLurdes BarbaPaula BlancoJuan CodinaOriol GenísJordi Oriol, Albert PérezAlbert PratLucía Quintana y por supuesto ese remedo de un Marco, en este caso islandés, en búsqueda de la madre: Abel Rodríguez, único actor siempre en escena y que supera con nota el reto pese a su juventud con un registro interpretativo también extremadamente peculiar que, recuerda a los distantes personajes de otro maestro en la gelidez (fílmica en este caso) como es Atom Egoyan.

“Si Islandia fuese una película indie americana, sería ya de culto: sus ecos a Scorsese, Egoyan, Lynch o Wenders sobrevuelan un montaje que resulta de tono familiar pero que se erige como absolutamente original”

Si Islandia fuese una película indie americana, sería ya de culto. Todos esos ecos que ya hemos mencionado (y otros muchos más, como los de Wim Wenders y su París, Texas) sobrevuelan un montaje que, a causa de esto (y que pese a resultar perfectamente teatral denota una reconocible querencia cinematográfica), resulta de tono familiar pero que se erige como absolutamente original. Islandia es teatro social que habla directamente de la crisis (y la desesperación), pero en el que el realismo y lo onírico se entremezclan hasta resultar indivisibles.

Cierto es que, pese a ciertos toques de humor absurdo cuasi pinterianos, no resulta liviana. Pero tampoco es necesario. Lo dicho: no es apta para todos los paladares, pero quienes comulguen con su tono y su propuesta acabarán fascinados por esta gélida odisea contemporánea. Un viaje a través de los naufragios vitales de la crisis en el que hay que encontrar esas corrientes calientes, tan necesarias para poder sobrevivir en un país de hielo.

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